El pescador de sirenas

© Fotografía: Agustín Berrueta.

© Fotografía: Agustín Berrueta.

Cuadragésimo segunda entrega del narrador y profesor universitario leonés, quien colabora en TAM TAM PRESS con una singular sección quincenal de pequeños relatos cuyo título, “Lenta es la luz del amanecer”, quiere ser todo un homenaje al fallecido escritor Antonio Pereira. En cada ocasión, los relatos aparecen ilustrados por el fotógrafo leonés AGUSTÍN BERRUETA.

→ El pescador de sirenas

Por FRANCISCO FLECHA

Lourenzo Oliveira, natural de La Puebla del Caramiñal y residente en la villa, de oficio pescador, soltero y sin compromiso, con domicilio en la Ruela do Porto, número 24, donde vivía en estricta soledad desde que falleció su madre con los fríos de febrero del año 74, sintió que su vida había cambiado de forma radical y para siempre el día en que subió a la barca, aunque parezca difícil creerlo, enredada entre las redes y casi escondida entre las xovas, una sirena.

Así como suena: una sirena.

Y cambió, como digo, su vida, de forma radical y para siempre. Mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.

Escondió como pudo la pesca, que la gente es mala y envidiosa y, más que nada, por no dar explicaciones (que no era amigo de andar hablando a lo bobo con vecinos) alojó como pudo a la sirena en el pilón que tenía en el patio para lavar las almejas, el berberecho y las navajas.

Fueron días de vino, de besos y de risas. Le volvió la alegría y se hicieron más dulces y más cortas las noches del invierno.

Pero el tiempo y la rutina le hicieron poco a poco consciente de que los placeres primeros llevan siempre consigo, también, inconvenientes.

Fue primero la molestia cotidiana de dormir en el pilón, con el agua enfriándole los lomos y aquella humedad criminal para el reuma. Después, los caprichos de la bella, insoportables para un hombre de costumbres recias y ajeno a los caprichos: que si no le gustaba el pote, que hay que ver, que no me quieres, que por qué no me compras frutas de esas tropicales como aquellas de las islas desiertas del Caribe, que si esto y que lo otro.

Y así, día tras día.

Pero, incluso, a esto fue heroicamente acostumbrándose. Luego comenzaron en ambos, con los primeros días del verano, los cambios paulatinos: se le fue cubriendo a él el cuerpo con escamas, mientras ella cada día estaba mas suelta, más lozana. Se desprendió un día de la cola y resultó una moza guapetona, hecha y derecha, como Dios manda.

Pasados los calores del verano, con los días lluviosos del otoño, ella anda todo el día enredada por la calle, de charla con amigas por la Puebla, de cafés con bollería en la terraza de “Las Brisas”.

Y él siente que el pilón empieza a quedarle un poco estrecho, ahora que se ha visto totalmente convertido en un atún de tres arrobas.

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Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

Un Comentario

  1. JMdelaHuerga

    Ay los cuentos de sirenas, cómo me gustan. Y este con toda la retranca y melancolía de fondo del maestro Pereira. Lampedusa también lo habría disfrutado.

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