Libros de amigas queridas: Esther Bendahan y María José Cordero

Portadas de los libros de Esther Bendahan y María José Cordero.

Portadas de los libros de Esther Bendahan y María José Cordero.

Desde su retiro estival en la localidad leonesa de Boisán, la escritora Marifé Santiago Bolaños reseña aquí dos libros de amigas queridas: “Una hora solamente, de la orilla del día”, de la escritora sefardí Esther Bendahan, y “Violetas a los tejados”, de la compositora maragata María José Cordero.

Libros de amigas queridas

Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

I

Una hora solamente, de la orilla del día, de Esther Bendahan.
(Salamanca, Ed. Confluencias, 2016)

Sobre la mesa, conservando todavía el poso de lo recién leído y su grandeza, Una hora solamente, de la orilla del día, primera obra publicada por Esther Bendahan tras su exitoso Pene. Si entonces una mujer, en la consulta de su psicoanalista, trataba de entender las razones de haberse convertido en un pene, con la distancia objetiva y el conocimiento otorgado a quien sigue viviendo desde un pensamiento-mujer, ahora son relatos, aparentemente independientes, que se descubren causa y consecuencia unos de otros en el territorio acogedor de un libro.

La escritora sefardí, directora del Centro de Estudios Judíos del Centro Sefarad-Israel, toma el título de un verso de Rilke. Sobre el filo del mismo, desvela experiencias de desconocidos entre sí, habitantes de la continuidad del mundo a pesar de las distancias geográficas, el día en que se hace público el Bosón de Higgs. Muchos de los protagonistas de esta jornada crucial, urdida por el estilo personalísimo de Esther Bendahan, ignorarán la noticia y, si acaso la conocen, podrían no saber explicar la importancia del descubrimiento. Sin embargo, como cada vez que la ciencia comparte un avance en su camino, se despierta esa atávica necesidad humana de suponer que, al fin, esta vez sí se ha hallado la clave que explicará el misterio de la vida y sus destinos.

Esther Bendahan engarza, con su característica elegancia literaria, erudición y talento que, por serlos, jamás perturban la sutileza de la lectura. Relatos nacidos en la comunidad no siempre consciente que significa compartir una época y, por tanto, que la frase o el gesto iniciados por alguien en cualquier lugar sea el hálito que desencadenará, irremediablemente, nuestras palabras y nuestras acciones. Como si la conciencia y su aliada imaginaria la libertad respirasen porque lo hacen otras conciencias cómplices, que acaso ignoren el poder que nuestros sueños y fracasos tienen en todos los sueños y fracasos del mundo. Tal vez sea esa la fórmula del misterio que no nos atrevemos a aceptar.

Así, cuando una mujer reta a la tradición en África creyéndose protegida por su condición de occidental independiente y culta, alguien puede sentirse menos solo con otro alguien, en la curiosa impostura onírica que permite el telón-pantalla de ordenador si la función se desarrolla en ese lugar sin lugar que Internet expresa. Al tiempo que esa conversación proyecta, sin saberlo, el rumbo de los hechos que sabrían cambiar, sin nadie que lo planifique, la vida de un hombre y una mujer en el trayecto en autobús que enlaza dos ciudades de Israel. Y, por lo mismo, atravesar, por ejemplo, la grieta que mitiga frustraciones familiares o descubre la sexualidad de una joven que reclama saberse propia. Un adolescente acosado, los rincones oscuros de quienes creemos más próximos… Madrid, Venezuela, Tel-Aviv…

Una hora basta para dibujar el mapa de nuestra biografía. Desde ese instante en el que un día da comienzo, desde que el cómputo se inaugura con la aparición intransferible de los matices, agazapados entre las sombras hasta que surja la solvencia de una decisión, millones de hombres y mujeres cuyas edades propician la esperanza o la desestiman, cuyos caracteres y culturas invitan a soñar o a no intentarlo, recorren las orillas del tiempo. Compartir el día es inevitable, y nada cambia que las estaciones o el peso de la historia no coincidan.

Y Esther Bendahan, amiga querida, hilandera de imágenes que desaparecerían sin sus ojos generosos, hábil espigadora en los escombros que tantas veces evita la vida, vuelve a escribir un libro de delicada belleza, de esos que han que leerse a pequeños sorbos antes de que el día termine en la madrugada de las cosas. A lo que solo una extraordinaria escritora, como ella lo es, puede invitar.

II

Violetas a los tejados, de María José Cordero
(Ponferrada, Peñalba Impresión S.L., 2016)

En el principio, hubo ciertas dudas entre que fuera la palabra o la música. María José Cordero, maragata nacida en La Habana, acababa Periodismo en Madrid y también sus estudios musicales. Al final, fue la música, aunque mantuvo la palabra su reflejo en los ojos del agua para no tener que renunciar a los senderos de una misma vocación.

Quienes tenemos el regalo de su amistad desde hace décadas, compartiendo territorios del alma, vemos crecer composiciones y paisajes creativos que ella recorre con un piano, nos aprendemos las canciones sefardíes grabadas con “Sirma”, la reinterpretación culta pero siempre respetuosa con la raíz popular de las canciones guardadas con amor por las mujeres de nuestra Maragatería. Y acabamos escuchando a Leopoldo Panero en el tono de esas inspiradas Leopoldianas. La música imaginaria de Leopoldo Panero, de su último disco.

Pero también la hemos leído cuando colaboraba en un periódico leonés, y seguimos sus guiones creativos, siempre premiados por innovadores, en su faceta de profesora de Lenguaje Musical y Educación Auditiva. Por eso, sabemos que Violetas a los tejados se ha tramado a la vez que María José Cordero compone su música. De modo que, como ensayos musicales abiertos al público, las páginas de este libro no evitan lo diverso y variado que haya podido llegar durante su escritura. Así, fragmentos poéticos cultivados con esmero de jardinera de los sueños conviven, con disciplina de orquesta, sin estridencias ni conflictos, con las historias que llegan de la memoria, vivencias requeridas por el deseo o con párrafos que, lo auguramos, acabarán hablando por la boca de un instrumento musical.

María José Cordero derrama tiempo, como se derramaba trigo en la cabeza de los novios maragatos el día de su boda. Derrama discretas y fragantes notas, pétalos fértiles de homenaje a su biografía compartida con amistad y madurez artística, sin nostalgia.

Con la misma responsabilidad de los versos depositados en un pentagrama, la autora lanza luminosas violetas a los tejados lectores, alumbrando la noche sin molestar a las estrellas: “A nadie le importa dónde fueron cultivadas las flores, ni el tipo de abono que se utilizó en su cultivo”, dice el relato que da nombre al libro. Y continúa: “ahora de lo que se trata es de algo más sutil: del aroma”.

Lo tiene…

(Boisán de Somoza, verano de 2016)

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