Envío 27 (hay algunos, palanca y extensión, la placita que huye…)

Fotografía: Eloísa Otero.

Fotografía: Eloísa Otero.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Desde el otro lado de la carretera, el joven nómada miraba sus pertenencias: en el solar de enfrente, unas caravanas, niños correteando, los perros, un tendal de ropa. Lo miraba todo desde su distancia, extático; parecía haber cruzado la carretera como si esa distancia le fuera necesaria para entender; miraba pensando.
Era padre, jefe de tribu, vivía en la pobreza; no era de los hombres y mujeres del domingo que habían salido de paseo por los arrabales, también con niños y perros. Él tenía en los ojos una mirada húmeda; podía entenderse como señal de autocompasión, dolorida. Pero era también, a la vez, la mirada de alguien que estuviera a punto de abandonar, en silencio y para siempre, el mundo que se alzaba al otro lado. Su postura, tan firme y pensativa, tan clavada en el sitio, parecía aguantar un peso, la inminencia de la despedida. A punto de decidirse o cargado para siempre ya con el peso de lo suyo.

El peregrino que va hablando solo; ¿llegará hablando solo hasta hablar con el Apóstol en Santiago?

Hay algunos que, cuando entran en la multitud, cuando más sienten el empuje, la presión de otros muchos, como si ellos mismos fueran a licuarse en la masa, saben hacer un gesto antiguo: se agarran al cinto. Hacen de esa cincha un asidero, así se fijan a la roca de su propio ser, de su individualidad, la tocan, la afirman. Pero aunque el gesto les dé un consuelo inmediato, es inútil, ha sido como cogerse al aire en la caída.

Un cartel. Se anuncia para las fiestas de tal pueblo la presencia de un MACRO CAMIÓN. Fiestas con macrocamión. ¡Menuda!

De una esquina, una cafetería, sale la voz de Billie Holiday. Es un efecto más en el amueblamiento de la calle. Hace muchos años, poseer una cinta de la cantante era un tesoro. En la mili me robaron un grabador y reproductor Sanyo con una cinta suya dentro. Pedí y rogué a toda la Compañía que me devolvieran la cinta, que se olvidaran del grabador reproductor. Ni modo. A lo que voy: estoy contando una historia de la Globalización.

Las peligrosas imágenes potenciales: desde cierto ángulo, la marquesina decimonónica de la vieja estación del tren se refleja en la fachada de la nueva. Ahora es ya una estación virtual. Es un fenómeno que he contemplado más de una vez.

Palanca y extensión del Yo, la vara del selfish, vara de los nuevos ciegos invidentes para el exterior, sólo Inneraum, mundo interior en la pantalla del móvil: yomimeconmigo

En la barra de un bar de parroquianos se acoda cada noche un hombre recubierto con múltiples pieles; en cada una de ellas se verifica la historia de su vida. No puede metamorfosearse, no puede engañar, todos sus cuentos son verdaderos. Habla de un accidente al que sobrevivió de milagro y ahí vemos la mancha roja que dejó la gran quemadura en su mejilla. Por un tiempo tuvo un trabajo duro, la prueba son esos dedos escamosos, las uñas enquistadas. Cuenta la historia de una fuga y se abre la camisa: en el vientre se ve la cicatriz muy redonda de un tiro. Al rato se proclama caballero legionario y extiende el antebrazo para mostrarnos las frases rituales. Con la piel ha cubierto su vida, no hay engaño posible, no se dejó la piel, fue criando pieles, marcas de la historia personal. Y cuando echa mano a la cartera para la mostración de los documentos (gesto inevitable que ya veíamos venir), es muy lógico que no lleve ni una sola fotografía, no las necesita para hacer creíbles sus cuentos.

Qué lejos llega esta calle (calle de la amargura, se decía). En la televisión, una escena del éxodo contemporáneo, los huidos sirios, los refugiados, una multitud de hombres, mujeres y niños, vestidos como tú y como yo, con nuestras caras y cuerpos, avanza siguiendo una vía de tren. Un niño va cogido de la mano de un adulto, su padre tal vez, pero él va a lo suyo, va saltando de traviesa en traviesa, metido en su juego. El duelo, la rabia que emana la escena; pero el niño, el niño ese, ¿reduce el horror, lo multiplica? Siempre son los niños quienes dan la medida más alta, la más inexpresable.

La placita que huye, rodeada de árboles que difieren imperceptiblemente de todos los demás, existe para que la atravesemos, bajo tal ángulo en la verdadera vida”. (André Breton)

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