3 / El vino de ayer marida con el limón de hoy

"Errantes 3". Una obra del artista leonés Esteban Tranche.

“Errantes 3”. Una obra del artista leonés Esteban Tranche.

El poeta leonés Aldo Sanz prosigue con la escritura de un relato urbano que tendrá continuidad, y que en cada nueva entrega aparece acompañado por una obra del pintor Esteban Tranche realizada al margen del relato. 

Entregas anteriores:
1 / La laca Nelly
2 / Informas y anomalías

→ 3 / El vino de ayer marida con el limón de hoy

Por ALDO SANZ

Un músico delante de otro músico es como un crucigrama delante de otro crucigrama; un misterio, un avatar, unas alas sin cuerpo ardiendo en el espacio celeste, devorando llamas litúrgicas en desconcertantes ritos de hermosura y dolor. Así piensa John-john mientras camina por las zigzagueantes calles del barrio viejo. Gárgolas de caramelo sobre las ventanas por donde sale una música azul,eterna y conocida. Sentado en una banca de la Grandplatz ordena los recuerdos y emborrona mentalmente una carta sin destino. ¡Qué hermosa la ciudad, cómo me gustaría recordar con nitidez todo lo que apenas recuerdo.! En la barbería del señor Luis uno podía fumar mientras te arreglaba el pelo y si no tenías cerillas él te las proporcionaba. Un gran tipo. En su local siempre te trataba de usted. Después, a la hora de los vinos, ya era otra cosa. Si te podía tomar el pelo, te lo tomaba, vaya que si te lo tomaba. Tengo que decirte que nunca he vivido en un lugar tan hermoso como esta ciudad, tan lleno de música y de algarabía. En el remolque de un camión está tocando una orquesta y huele a morcilla. Saxofón, acordeón y tamboril. También ocurren cosas que no puedes comprender por qué suceden y que, a veces, ese misterio sólo lo puede diluir la música porque tiene algo de estación y viaje. Advertidos los del remolque que en pocos minutos iba a pasar la Banda Municipal con su traje de gala pararon su soniquete y aprovecharon para comer un poco de morcilla. Odón con su gran nariz, su  melena blanca y su batuta abría el paso. En el grupo de los metales, a la izquierda de la banda, un muchacho de pelo rubio, elegante y planchado de los pies a la cabeza, tocaba el saxo con dedicación inusitada. Más tarde le conocí. Vivió en Tarifaestrasse  en una casa llena de juguetes y fantasía. A veces, unos cuantos amigos se sentaban a la mesa del Café con él y escuchaban con admiración sus letanías:

Jackson Quentin Butter, el de los modales de mantequilla. Charles Mingus le adoraba. (Oropéndola negra, desciende de los valles)

Charnet Moffeett, mingusiano, eficaz, familiar. (Belleza del ibisco, detente en el skay)

Rufus Harley, gaitero. Un pájaro exótico barre las calles de la ciudad. ( Labios de Arp, sínodo blanco, dale tensión al mundo.)

Chet Baker, canta en los pasillos del Lexington Federal Hospital. Reunión, reunión, crece su audacia. (Fluído de lo ansioso, pásame un minilip).

Hubo muchos muertos, es verdad, pero todos murieron con una cassette de blues o de flamenco en la guantera de su coche, un salvoconducto y un permiso de uso para su recuerdo. Esa música que se escuchaba por toda la ciudad, inclinación malabar que hacía que la gente se reuniera para reir o para llorar:

“No pegarle, por Dios, más palitos
a la Mariana,
porque la pobrecita era
manquita y coja,
coja, lelé, lelé.

Dale la vuelta al disco, que hay gente nueva.

(…continuará)

Todas las entregas del relato, hasta el momento, aquí:

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