‘Camino de ida’, de Violeta Serrano: “Un lenguaje en cada orilla”

Portada.

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VIOLETA SERRANO
Camino de ida
Ed. Modesto Rimba. Buenos Aires 2016

Violeta Serrano (Astorga, 1988), reside en Buenos Aires desde 2013. Codirectora del postgrado internacional de FLACSO-Argentina ‘Escrituras: Creatividad humana y comunicación’ que se realiza en cooperación entre Barcelona, México y Buenos Aires. Creadora y directora de la revista digital ‘Continuidad de los Libros’. Colabora como articulista en distintos medios como RADAR, del Diario ‘Página12’, e Ideas del diario ‘La Nación’. Acaba de publicar en Argentina su primer poemario, ‘Camino de ida’.

Por ELOY RUBIO CARRO
Desde Contexto Global, el suplemento cultural de astorgaredaccion.com

‘Camino de ida’ es el título del primer poemario de Violeta Serrano publicado recientemente en Buenos Aires por la editorial Modesto Rimba.

El libro se ordena en torno a tres fugas. Una primera fuga: ‘Fuga 1. Leopoldo María Panero’. Escrito en Buenos Aires, el 6 de marzo de 2014 (Leopoldo muere en España, el día antes, cinco horas después). Este paréntesis ya nos pone en la distancia no solo espacial, sino temporal. Estamos en otra; no obstante todavía conserve mucho del origen; una fuga que pidiera pasar a otra cosa. El lenguaje del libro comienza siendo abrupto, disruptivo, de una lírica enlodada: “Se cagaba en el Dios de esos benditos / marmotones que incendian / las iglesias de vinachos los domingos.” El desenlace llega a ser un poema de guerra, al amparo del más desamparado de los poetas, Leopoldo María Panero. En esta primera parte todavía se vive una vida diferida, vicaria, de recuerdos y vivencias prestadas; asistimos a una crisis, al despojamiento y a la renuncia de un modo de vida, que transita por un refugio en su “insoportabilísima intimidad”. Asistimos a las fragilidades y ritos de paso para acceder a una vida adulta y posicionada en el mundo de la poesía a la que alude como una ‘vieja loca’ con expresiones descarnadas: “Tú, vieja valiente, / te has tragado las ratas más cobardes / te has puesto de luto en encarcelamientos imberbes / has gemido en brazos de chulos / que amaban precisamente / esa forma de no poder tenerte.” Este contraste entre lirismo y escarnio que dictamina la falsa pretensión de la belleza viene a ser uno de los tics del poemario. Termina esta fuga con el desengaño de aquel modo de vida güero, en el que coqueteaba con la marginalidad; en desvelamiento de la supuesta lucidez del mal.

La segunda fuga es ‘Fuga 2. Juan Gelman’ y está fechada en Buenos Aires. 15 de enero de 2014. (Juan muere el día antes, en México; en Buenos Aires tres horas después). Permanece todavía la distancia temporal en la diferencia horaria, pero muerte y escritura se realizan en el mismo día. Todo sucede ya en la otra orilla. Cómo esa otra orilla se va a ir haciendo ‘la orilla de acá’ es el asunto subliminal de esta segunda fuga. La escritura va incorporando los modos expresivos de la Argentina, de Juan Gelman a quién dedica este poema (p. 29) y el siguiente (p. 32) con motivo de su muerte. Se apropiará vivencialmente de la historia y el dolor recientes de Argentina como si quisiera seguir la conseja de Donne: “La muerte de cualquier humano me disminuye, porque me siento involucrada en la humanidad”. Pasan versos disímiles, trastocados, que se espantan de esa sima inconsciente que tendría que ser genial; no lo es. Pero otros versos, cuando desdeña los automatismos y se inviste de la piel del otro nos inundan de humanidad, de convalecencia: “Quiero no pensar / en la pena de tu nieta / esa que te robaron / esa que te prendieron / lo que debió ser aquello / de encontrarse con un hombre / que decía ser tu abuelo.” (p 29)

Como una obsesión penetra esa historia en su imaginación y la desdice con el fin de distraerla; el resultado es la compulsión de repetición. Se proclama lo contrario de lo que se afirma: “Y quiero morirme mañana. / No.” Continúa este poema desenredando lo que hay de humano en el otro, adopta las maneras del otro, sus resabios, sus ‘decires’. La obsesión se instala como una clava. Ni siquiera podrá hacerse la dormida, perder la consciencia para aminorar la muerte: “No envíes nunca a preguntar por quién doblan las campanas; ya que doblan por ti”, apostilla Donne.  Este poema sigue percutiendo como una galopada sobre la sien en el siguiente poema;  un canto obsesivo, una tarantela de fiesta de locos, la locura punzante de “Sarah was ninenty years old” de Arvo Part: “Dónde están nuestros hijos /  no sabemos si tienen hambre / si tienen frío.” (p. 32). El grito llega a ser unánime, repetido por la vegetación cuando emerge del fondo de la tierra; el grito se instala en los cuerpos que flotan a las orillas del río.

Fue entonces (p 32 y 33) cuando la vimos pasar con la muerte al hombro, una mujer oscura que vive la peripecia de unos padres, –tal vez el dolor de Gelman que tuvo que ir de puerta en puerta– de orilla a orilla del río de la Plata, el cual “Ya no tiene lumbre / de la plata ya no tiene ruido / solo es un yunque / que golpetean contra el vacío.”

Vuelve la música a su golpeteo, la obsesión a su martinete: “¿Dónde están nuestros hijos? / Ustedes tienen que ayudarnos / porque no sabemos / si tienen hambre / o si tienen frío.” (p. 33)

En ese afán de adopción de la historia argentina como propia, se enfrenta a la irrupción de la violencia de los golpistas y de los secuestradores en la vida cotidiana de las mujeres. (p. 43)  Esta torsión modifica la función y el sentido de todas las cosas, convirtiendo  los tics que aún quedaban del país de origen en una cosa absurda. (p.42)

La tercera fuga lleva por título “Adaptarse a un nuevo índice de mortalidad” (p. 44). Una sugerente manera de invocar la distinta consideración de los humanos dependiendo de ‘las suertes’ del nacimiento. John Donne no pudo haberse equivocado más. Ya aquí la adopción del  lenguaje de aquella orilla. El aprendizaje del otro modo de vida, la nueva manera de escribirse. Se trata de breves poemas cuyos versos irrumpen en un lenguaje devastado; a menudo es el contraste expresivo entre una dicción lírica que rompe el exabrupto de una intención política o filosófica; otras veces es la crudeza de la expresión la que se enfrenta a la delicadeza de sentido. Abundan los latigazos nihilistas que desfiguran al menor asomo, que lo hay, de lirismo: “No hay cúspide más alta que tu piel despellejada ante la verdad / esa que desenrosca la vida/ / en la vacía intensidad de la desgana.” (p.51)

En esta adopción de los modos expresivos de la Argentina se hace la distancia que le facilita el acercamiento a la madre, solventar antiguas querellas, recuperando afectivamente aquellas batallas de amor en su pelea por la identidad. De campo de pluma, nada. (p. 56)

Insiste  en esta serie de poemas en que el camino emprendido es sin retorno: “Yo no sé dónde está el billete de retorno / fue cuando llegué hasta acá / que me explicaron / lo que era / no tener camino de vuelta.” (p. 51)  Con ese verbo descarnado que le caracteriza puede decir en (p.65) que volver ya no es posible: “La vuelta era una puta extraña / una puta con tacones de agua / con una pierna clavada en las alcantarillas / una puta que daba vueltas / sin quererlo / una y otra vez / sobre sí misma.”

En este transitar por los disfraces de los varios tipos de la sociedad argentina se detiene con cierta frecuencia en la infancia, en esa infancia agredida que conoce solo las palabras de la destrucción, de la infamia, negadoras. Vidas negadas, cuyos párvulos deseos son de continuo orillados a ese río de plata (p. 52).

Una vez perdido el pie en la otra orilla, a estas alturas la otra es ya la nuestra, surge el presentimiento de que no va a haber ya nada estable en el tiempo por venir. Un guiño al Burn Norton de T. S. Eliot: “Y escribes en la boca de los sapos / palabras que han entrado / a hacerse espacio / en la glotis / en el pez sin voz /de tu cuerpo exiliado.” (p. 53)

Todavía  a modo de añoranza, puede disfrutar del chascarrillo literario de retorcerle el cuello a la gallina que se hizo del cisne, luego de degollarlo; de pincharle el gaznate a una escritura de fin de mundo, víctima de la confusión y del fraude, de la carencia y de las crisis del mercado.

Los temas se diversifican (el machismo, la mujer vejada, la infancia prostituida), con personajes Porteños (niños, prostitutas, los cartoneros, los zurdos de la capital); los escritores ya son los argentinos, los guiños literarios también (Borges, Kodama, Gelman); las mutaciones que llegan del cuento a la realidad son las de la otra orilla: “gente, / sencilla, sonriente, / gente, ya ves, / sin nada,” (p. 57). En fin las expresiones ahora son, aunque el yo escriturario no conciba ya volver, de ida y vuelta. También aparecen sobre los modos españoles las maneras argentinas (“Me sujetás la frente”, “Ándate a la concha de tu hermana”) y lo más idiomático e identificador es esa forma de dirigirse a las personas que parece como antigua, que se expresa con el Vos: “Vos, / que vos, digo, / vos ayer te fuiste / antes de que yo / siquiera / fuese capaz / de hacerme la dormida.” (p.30), le ha escrito en la linda despedida que dedica a Juan Gelman.

Violeta Serrano.

Violeta Serrano.

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