“Mi mundo y el color”, una exposición de Lolo Zapico en el Museo de León

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Este viernes 16 de diciembre, a las 19,30 horas, se inaugura en el Museo de León la exposición “Mi mundo y el color”, del artista leonés Lolo Zapico. Entrada gratuita.

Lolo Zapico, en una imagen tomada de su página web.

Lolo Zapico, en una imagen tomada de su página web.

En esta exposición retrospectiva, Lolo Zapico (Rioscuro, Laciana, 1953) presenta un conjunto de 32 pinturas de mediano y gran formato, realizadas todas por medio de acrílico aplicado con pincel y ceras fundidas al calor en horno de microondas aplicada con espátula, sobre una base de lienzo. Todas las obras tienen títulos evocadores de espacios reales, naturales y figurativos, pero sin una representación de la realidad, planteando una aproximación a los territorios de las nuevas revisiones pictóricas que nos introducen de pleno en los diferentes enfoques de la neoabstracción de finales del siglo XX y que prosiguen en el actual siglo.

El artista presenta también cuatro piezas escultóricas, con referencias más explícitas al mundo animal (vacas, un buey y un hormiguero), realizadas con técnica de apropiaciones de materiales de tipo natural como la piedra, que se articula con elementos referenciales realizados en acero, así como con materiales deteriorados y residuos urbanos, recodificados por el artista (caso del hormiguero).

Una muestra que pretende, en general, abrir un diálogo rico y dinámico entre el pasado representado por los fondos del Museo de León y el desarrollo actual de la obra de Lolo Zapico.

En las fotografías se pueden contemplar algunos de los cuadros del artista, cada uno junto a una imagen de detalle de cada lienzo:

De este artista lacianiego ha dicho el pintor Eduardo Arroyo: “Durante mucho tiempo, Lolo Zapico, ha mantenido su pintura oculta. Desde hace poco, este hombre discreto enseña su arte. Puede que yo haya sido uno de los primeros en percibir sus cualidades y obsesiones. La muy particular caligrafía de Lolo Zapico, se inscribe en la pintura del siglo XX bajo la influencia del pintor americano Marc Tobey: una obsesión pictórica y una exasperación de la escritura que privilegian una poesía original. Las últimas obras de Zapico parecen cercanas a lo abstracto; pero no nos engañemos: sus cuadros son mucho más figurativos de lo que parecen”.

Reproducimos bajo estas líneas el texto de Luis Grau Lobo, director del Museo de León, que aparece en el catálogo de la exposición:

El alfabeto del agua

Por LUIS GRAU LOBO

Cuando Lolo Zapico propuso exponer en el Museo, le comenté que debíamos hallar un hilo conductor para relacionar sus obras con las que allí se custodian y exhiben, pues sólo así obtiene plenos sentido y sensibilidad una exposición en un museo histórico. En esto, enseguida surgió la similitud de procedimiento y compositiva entre sus cuadros y el espacio teselado de un mosaico antiguo, como los que atesoran las salas dedicadas al mundo romano. Un proceder artístico que, de forma inversa a como Zapico actúa, compone imágenes mayores a partir de pequeños elementos, mientras que Zapico las descompone, las fragmenta y multiplica realizando una síntesis diversa de un mismo análisis: una suerte de desmusivarización que pone ante nuestros ojos un mosaico antes de ser compuesto o, precisamente, lo observa después, cuando el tiempo ha hecho mella en él, desbaratándolo, como para que no seamos capaces de reconocer su motivo, aunque sí sus motivaciones. Esto mismo sucede con sus lienzos: sabemos que una imagen (quizás más de una) está detrás del temblor de esa especie de teselas aparentemente desconcertadas, desarticuladas, que se muestran a nuestros ojos. La vista, algo desenfocada a veces, otras levemente deductiva y titubeante, interroga la superficie en pos de ese icono ausente, del resto de una presencia que tiembla, como tras un cristal esmerilado o empañado, o, mejor, más allá de una superficie acuática agitada levemente por el viento. Las imágenes están y no están, o, quizás, simplemente, son, aunque no las veamos. Se espejan y se multiplican, sin fin, pese a nosotros.

Sin embargo, hoy, después de ver la selección que trae al museo, creo que estamos también ante una caligrafía singular, no tanto ante un mosaico como ante una piedra de Rosetta íntima que nos permite transcribir su alfabeto, su mundo y, tal vez sin renunciar al nuestro, utilizarlo. De igual manera a como para algunos expresionistas norteamericanos los pictóricos caracteres del otro lado del Pacífico resultaron decisivos para conformar su estética, Zapico parece haber hallado en la naturaleza, en las repeticiones siempre idénticas y siempre diferentes de los comportamientos y ritmos naturales de su Laciana amada ese código que reproduce lenguajes propios y que nos revela a medias una críptica sensación de familiaridad con un motivo que está y no está a un tiempo. Como sucede con el propio tiempo.

En ese mismo orden de cosas, sus esculturas, tan rotundas y rudas, en el sentido estricto de la palabra, rompen con su masiva presencia esa superficie espejada y líquida en la que querríamos leer con nitidez o contemplar un reflejo fiel, para, simplemente, conocer su secreto. O quizás no. Quizás nos conformemos con un alfabeto velado que destella en el espejo del agua.

:: Lolo Zapico. “Mi mundo y el color”

  • Lugar: Museo de León (Plaza de Santo Domingo, 8. León)
  • Horarios: De martes a sábado: de 10 a 14 h y de 16 a 19 h (octubre a junio) o de 17 a 20 h (julio a septiembre). Domingos y festivos: de 10 a 14 h. Lunes: cerrado.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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