Desvío por Paterson: “Del animal poema” de Amelia Gamoneda

Portada del libro, con ilustración de Juan Carlos Mestre.

Portada del libro, con ilustración de Juan Carlos Mestre.

Desvío por Paterson:
Del animal poema“, de Amelia Gamoneda
(Oviedo, Ediciones KRK, 2016, I.S.B.N. 978-84-8367-553-3)

La última película de Jim Jarmusch, “Paterson”, propone tácitamente una concepción de la poesía que un ensayo clarificador de Amelia Gamoneda —”Del animal poema. Olvido García-Valdés y la poética de lo vivo”, recién publicado por Ediciones KRK— vuelve del todo explícita. En su ensayo, Amelia Gamoneda elabora además “una teoría poética que encuentra su asiento en los más recientes trabajos científicos sobre la conciencia”.

Por FRANCISCO GONZÁLEZ FERNÁNDEZ 

Sostenía Paul Valéry con su habitual tono axiomático que la poesía era el arte de amaestrar el lenguaje: “Lo que llamo el lenguaje-animal es difícil de domesticar. El gran arte consiste en arrastrarlo según una voluntad determinada, en llevarlo a lugares inexplorados, todo ello con el control secreto y la aparente ligereza de acción de un domador experto. En esto es la poesía un arte del lenguaje”. Una película y un ensayo, ambos recientemente estrenados, dotados de una común sensibilidad, vienen a refutar esta visión racional de una poesía que aspira a sojuzgar un lenguaje salvaje.

La película es Paterson y en ella Jim Jarmusch ha destilado la esencia de la poesía que ya empapaba el resto de su filmografía, de Mystery Train a Ghost dog. Nada sucede en esta nueva historia salvo justamente lo esencial, salvo una mirada al mundo que sabe detenerse en la transitoriedad de las cosas y convertir lo visible en invisible, tal como reclamaba Rilke. Hace casi un siglo este poeta lamentaba que de América llegaran “vacías cosas indiferentes, pseudocosas, trampas de la vida…” que habían dejado de ser recipientes de lo humano, como lo eran todavía en la época de sus abuelos –una casa, una fuente, una torre, y la tarea del poeta consistía, según él, en vivificar y animar las cosas presentes. No es casual, en este sentido, que Paterson esté ambientada en la cuna de la revolución industrial norteamericana, en la ciudad de Paterson (New Jersey) de cuya prosperidad sólo quedan vestigios en los que ya casi nadie parece reparar.

Con una actuación de expresiva sobriedad, Adam Driver da vida a Paterson, un conductor de autobús urbano (bus driver) que, como ya sugiere su apellido, es el alma de la ciudad. Ser con lo otro, esa es la emoción. Y es que Paterson se pega a la ciudad por la que transita con la misma naturalidad con la que cada mañana se despierta acurrucado junto al cálido cuerpo de Laura, su pareja. Conduce a diario su vehículo con oficio, con concentrada despreocupación, atento a la vez al tráfico y a las fugaces conversaciones que ocasionalmente mantienen algunos pasajeros, como si en esas descuidadas charlas pudiera hallar alguna palabra afortunada. Tal como escribiera su poeta predilecto William Carlos Williams en el libro quinto de su célebre poemario Paterson, “cualquier cosa es buen material para poesía. Cualquier cosa. Lo he dicho una y otra vez”. Y es que el conductor de Paterson es también poeta y en cuanto tiene un momento abre su cuaderno y deja correr su bolígrafo con la soltura con la que lleva a sus pasajeros. Poemas que son como cajas de fósforos que contienen palabras sencillas que al prenderse proyectan su luz en la lejanía con la potencia de un megáfono. Poemas que no aspiran sin embargo a la publicidad, que sólo quedan registrados en las páginas del cuaderno, a pesar de que Laura, ella misma artista de lo íntimo, quisiera verlos editados o al menos copiados para su preservación. Poemas, en fin, que no existen más que en su unicidad, como una piedra, como un árbol, como una cascada. Espacios donde tocar lo real, pues, como bien lo expresa Olvido García-Valdés en Esa polilla que en torno a mí revolotea, “un poema es un lugar donde las palabras alcanzan a las cosas”.

En la vida de Paterson sólo hay un escollo, y es Vincent, el bulldog obstinado por el que siente escaso afecto y con el que ha de compartir el espacio de su hogar y el amor de Laura. Cuando regresa a casa por la noche, no sólo se encuentra siempre a Vincent echado en su sillón favorito, también debe sacarlo a pasear, aunque para ser más exactos es el fornido perro quien lo lleva a él. Paterson no es capaz de controlar al animal y cada noche, después de recorrer frenéticamente las calles del barrio, termina atándolo a la puerta del bar donde entra a tomarse una cerveza. Sólo en una ocasión Paterson y Vincent se detienen a la vez, juntos, con idéntica curiosidad, a la vuelta de una esquina, al oír inesperadamente del interior de una lavandería la voz de un rapero ensayando una de sus canciones. El poema animal tampoco entiende de correas, ni de órdenes. Para que el lenguaje no nos arrastre, para no violentarlo, es necesario acompasar el paso a su ritmo y sentir en la piel sus latidos.

Dos incidentes vienen a interrumpir el lento transcurrir de los días de Paterson: la avería terminal del viejo autobús municipal y la destrucción del cuaderno de poesía. Si el primero se resuelve sin sobresaltos, el segundo deja una profunda huella en Paterson al perderse para siempre todos sus poemas. El culpable de este desastre es el bulldog, que ha hecho añicos el cuaderno de poesía aprovechando que sus amos habían salido al cine. Mordisco a mordisco el perro ha vuelto invisible lo visible, dentellada a dentellada el animal dice la verdad de la poesía.

Un nuevo encuentro inesperado sacará a Paterson de la melancolía y dará sentido al acto destructivo de Vincent. Como en muchas otras ocasiones, Paterson se ha parado a contemplar la cascada que William Carlos Williams había cantado en su poemario, cuando de repente, como salido de la nada, se sienta a su lado un hombre japonés de mediana edad. Ahora, en el ritmo lento, en los silencios y en la sutileza de la conversación, la película declara abiertamente su sensibilidad oriental. Como confirma el ejemplar de Paterson que tiene en sus manos, el desconocido es también poeta y es el deseo de conocer el lugar que inspirara a William Carlos Williams su obra maestra lo que le ha movido a viajar hasta ahí. Paterson y él hablan de soslayo, acerca de la vida, de la poesía (“Leer poesía traducida es como meterse en la ducha con chubasquero”), de William Carlos Williams, hasta que finalmente el poeta nipón decide irse, no sin antes regalarle a Paterson un cuaderno en blanco, tal vez a modo de reconocimiento.

Todo fluye, nada permanece, todo nada, y pronto, ya mismo, la tinta vuelve a correr. De nuevo solo, el poeta local saca decididamente su bolígrafo. Su rostro ha vuelto a animarse. Y entonces vemos en pantalla los trazos de su escritura, de su nuevo poema: The line (La línea). En él cuenta cómo su abuelo le recitaba un poema del que no logra ya recordar más que una línea: “Podrías crecer para ser un pez”. En realidad, este verso procede de una canción, festiva y aleccionadora, de Bing Crosby titulada Swinging on the star, que instaba a un niño a ir a la escuela para que pudiera “bailar sobre una estrella llevando rayos de luna a casa”, en lugar de convertirse en un animal tan estúpido como un burro, un cerdo o un pez. Sentado frente a la cascada, después de pasarse la vida fluyendo con la mayor naturalidad por las arterias de su ciudad, dejando que su boli se deslice por las páginas en blanco de su nuevo cuaderno, Paterson (y con él, ahora, el espectador) sabe, con ese conocimiento que otorga la poesía, que sólo pueden traerse a casa rayos de luna aprendiendo a nadar como un pez. Swimming in the city. Aquí o allá, en Paterson o en Tokio, en un lugar en la tierra.

Paterson propone tácitamente una concepción de la poesía que un ensayo clarificador de Amelia Gamoneda vuelve del todo explícita, una visión del lenguaje poético ajena a toda metafísica, pues emana del cuerpo sintiente, cuerpo presente pero vivo, emocionado, y que encuentra por ello en el animal su más acabada manifestación y expresión. Del animal poema. Olvido García-Valdés y la poética de lo vivo –recién publicado por Ediciones KRK con su habitual esmero– no versa únicamente sobre la intensa y honda poesía de esta escritora, quiero decir que no se ofrece simplemente como una introducción a su obra poética y ensayística, aunque toda ella haya sido transitada a lo largo de los afortunados merodeos de Amelia Gamoneda. Otro es su verdadero propósito: valerse de una obra, que ha frecuentado mucho y que a todas luces le es muy querida, para elaborar una teoría poética que encuentra su asiento en los más recientes trabajos científicos sobre la conciencia.

Del animal poema es una obra envolvente, que arrebuja con su discurso todo un cuerpo poético atento en esencia al registro físico de las sensaciones y de las emociones. Uno de los muchos méritos de este cautivador ensayo radica en la plasticidad de su escritura, siempre certera y sugestiva, que se adhiere al corazón de la poesía de Olvido García-Valdés como “una película fría y sudorosa” (Lo solo del animal), que se deposita en sus palabras con la firmeza y suavidad de un mantillo. De todo ello brota una teoría poética de gran calado que echa sus raíces con plenitud de conocimiento en la semiótica, en el psicoanálisis y en las neurociencias, invocándose así nombres como Kristeva, Hambürger, Lacan, Kandel, Gazzaniga o Damasio. Por su temática y por su estructura, es éste un libro orgánico, pues, a pesar de interrogar disciplinas tan variadas y complejas, una misma unidad de composición recorre sus páginas de principio a fin, en buena medida por haber sabido su autora pulsar esos poemas de lo vivo hasta asimilar su ritmo y su sentido. Tacto es aquí la palabra clave, y lo que Amelia Gamoneda dice del lenguaje poético en su relación con la realidad objetiva puede y debe aplicarse a su propia prosa: “Tocar, aproximar, yuxtaponer hasta sugerir unidad sin llevarla a cabo: la reducción extrema de una infinita distancia”. Un prosa precisa y evocadora a un tiempo, geométrica y musical, siempre a punto de confundirse con la poesía.

En el principio era la voz, y Amelia Gamoneda se adentra en la poesía de Olvido García-Valdés resaltando la materialidad de sus palabras, registrando la cualidad personal de su voz cuando ésta lee en público sus propios poemas, en la convicción de que, asentada en la respiración y el aliento, esta voz es el hilo de Ariadna que permite acceder a la poética de lo vivo que caracteriza su obra. Desde aquí, y a través de un espléndido recorrido, el lector descubrirá que el lenguaje poético de Olvido García-Valdés adelgaza sus rasgos propiamente lingüísticos y lo somete “a disciplinas de percepción y movimiento que pertenecen al cuerpo, se atreve a acercarlo a su asiento biológico”. Una suerte de ósmosis se produce entonces entre la poesía y el animal, convirtiéndolo en metáfora y modelo de una concepción viva del poema. Ajeno a la vigilancia de sí mismo, el lenguaje poético “parece poseer algo semejante al ensimismamiento sin autoconciencia del animal; y parece también expresarse como lo haría un animal así, pero que estuviera dotado de lenguaje”.

Si bien hay una notable profusión de animales en la obra de Olvido García-Valdés, Amelia Gamoneda no pretende en ningún momento levantar acta de las distintas especies que pueblan sus páginas, lo que le interesa desentrañar es el estar en el mundo del animal, pues éste parece compartir con el poema una conciencia primaria. Aquí, en el examen y desarrollo de esta correspondencia, en particular en el análisis de Lo solo del animal, último poemario de la autora asturiana, logra Amelia Gamoneda dar un paso decisivo en la dirección a la que Julio Cortázar apuntaba al final de su Prosa del observatorio para que el hombre pudiera al fin “ocupar su puesto en esa jubilosa danza que alguna vez llamaremos realidad”. Aunando una ciencia deseosa de salir a lo abierto y una poética que descansa sobre bases firmes, conciliando con sensibilidad y sapiencia ámbitos en principio tan opuestos, Del animal poema se revela como una cinta de Moëbius en la que el anverso y el reverso resultan no ser más que una misma cara de la realidad.

Un giro de este calibre sólo era posible después de rescatar al animal de la condición de máquina en la que desde Descartes había sido encerrado por estar privado de lenguaje (humano) y devolverle por tanto una conciencia primaria en la que una poesía de lo vivo pudiera reconocerse. Ensimismado, inconsciente de su falta de conciencia, el animal tiene la virtud de prestarle su singular lenguaje a la poesía, pues justamente el poema no procede mediante análisis racionales ni categorizaciones, sino que “dice el mundo en la versión que da la conciencia extrañada en una edad (casi) prelingüística”. Así, el poema animal, del que la poesía de Olvido García-Valdés se revela como perfecta expresión, adopta una forma bio-lógica compartida por el hombre y el animal en el intento de comunicar aquello que el lenguaje humano no puede decir: “el saber que cabe en un encuentro no esperado”. Un saber que tal vez nos enseñe a nadar como un pez.

 

Un Comentario

  1. Pingback: “Del animal poema”. Un libro de Amelia Gamoneda sobre las poéticas de Olvido García-Valdés | Tam-Tam Press

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: