Yusupha Gai defiende en “Love&Culture” su apego a la tradición con tintes cubistas

De niño garabateaba sus sensaciones constantemente; de joven, un profesor descubrió el talento que llevaba dentro y le abrió la puerta de los caminos del arte; de adulto, autodidacta, decide saltar de África a Europa para explotar su alma de artista aunque sea a costa de arriesgar su vida. Yusupha Gai no solo no renuncia a su cultura ni a sus tradiciones africanas sino, al contrario, aunque resulte paradójico, las baña en el cubismo.

Su exposición ”Love&Culture” se puede visitar en el bar Morgan (C/Solanilla, 7, detrás de La Antigua, en Valladolid) hasta el 22 de febrero de 2017.

Por ISAAC MACHO

“Love&Culture” es el título de la última exposición de Yusupha Gai, un joven gambiano de 25 años, que muestra en una docena de cuadros el resumen de parte de su filosofía vital: el apego a la familia y los sentimientos que unen a los seres humanos, envueltos en arte abstracto africano.

Los vivos colores y las apretadas figuras que sobresalen en sus lienzos son una de las características que destacan en el trabajo de este artista de tonos alegres. La exposición puede dividirse temáticamente en tres apartados: mujeres amamantando a sus niños o en diálogo interpersonal; piezas que traen a la actualidad la cuestión de los refugiados con frases-protesta y, una tercera parte, en la que aparecen los afectos como levadura de las relaciones personales.

“En África puedes vivir sin tener nada”, repite entre orgulloso y reivindicativo este artista en defensa de la cultura africana. En esta exhibición de sus trabajos, presenta un universo multicolor en una especie de “explosión visual que inunda los sentidos”.

La historia de Yusupha Gai es corta en el tiempo pero intensa. Trabajaba en una tienda de móviles con un hermano en Serrekunda, la ciudad más grande de Gambia, pero esa monotonía le atosigaba. Había probado simultanear la pintura, vendiendo sus obras en el mercado a turistas, al tiempo que trabajaba pero resultaba incompatible.

Para un creador como él, la dictadura del país, la escasa sensibilidad de sus gentes para el arte y la difícil situación económica le impulsaban a buscar nuevos horizontes en Europa. Allí, pensaba, el arte era más valorado por la sociedad y abundaban los museos de prestigiosos pintores. Todo lo contrario que en su continente.

Dirección Europa

Por eso, él y un grupo de amigos de las tiendas del mercado planeaban desde hacía algún tiempo buscarse la vida fuera. A los 21 años, y con el equivalente a 500 euros en el bolsillo, una madrugada el grupo tomó un taxi en las calles del mercado y se dirigió a Banjul, la capital de Gambia.

Luego, zarparía con un barco a Bara y, después, tomaría un minibús a Dakar, Senegal. Mientras arreglaban papeles ante la embajada de Marruecos y trabajaban en lo que podían, al cabo de dos meses decidieron continuar con la travesía, camino de la frontera entre Senegal y Mauritania.

Tras pagar la correspondiente “mordida” para entrar en Mauritania, toman otro taxi que les llevará hasta la frontera cerca de Marruecos. Intentan resolver asuntos pendientes de papeleo, al tiempo que consiguen alguna ocupación laboral, y siguen viaje hasta Rabat, capital del reino alauita. En esta gran ciudad, como en todo el trayecto, las condiciones eran penosas y se hacinan hasta 12 personas en una habitación sobreviviendo a base de realizar tareas en la construcción o en la jardinería, en tanto replanteaban su objetivo.

Despejados los planes, suben a un autobús que les lleva hasta las proximidades de Tetuán. Desde ese punto, resuelven instalarse en un bosque cercano que les permita estudiar la estrategia de saltar a La Península.

Su objetivo fue siempre atravesar el Estrecho en patera, “nunca pensé saltar la valla”, dice Yusupha. Se documentan profusamente, analizan los horarios más oportunos, hablan largas horas con compañeros que lo habían intentado antes, reúnen dinero hasta poder comprar las pateras y, finalmente, se arriesgan a echarse en brazos del mar. Lo intentaron al menos diez veces. En todos los casos tuvieron que desistir ante la intensa vigilancia de la Guardia Civil que, con lanchas muy rápidas, les obligaban a darse la vuelta, en ocasiones, cuando estaban ya muy cerca de la costa…

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Exposición “Love&Culture”, del artista gambiano Yusupha Gai. Foto: Juan A. Berzal.

Un objetivo, dos caminos

Como consecuencia de estas incursiones marítimas, la policía marroquí los llevaba presos, una y otra vez, a la cárcel donde permanecían 4 o 5 días. Las desgracias no venían solas: la propia policía destruía con violencia sus chabolas y disolvía “a palos” los grupos de inmigrantes que se establecían en el monte.

Pero a la salida de la prisión, volvían al bosque. A preparar, de nuevo, el cruce del Estrecho. Después de tantas infructuosas tentativas, Yusupha y sus colegas reconocieron, ante la tozuda estadística, que “el camino de la mar no era la vía adecuada” para llegar a España, al menos, para ellos.

Cambio de planes, pues. Están obligados a replantear el itinerario. Después de un año viviendo en el monte, y abortada la posibilidad de llegar a La Península por barco, no quedaba otra opción que enfrentarse a las dos desafiantes vallas que separaban la frontera entre Marruecos y España.

Reunieron el poco dinero que les quedaba, alguien del grupo bajó a la ciudad para comprar guantes, ropa fuerte, alicates, comida, etc., hasta que, finalmente, una tarde, entre dos luces, en el mes de Ramadán, Yusupha y dos compañeros se lanzaron, con decisión pero también con congoja, a la conquista de Europa.

Eligieron una zona poco vigilada de la valla, saltaron deprisa y sin incidentes la primera gran alambrada y con la tensión propia del momento corrieron en busca de un agujero en la segunda barrera para sortear el obstáculo. Agrandaron con los alicates el hueco y, uno a uno, se filtraron los tres, por el buraco abierto, sin percance alguno.

La euforia no cogía en ellos… Ahora había que llegar a la ciudad. Como desconocían dónde estaba y cómo era, se subieron a un pequeño montículo para orientarse y ver la dirección por la que tenían que caminar para alcanzar el centro de Ceuta. Mientras andaban, cuando aparecía algún coche, se escondían detrás de algún matorral para no ser vistos.

Después de un buen rato a pie encuentran a un inmigrante argelino quien tras ponerles al corriente de la situación en una explicación urgente, deciden acercarse a un coche de la Guardia Civil para que les lleve al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI).

Los seis meses que Yusupha pasó en el CETI de Ceuta, los aprovechó para pintar mientras se resolvían los asuntos administrativos, a la espera de dar el salto definitivo al Viejo Continente. Por fin, le trasladan a él y a varios compañeros hasta Miraflores de la Sierra (Madrid) para, a continuación, reubicarlos en un piso del barrio Vallecas. Sigue pintando, expone… para un año después mudarse a Valladolid donde, finalmente, regulariza la situación.

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El artista gambiano Yusupha Gai. Fotografía: Juan A. Berzal.

De vocación, pintor

Ceuta será un hito importante en su hégira particular. “La puerta de Europa”, la ciudad donde el artista colgará la primera exposición de su vida (La Sala, finales 2014) —vendió 18 de los 23 cuadros expuestos, patrocinado por el CETI y Cruz Roja—, la tierra que representó para él la paz y aprendió a conjugar palabras como dignidad, el sitio en el que conocerá a nueva gente y amigos significará un punto y aparte en su nueva situación de ciudadano del mundo. No es extraño que repita, por tanto, “tengo que volver”.

Yusupha Gai nace en el seno de una familia humilde con muchos hermanos. Él siente muy pronto la necesidad de dibujar y en la escuela secundaria uno de sus profesores de Arte, Mr. Jatta, descubre que aquel alumno menudo, de eterna sonrisa, tiene un enorme potencial artístico que debe desarrollar.

El maestro le enseña técnicas y estilos pictóricos que con el tiempo sellarán una singular manera de pintar. Su alumno, incluso, prueba en el mercado de turistas para probar si sus obras tienen aceptación entre el público. En efecto. Vende más que produce, aunque su mente no estaba puesta en quedarse sino en volar hasta las ciudades que cuentan con los grandes templos de la pintura.

Yusupha Gai llena el lienzo de mujeres africanas con grandes caderas, senos extraordinarios, abombados estómagos hasta el punto de ser fuente inagotable de inspiración. Bodas, fiestas, música tradicional, refugiados o la familia son temas recurrentes de la pintura de este autor de marcada tendencia cubista, basada en la corriente neo-tradicional africana, que piensa colgar algún día su obra en galerías y museos donde la gente “entienda y comprenda lo que está viendo”, señala.

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Exposición “Love&Culture”, del artista gambiano Yusupha Gai. Foto: Juan A. Berzal.

Un Comentario

  1. nino

    una pintura bien chula.Mola mucho.

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