Envío 30 (aura, un anuncio radical, cuando salgas a la calle…)

“Aura, manto, capa: algunos van por la calle como envueltos en su aura importanciosa, capa de caballero, manteo de canónigo, toga de abadesa. Se los ve venir desde lejos (cada cual tiene su lista: ahí viene ésa, ahí viene ése)”. [Fotomontaje: Eloísa Otero].

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

En una mañana ventosa, con las narices oxigenadas por el frío, qué gusto ponerse a silbar el himno de Riego y hasta, si me apuras, ir marcando el paso: izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda. Como venganza simple por algo que no necesita más explicación.

Aura, manto, capa: algunos van por la calle como envueltos en su aura importanciosa, capa de caballero, manteo de canónigo, toga de abadesa. Se los ve venir desde lejos (cada cual tiene su lista: ahí viene ésa, ahí viene ése).

El ojo del cíclope de la antigua estación del tren, el ojo hoy vaciado. Están retirando la esfera del reloj. Habrá que vigilar, a ver si no se lo llevan o se lo venden a los americanos. El reloj marcaba la hora y la ventana de la oficina donde trabajaba mi padre.
(Vigilancia: semanas más tarde, menos mal, ya lo han repuesto, se dice el Gran Desconfiado y respira).

Pasa la tuna cantando… Son tres chicos, el más gordito va diciendo: a mí lo que me gusta es lamerlas las mejillas; así, con laísmo incluido y reforzador.

En un muro: LEER ES DE MARICAS.

Las ráfagas del retrasado:
Por la calle en Semana Santa. En un escaparate, un póster: ADORACIÓN DE LAS LLAGAS EN UNA FRÍA NOCHE LEONESA. Ríete de aquel Monte Pelado y sus músicas espectrales.
En otro: HAY FAJAS PARA PAPONES (y todas eran negras).
En el de una confitería, un cartel con el dibujo de una cara, como para niños, graciosa. GENARINES DE LEÓN TÍPICOS. Y pone debajo la fórmula de los tales dulces o pastas. Al final de la lista, casi como de pasada, CREMA DE ORUJO. Ahí se ha quintaesenciado el orujo que hizo famoso al pellejero, al que le mató, según leyendas, el camión de la basura cuando estaba defecando en medio de la calle, borracho. El orujo que (lo sabe quien se ha emborrachado alguna vez con él, tan de la tierra, tan de pobres) el pellejero vomitaba, orinaba, cagaba, eyaculaba, impregnado de su espíritu en cuerpo y tripas, ahora se ha decantado, tras destilaciones en alambiques literarios y societarios en limpia CREMA DE ORUJO. Como si fuera manjar francés.

En el bus. Un hombre animal bestia forzuda, en la nuca y calva afeitadas lleva tatuado en azul legionario un código de barras. Chándal, pendiente de falso azabache, barba pelirroja. Una bestia vikinga. Da patadas a un papel caído, va hacia el conductor y le pide que ponga el aire acondicionado a tope, “como para arrancarme la cabeza”.
Y resulta que es amable con una anciana, la ayuda a levantarse del asiento, la acompaña hasta la salida. Y se despide del conductor, al bajar, con un adiós amigo. La bestia amable.

Sentado en el suelo, un joven con buena presencia ante su cartel:
PIDO PARA COMER Y PARA EL VIAJE.
Envuelto en una nubecilla de tabaco rubio, le daba besitos al perro, en el hocico. Un señorito de la pordiosería.

Parada de taxis, tarde ya calurosa: en la esquina buscan la sombra los taxistas, se acerca su verano esclavo; van todos vestidos como Tonettis del circo Atlas, pantalones cortos de rayas, niquis de bandas, gorritas de cuadros, a todo color. Dan ganas de pillar un taxi sólo para escacharrarse de la risa.

Comiendo con un amigo en una terracita de la calle de la Ballesta, en Madrid. En la mesa de al lado, unas chicas, cuatro amigas, charlan de lo suyo, como nosotros.
Pasa una señora con su hija adolescente, enseñoradas las dos (es una señora muy enseñorada). ¿Y a cuento de qué viene esto? A cuento de la señora prostituta que tuvimos enfrente durante una hora, ya mayor, labios operados, pelo platino, con su jersey de algodón perlé blanco, muy calado, que fue abriendo hasta enseñar los pechos, sin sujetador, grandes, pesantes y la barriga, buen bandullo… Y no hacía calor precisamente, no parecía haber clientes. ¿Para quién hizo el gesto de abrirse el jersey? ¿Para nosotros dos? Nos miraba, intuía. Para los demás parecía invisible, pero yo la miraba, mi amigo la vio. ¿Cómo podía aquella imagen hacerse invisible? Lo políticamente correcto, el derecho de ciudadanía.

Un anuncio radical: BOCADILLO ESTUDIANTE ALIMENTA TU CEREBRO.

En la mañana de un domingo los titiriteros plantan su circo minúsculo bajo mi balcón. El saxofonista arrogante, los fuertes aires de trompeta y redobles. Me asomo. La cabra sube por la escalera, la niña recoge ya del suelo monedas arrojadas; de pronto, lo impredecible: hoy el mono de la compañía no es el tití ni el gibraltareño, es un formidable mandril, a cuatro patas, enseñando las posaderas cárdenas; o sentado, sin señas de haber aprendido ningún truco. Alzaba el hocico, olisqueaba, enseñaba los enormes colmillos. Seguía los pasos del otro espectáculo, gris y cansino, como un ser venido de muy lejos. El trompetista le tenía atado a su cintura con un trozo de soga. ¿Ignoran la ferocidad, el desgarro de su mordedura? ¿Qué convivencia mantiene con la familia?

Cuando salgas a la calle, ábrete. Para eso están hechas las calles” Philip Roth.

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