Gloria

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Por LUIS GRAU LOBO

Hace ya casi una década que la Ley de la memoria histórica obliga a retirar del callejero el homenaje a los fascistas, golpistas y colaboradores que la dictadura enalteció en esos letreros por toda ciudad y pueblo del país. Hace ya bastantes años que a ciertos ayuntamientos les cuesta encontrar momento para laboriosos dictámenes y sesudas disquisiciones que permitan identificarlos y cumplir con una norma legal de gran sencillez pero que parece ampollar determinados cutis. Hace ya demasiados años que muchos ciudadanos esperan gestos y actos decentes, honorables y humanos que se les deben por justicia y, desde hace diez años, por ley.

El ayuntamiento leonés, siempre a la vanguardia de este tipo de resistencias, ha esperado a ser llevado a los tribunales. Y ahora se ha provisto de un grupo de expertos entre los que no se encuentra ningún especialista en la guerra civil o la historia contemporánea, pese a que tales momentos históricos sean objeto del estudio de numerosos titulados y profesores universitarios muy reconocidos y reconocibles, en estas tierras y otras cercanas. Para más señas, el comité que dilucida el asunto lo componen la concejala del ramo y dos funcionarios de su propia concejalía… Ello podría dar pábulo a cuestionar su informe, pero más lo dan los argumentos que dejan sobre la mesa, tras sus deliberaciones. Se deja al margen a conocidos personajes del régimen a causa de lo «mucho» que hicieron por León. Construir una carretera o un barrio, como si lo hubieran hecho ellos mismos, con sus manos, ellos solos, que diría Bertolt Brecht. Argumento notable, donde los haya, que remite a un tipo de mentalidad. Otro nombre se libra por ser… obispo. Parecen decir, era malo, sí, pero era obispo, que eso lo cura todo. Nótese que ambos argumentos valdrían para mantener a Francisco Franco en la placa de su antaño calle principal. De otro falangista se dice que es poco relevante (J. Mª Fernández). Por supuesto, por eso tiene una calle, y de las grandes. Uno más fue cronista, dicen….

Cuanto más miramos el detalle más se pierde la perspectiva. Lo cantaba Umberto Tozzi: la verdad y la mentira se llaman Gloria. Los nombres que las ciudades otorgan a sus calles, avenidas y plazas son ocasión para reconocer a aquellos de nosotros que nos enorgullecen o nos representan, a aquellos paisanos que alguna vez hicieron que la ciudad fuera mejor, que la vida de sus vecinos lo fuera, que llevaron su nombre por otras tierras con dignidad. Sirven para honrar a quienes nos honraron, para recordar con estima, para refrendar con afecto. Plasman la propia ciudad, al fin, en un brocado de biografías entrelazadas en el que cabe reconocer ese espíritu urbano que llamamos urbanidad. Esa parte es la que debería prevalecer al expurgar del callejero tanta ignominia y desdoro, sin considerar si este fue obispo o aquel mandó asfaltar un barrio.

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