Jesús González Green: ‘Las imágenes sirven para reflexionar y esa denuncia tiene que tener un efecto’

El corresponsal de guerra Jesús González Green.

Por ELOY RUBIO CARRO
Desde astorgaredaccion.com

El reportero Jesús González Green estuvo en Astorga (León) el pasado fin de semana para participar en el ciclo ‘Panorama desde la muralla’ organizado por el guionista de RTVE, ya jubilado, Max Alonso ,con quien colabora la Concejalía de Cultura. Y aprovechamos para hablar con él.

– ¿Usted narró innumerables conflictos como la invasión soviética de Afganistán, la guerra de El Salvador, la primera guerra del Golfo o el Yom Kippur, para programas como ’A toda plana’, ‘Datos para un informe’ y salió vivo, aunque en una ocasión, en Zaire fue condenado a muerte ¿Cómo fue aquello?

El Zaire, sí, que en realidad es el Congo, pero Mobutu Sese Seko, el presidente, quiso africanizar el país y le cambió el nombre y poco más. Cambió su apellido y se puso Sese Seko, que quiere decir el gallo que se cepilla a todas las gallinas…

– Pero usted cómo salió vivo de esa situación,…

– La verdad es que fue de milagro y porque para ejercer está profesión hay que tener suerte. Como en casi todos los países en guerra estaba prohibido entrar, porque los informadores no van precisamente a hacer propaganda al gobierno, sino a intentar contar lo que allí sucede. Nosotros entramos por el sur del Congo, con el bando rebelde que trataba de independizarse del Congo. Katanga es la parte más rica, pues es donde se encuentran los diamantes, el cobre, y otros minerales, todavía no se buscaba el coltán. Atravesamos luego la tierra de nadie y nos encontramos con el ejército de Mobutu y nos dirigimos hacia ‘Muchacha’ que acababa de tomarse, todavía veíamos a los caídos por la calle. El teniente que comandaba un grupo de soldados pensó que éramos mercenarios cubanos, pues Cuba, por si hubiera que intervenir en esta guerra, tenía un cuerpo de ejército en Angola. Con esta sospecha las cosas se pusieron muy mal, sufrimos un interrogatorio muy duro y al final decidieron que iban a fusilarnos.

Pensaron que éramos comunistas cubanos y nos sacaron afuera del poblado. Éramos cuatro de televisión y Colin Smith, de The Observer. Entonces nos alinearon, prepararon el pelotón y cuando ya iban a disparar aparece un avión en el horizonte, y el teniente que mandaba aquello para el fusilamiento, pues observa que el avión era el de Mobutu, algo inconfundible, pues tiene dos leopardos pintados en el morro. Entonces no quedaba bien que llegando el presidente de inspección al frente se matará a cinco europeos.

Nos llevaron entonces a una cárcel a Kolwezi y luego a Kinshasa, la capital del Congo, y nos anunciaron que nos fusilarían. Estábamos los cuatro encerrados en un cuartito de dos metros, y yo conseguí salir porque dije que estaba enfermo. Vino un médico y me encontró la tensión muy alta, que desde entonces la tengo alta, y ordenó que me sacaran al patio, al sol, dónde estaban los presos comunes. El sábado llegó una monjita y yo salí corriendo, me agarré a ella y le rogué que por favor avisará al embajador, que éramos periodistas. Ella  no dijo nada, solo lloraba, pero se lo contó al capellán, que avisó al cónsul inglés y vino a hablar con Colin, entonces ya se enteraron en Inglaterra y se acercó el embajador desde Kinshasa, a 2000 km. También vino el embajador alemán pues tenían presos a dos periodistas del Spiegel. Como el fotógrafo del Spiegel era francés ya eran cuatro los embajadores que fueron a hablar con Mobutu para decirle que no cometiera esa barbaridad, que éramos periodistas.

Mobutu se negaba a hacer nada porque aseguraba tener pruebas, como un carnet que yo llevaba del Movimiento Popular para la Liberación de Angola que conservaba de cuando había estado en esa guerra. Eso  para ellos era una prueba evidente de que yo era comunista. El embajador de España vio tan mal la cosa que encargó cuatro ataúdes para repatriarnos a España. Tuvo que ser el ministro de Asuntos Exteriores alemán, que estaba pagando la guerra, el que le ordenara a Mobutu que nos soltaran. Nunca reconocieron que éramos periodistas. Nos  expulsaron como mercenarios y por la bondad y generosidad de Mobutu Sese Seko.

– El periodista de televisión desea las mejores imágenes, pero supongo que tiene que saber guardar la ropa… No sé si recuerda el caso de Kevin Carter, que ganó un Pulitzer en 1984 por fotografiar a un niño sudanés famélico con un buitre, y las críticas que le cayeron por dejarlo abandonado acabaron con él. ¿Realmente en una situación así se puede hacer algo?

– Yo creo que no, ni es ese nuestro cometido. Nosotros lo que queremos es reflejar lo que está sucediendo, porque contar una guerra es denunciar lo que es la guerra. Cuando la gente conoce lo que sucede se pone en contra. Una prueba evidente fue la guerra del Vietnam, donde había tal cantidad de periodistas y de fotógrafos que la opinión pública americana veía cómo morían los suyos y se puso en contra de esa guerra. Y como Estados Unidos es una democracia, la gente decidió que tenían que irse de allí y se fueron.

– ¿Qué diferencias aprecia usted entre el reporterismo de guerra de antes y el de ahora?

– Básicamente que nosotros teníamos que ir con un equipo pesadísimo, la cámara pesaba ya doce kilos. Hacíamos cine, era un viaje largo en el que había que pedir las dietas, llegar hasta allí, etcétera, lo que consumía un tiempo y un esfuerzo. Luego la película tenía que ir a un laboratorio para revelarse. Y ahora con los medios que hay, cuando pasa algo siempre hay un señor por ahí con un teléfono móvil que lo filma y lo manda, y al cuarto de hora del suceso ya tienen las imágenes en las redacciones. Contra eso no se puede competir. Es innecesario mandar un equipo para filmar in situ. El periodista todavía tiene que ir allí para tener el punto de vista de nuestro país, pero ya para hacer un resumen y dar una visión general del tema, no para ir a la noticia como entonces íbamos.

– Usted relata en ‘Reporteros de guerra’: “El primer cañonazo que se oye, espanta, el primer muerto horroriza, el primer herido indigna; pero a medida que se van viendo barbaridades se va asimilando…” ¿Es cierto que se puede llegar a desear que pase algo terrible para poderlo filmar?

– Yo creo que sí, que es una deformación de nuestro trabajo. Uno se va haciendo, va encontrando naturales esos horrores de la guerra y lo que quiere es hacer su reportaje y que sea eso que llaman los ingleses un ‘scoop’, una exclusiva. Y  eso, a pesar del miedo, es lo que  estamos buscando.

Jesús González Green.

– Sentimos apetencia por imágenes de la degradación, del dolor y la mutilación. Dice Susan Sontang que, en cuanto objetos de contemplación, las imágenes de los otros pueden satisfacer algunas necesidades distintas: “fortalecernos contra las flaquezas, volvernos más insensibles, reconocer la existencia de lo irremediable.” ¿Sabe lo que hace la gente cuando ve una escena de guerra muy cruenta?; pues dice, ¡qué horror!  y busca otro programa. Es  decir que por un lado está la información: hay una guerra y tal y por el otro hay unas imágenes que nos fascinan o nos llevan a cambiar de canal. Tal vez sean imágenes informativamente hablando innecesarias…”

– Creo que es fundamental que haya esas imágenes, pues quién no las conoce, ni dice qué horror ni apaga la televisión ni se entera, es como el avestruz que mete la cabeza en un hoyo para no saber lo que pasa. Lo que ocurre es que cuando las guerras son muy duraderas, las imágenes se repiten en un telediario, en un periódico, en la prensa, y la gente ve cada vez con más horror lo que está pasando con los que huyen de sus casas, como en la actual guerra en Siria. Todo eso crea un ambiente de repulsa y yo creo que es una denuncia lo que se hace, y cuando se denuncia algo que se ve mal algunos podrán taponarse los oídos y hacer caso omiso, pero si tiene un mínimo sentimiento de humanidad, reaccionará en contra.

– ¿Esas imágenes e informaciones del horror van a determinar las catástrofes sobre las que prestaremos atención, o en un mundo sobresaturado de imágenes como el actual nos incapacitan definitivamente para sentir?

– Las imágenes sirven para reflexionar sobre lo que se está viendo, y esa denuncia tiene que tener un efecto, de hecho lo tiene, no están para divertir ni para entretener. Esto es una cosa fundamental, el ver como hay personas que están siendo maltratadas obliga a una posición moral.

– ¿Pero, la sobreabundancia de imágenes nos incapacita ese sentimiento del que habla?

– Los humanos admitimos un grado de sorpresa que se colma y al final se hastía, ya sean guerras, o enfermedades, o pobreza. Llega un momento que puedes hartarte y no querer saber  más, pero a pesar de eso hay que insistir para que pueda llegar a la gente lo que está pasando.

– Se ha vuelto un lugar común en el debate sobre las imágenes de atrocidades suponer que tienen escaso efecto, y que hay algo intrínsecamente cínico en su difusión ¿Cuál  es el interés sobre la difusión de estas imágenes y las intenciones de quienes las producen?

– El interés primordial es la denuncia: ¡Está pasando esta barbaridad! para que la gente tenga un mínimo de  implicación con los que sufren, y ese es el fundamental sentido que pueden tener.

– La pregunta se hacía para reflexionar acerca de por qué unas imágenes y no otras. Por qué estas guerras y no otras. Hay conflictos con sobreabundancia de imágenes, mientras que otros nos pasan desapercibidos…

– Eso sí es verdad. Hay  guerras que ya duran tanto, como la de Sudán, o las cuatro o cinco guerras que permanecen en el Congo que ya ni se cuentan. Solamente se difunde lo que va saliendo nuevo y habría que comunicar esa intranquilidad y corresponsabilidad a todo el mundo. Por otra parte el conocimiento de las atrocidades facilita la ayuda desde ONG`s en las cuales pueden participar los donantes de las mismas solo si conocen los conflictos.

– ¿Están las víctimas interesadas en la reproducción de sus propios sufrimientos?

– Sí. En el fondo los mismos que sufren nos ayudan a que divulguemos sus problemas. Piensan que es de donde pueden venirles las ayudas. Del  silencio y del desconocimiento no les va a llegar nada.

– Su afición a los globos le lleva a realizar la travesía del Atlántico de este a oeste ‘con los vientos alisios’, los mismos que utilizaron los navegantes españoles para ir a ‘las Indias’, batiendo en el empeño dieciséis records mundiales: el de tiempo de permanencia o el de la mayor distancia recorrida. Cuéntenos alguna anécdota de sus viajes aerostáticos.

– Ese viaje lo hicimos en un globo que compramos de segunda mano a Donald Cameron, un fabricante de Bristol. No lo conocíamos. El llenar el globo de gas helio costó ya 6.000.000 de pesetas en el año 1992, con lo cual tampoco lo podíamos llenar para entrenar. El ensayo tuvimos que hacerlo en el propio viaje. Íbamos con el manual de vuelo que decía en la cinta: tal se engancha en el punto tal y salta un chivato, pero luego no saltaba. La primera noche fue terrible porque nos metimos dentro de una tormenta donde el globo ascendía por encima de las nubes. Las tormentas son como una coliflor, sube el aire y luego baja; sube con la temperatura luego se enfría y por último baja. Íbamos constantemente subiendo hasta 7000 metros a nivel del mar y luego bajábamos de golpe hasta que llegábamos a ver el mar a unos 200 metros. Si hubiéramos dado contra una ola con esa cápsula hubiera sido como si nos hubiéramos estrellado contra una roca. Cuando pasó la tormenta y habíamos aprendido a manejar el globo e íbamos disfrutando, divisamos unas luces fantasmagóricas, que al girar del globo las veíamos delante y al cabo por detrás. Supimos que eran ya las plataformas de petróleo de Trinidad Tobago. Ya casi habíamos llegado lo que nos produjo un sentimiento de decepción, pues era cuando lo estábamos pasando muy bien… Aterrizamos en Maturín, una pampa de Venezuela, junto al pueblecito de la Esperanza. La gente al vernos llegar salió despavorida y abandonaron su poblado de cañas: la madre con los niños en brazos y con las palanganas de comida…luego iban apareciendo uno a uno, mirando, hasta que ya nos rodearon y tomaron confianza y se divirtieron con nosotros.

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