El ruidoso tempestivo (tipos tópicos 5)

Por LUIS GRAU LOBO

Decía el ingenio de Alcalá que sus ‘ejemplares’ habían de proporcionar algún ejemplo provechoso. Con el mismo propósito pero mucha más mermada inspiración prosigue este nuestro periplo por los nombres y los hombres de nefandos vicios menores «donde cada uno pueda llegar a entretenerse, sin daño de barras: digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan», en palabras del autor citado.

Así por muestra, en puesto tan insigne como injustamente relegado encontramos a la persona que desenvuelve el papelito del caramelo en el momento culminante de un concierto clásico. Es un tipo dilecto. En su censura diremos que ha de seleccionar la marca de golosina de envoltorio más estrepitoso para la desenvoltura de ambos (la suya y la del caramelo). En su descargo reconozcamos que es posible que lleve aguantándose la carraspera o la tos un buen rato, incapaz de pensar en otra cosa que no sea esa aspereza abrasadora que trepa por su pescuezo y amenaza con secarlo a fuego lento; y llega un momento en que no puede más. Queremos esperar que así sea, porque si no poca excusa tendría que, justo en el momento en que ese grupo de cámara avanza sobre la parte más lírica y etérea de la pieza, justo cuando la piel está a punto de erizarse al alcanzar la música esa nota por la que la tonalidad lleva suspirando desde que empezó el movimiento más sutil y reposado de la obra, justo cuando el silencio expectante puede paladearse… el crujido de un envoltorio de plástico lo corta en dos. Una crepitación sibilante que dura mucho más allá de lo humanamente soportable se convierte en una nueva pieza atonal que todo el mundo escucha a su pesar, que remplaza de súbito la sensación sublime de todo el patio de butacas por un instinto asesino que casi se huele, despertando las más bajas inclinaciones allí donde un instante antes afloraban las más elevadas. Incólume e inasequible a esa ira si no sorda al menos colectiva, tan parsimoniosa desenvoltura concluye cuando ya nada importa.

A fuer de sinceridad, digamos que nuestro taimado ruidoso tempestivo cuenta en su catálogo con muchas y molestas variantes. Hemos seleccionado aquí una de las más espectaculares al tiempo que minoritarias, irreproducible en otro tipo de conciertos donde tales ruidos serían difíciles de percibir (como inimaginable sería el caramelito de marras), pero hemos de reconocerlo en sus distintos disfraces por elaborados que fueren, ya que dispone de medios de última generación a los que recurrir (ese móvil sonando impávido…) así como de ocasiones propicias en que materializar sus afanes.

¿A qué se dedica el ruidoso tempestivo durante el verano? A arrastrar algún mueble los domingos por la mañana temprano y a protestar del bullicio que propalan las charangas de las fiestas, que no le dejan dormir la siesta en paz.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 29 de julio de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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