Envío 33 (esos carteles, un error, maquinillos…)

Fotografía: Eloísa Otero.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Estábamos frente a la fachada de una casa en cuyo dintel podía leerse la fecha de su construcción, muy extremada: 1914. Cerradas las ventanas y balcones, daba la impresión de un abandono ya antiguo. Un extraño eco, un efecto de reverberación hacía que la fachada reflejase la música y el bullicio de la fiesta nocturna, la verbena plantada en un solar próximo. La superficie se caldeaba y como un frontón devolvía aquel gran sonido confuso, aunque el recinto de la fiesta nos era invisible, quedaba a nuestras espaldas.
Mientras más insistía en la sensación, me fue pareciendo que era del interior de la casa, clausurado, oculto durante años, de donde surtía la música, el ruido de muchos pies, los festejadores, los feriantes, los músicos del templete en su recinto invisible. Como si la fiesta, entonces, se guardase en las habitaciones oscuras, en aquellos interiores se celebrase. Por un momento, la calle, toda la villa se habían vaciado, estaban en silencio, ni un alma en las altas horas de la noche.
La imagen, tan física, audible, me fue llevando suavemente al dominio de lo siniestro; también venía con ella una forma de tristeza mortecina, y el deseo de indagación, de relato.

Un anciano asomado a un balcón en una ciudad en la que sólo estoy de paso. Nos cruzamos una mirada, la única en nuestras vidas.

Esos carteles que al pasar por un pueblo se alcanzan a ver desde la carretera y ponen dulzura en el viaje: HAY MIEL.

En la terraza de una cafetería están sentados una madre y su niño. El chaval hace los gestos de un ilusionista, pone una infinita seriedad en unos juegos malabares que suceden en lo invisible. El autismo, así visto, parece sólo un juego privado, inalcanzable (pero son muy explícitas las reacciones de la madre, su modo de mirarlo, de dirigirse a él: como si toda su relación no fuese más que mojar el pie en la orilla de un mar silencioso, nunca podrá cruzarlo). Recordé aquellas palabras de Oscar Wilde referidas al vigilante Martin en la cárcel de Reading: “…haciendo con las manos los movimientos más fantásticos, como si tocase en el aire un invisible instrumento de cuerda, o como si amontonase o contase fichas en algún juego extraño”.
El niño ilusionista, ¿qué cosas tiene en su mundo, qué ley de gravedad?

Un error al leer el nombre de una calle. Era Calle del Medio y yo, de golpe leí Calle del Miedo. Y me estremecí por un momento, no hubiera sido capaz de recorrer la callecita corta y tan conocida.
Qué poder, todavía, el de algunas palabras, todas las palabras.

Da las horas el reloj de la torre. A cada campanada le sigue el ladrido de un perro cercano. Conclusión lógica, no es metáfora: las horas ladran.

En el bus, un hombre pregunta al conductor: ¿Para dónde va esto? Y la anamnesis salta como un resorte, me parece estar oyendo la pregunta de Andrés en la ronda del porro compartido: ¿Para dónde va esto?

Al pasar distraído ante un escaparate, la célula que no veo se activa y –prodigio– el escaparate, luna, vidriera en bonaerense, se elimina como dando entrada a un sueño, un susto. Pero el prodigio es pobre. Tras el escaparate, una maqueta iluminada de ¿qué?, de un paso de la Semana Santa. Reduplicación de lo consabido, merde.

Maquinillos para dar la vara. Pasa un coche, sale por las ventanillas la música que yo no tengo por música, qué pena no poderme alegrar, para eso están la música y el verano, qué pena que yo no tenga ya mi canción del verano.

(Segunda toma)

“De veras,
se saca música de cualquier cosa
por estas calles”.

José Manuel Arango, CANCIÓN

Unos chavales en el bus, revisando papeles del Instituto; y uno dice. “Yo a todo puse sí”.

 

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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