“Lo que nos da Roberto Díez” / “Geometrías fatales”

Una obra reciente de Roberto Díez.

Con motivo de las dos exposiciones del artista Roberto Díez (León, 1955) que se pueden contemplar en la capital leonesa hasta finales de enero de 2019, una en el Auditorio de León (que repasa su obra escultórica realizada en los últimos ocho años) y otra en la galería Espacio_E (donde muestra su producción más reciente), reproducimos dos textos: uno del poeta y músico Ildefonso Rodríguez, amigo del artista, y otro del propio Roberto Díez, quien no exponía en León desde la década de los 90. 

Lo que nos da Roberto Díez

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Son del aire sus cosas, se sostienen, nos dan una rara alegría sin pensamientos.

¿Son cometas? Van hacia un cielo blanco. ¿O es una mano que abre y cierra un metro de carpintero? Van por su cielo y no tienen nombre.

Así hicieron siempre los amigos del aire: tijeras con rigor manejaron, con limas pulieron el emblema DADÁ; y los amigos de la pobreza, los pobres que eran espléndidos (“Hace sesenta años, la poesía era el arte del hombre pobre”, escribió Ezra Pound); en la búsqueda, por esas calles, tomado de una nostalgia, anduvo el artista, y lo que iba encontrando (fueron sillas, marcos de ventana, utilidad casera): la recogida de lo pequeño, restitución, las astillas cuidadosas, el barniz pulido, el cabás de una niña, las anilinas sensibles.

¿Cómo se encuadra lo vacío? Con cola, espigas dulces, ensamblajes; pero en el aire blanco se trama el mirar: allí se abre un giro casi inmóvil, un cuadrado que funda.

La madera se hace. Es noble la cuña. Así fue: levantar casitas con las astillas de la lumbre, hacer nudos en la memoria. Ensimismado, lograr que lo hallado encuentre su bastidor, horas y horas mirando a un punto del vacío, no hay nombre para eso. O llamarlo ortogonalidad. Anduve por esas calles, encontré lo que perdisteis, reuní, adelgacé, pulí el hueso de vuestras cosas: salieron pliegues del aire, marcas que no podría tocar una mano sin deshacerlas.

Hasta que se ordene aquello: es entonces el propio mirar (a ese punto móvil) quien anima las líneas de la materia, los papeles plisados, que aún son legibles.

El carpintero de los huecos. Nace otro orden y es un raro mundo orgánico, limpio de aristas, cosas que arden sin llama: energía de aquel mirar sin pereza al vacío.

Orden y desorden en el bastidor: armazones de la memoria común, ataduras sin cordeles: pulir, lijar una palabra; parecen palabras sus cosas, por eso no tienen nombre, van por un cielo que es de todos: tienen norma, giros ortogonales, una justa economía: que medios y fines se equilibren.

Son palabras políticas: contra lo inestable amplificado, contra la barbarie que tritura: alzar con la punta de los dedos esas formas reunidas, pensadas, deseadas, como vistas en el espejo de las uñas: origamis de un japonés sin aparente intención, abstractos (un regalo a distancia, dedos que pliegan algo casi invisible).

Pero marcas y pliegues se sostienen entre sí. ¿Qué nos vienen a señalar? Como desnudas, sin propósito, nos dicen: restar es una obligación día a día más urgente, de vacío a vacío una línea, una tablilla, esa mano que abre y cierra, abstraída, un metro de carpintero.

La mano grande, cuidadosa, pliega cuadrados, el ilusionista es un pensador: evoca y produce un rombo.

Hay justicia en los palitos, hermosura en los barnices pulidos, norma en los papeles entintados. (Y hay la evocación de una matriz originaria: fueron regalos la caja de construcciones, las maderas consoladoras, el hechizo de las anilinas; también, el agua, canalillos en el barro, un palafito de la imaginación pequeña: allí creció la habilidad con los tapines, los agujeros, las cortezas echadas al regato: eran mano y oído infantiles para alzar el mundo de lo pequeño).

Aquel ensimismado eleva ahora sus cometas al cielo blanco: efectos de una abstracción que es vida.

Van por el aire sus cosas, nos dan alegría, nos sosiegan.

Estructura. Una pieza de Roberto Díez.

Geometrías fatales

Por ROBERTO DÍEZ

“…el arte ha sido arrojado a un mundo sin modelos…
Zygmunt Bauman, Mundo Consumo, 2010

“La sociedad de ficción se presenta como una colosal acumulación de valores sin valor. Y casi nada escapa a su movimiento de devaluación de lo real. Valores individuales y colectivos, valores morales y valores sociales, valores artísticos y valores económicos, valores fiduciarios y valores financieros son falsificados y, al cabo, desvalorizados”.
Jacques Baynac, Le débat, 2009

La permanente búsqueda de sentido que preside nuestras vidas se convierte hoy en paroxismo cuándo nos aproximamos al arte. Vivimos momentos de colapso de la representación, de lo representativo y de lo representado: un colapso inadvertido como sucede con nuestra propia realidad (que funciona a la manera del miembro fantasma). El concepto tradicional de arte da claras muestras de agotamiento. El arte se confiesa territorio afín a los contagios, especialmente con el método científico, con la tecnología y con la moda. Habitamos en el vientre de una larga crisis que se revela en este contemporáneo proceso de desposesión que soportamos, en el imparable eclipse de todo lo que nos trajo hasta aquí. Y venimos así a encontrar el sentido en la inminencia del deterioro, en los restos desechados, en los accidentes que evidencian la índole de nuestras existencias, en las ruinas y en los fragmentos donde el arte finaliza y comienza una vez más.

En tiempos como los que corren el ensamblaje resulta una consistente estrategia –de supervivencia y creación– que permite relacionar registros heterogéneos, en principio ajenos entre sí; se trata de un recurso que facilita la articulación y la reinvención de nuestra experiencia de la realidad bajo las condiciones que impone un mundo fantasmático y desanimado. Es la estrategia del bricoleur, de la que habla Lèvy-Strauss en “El pensamiento salvaje”: se trata de la invención de un objeto por un aficionado que es, en sí, una búsqueda e imposición de un sentido a un objeto. El bricoleur no parte de estructuras (hipótesis o teorías) para producir acontecimientos, como hacen los científicos, sino que parte de acontecimientos (fragmentos de la realidad) para producir estructuras: trabaja con lo que tiene a mano. Se instala en una lógica de lo concreto que facilita la exploración y observación de la casualidad y la captación de lo efímero, lo inestable o lo accidental además de la reflexión sobre el fracaso de manera tal que ofrezca la oportunidad de reordenar y generar nuevos significados, devolviéndonos así la posibilidad de la experiencia artística en un tiempo señalado por la fractura interior del hombre y la de éste con el mundo.

Obra de Roberto Díez.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

Un Comentario

  1. Chinca C. Salas R

    Al amigo Roberto le encanta lo sobrenatural, los enigmas no definidos, eso es bueno en la pintura, todo lo desconocido por descubrir, lo abstracto, natural, realismo o ficción, líneas definidas en el arte, el cual nos llama a crear e imaginar qué hay en el cuadro pintado, eso es arte e imaginación.

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: