El comisario V

Por LUIS GRAU LOBO

La política y la actualidad españolas han dado a luz en años recientes una nómina de personajes maravillosamente esperpénticos, dignos de don Ramón María y de algún ‘reality’ con ínfulas. El Trillo conquistador de Perejil que mandaba huevos con aquel ventarrón de levante; el pequeño Nicolás colándose en cualquier sarao como un Wally de traje; la fuga de Roldán con estrambótico final en Laos; los finiquitos simulados y diferidos de Cospedal; el mefistofelismo de los pies en cualquier mesa de Aznar; el Juan Carlos Monedero de casi siempre; el alcalde de Vigo o el de Valladolid o la de Cubillas de Rueda o el de León… tantos etcéteras.

Pero el tope de gama se me antoja el comisario Villarejo, híbrido de Hernández y Fernández, de Clouseau, del Mini-yo del Dr. Maligno…, se pasea por los noticiarios aferrado a su carpeta como un ‘teenager vintage’ que besara las pegatinas de sus ídolos, con esos andares apurados y cómicos de sabueso atareado que evita la frivolidad de los focos (aunque lo hayamos visto en el programa de Évole) sus gafas pegadas a la visera de su gorrita plana, apogeo y metonimia de su personalidad, entre la gorra cervadora de Sherlock Holmes, yelmo mambrinesco y tocado a la paisana. Confieso que es verle, encogido, alterado, disimulado, un Superagente 86 atacado de los nervios, y se me acelera el pulso, mamaciccio de las pesquisas nuestras de cada día. Sus revelaciones ya las quisiera Biscúter cuchara sopera en ristre. A veces revela asuntos de enjundia, como las falsas serpientes venenosas que un exministro apacentaba en casa a lo capitán Haddock; cada día una sorpresa, cada día una ilusión, un huevo Kinder que entretiene y divierte a la vez.

Pero se corta la risa cuando empezamos a saber que trabajaba para gente supuestamente fiable que quizás no lo era pese a que lo aparentaba. Gente que lleva corbata siempre y aparece ante las cámaras con rictus serio y un punto desdeñoso después de cobrar un retiro de rey Midas o una comisión de ‘Alí Bbva’. Francisco González, por ejemplo, sempiterno presidente de banco morrocotudo, iba a ser y quizás ya no sea ni presidente ni de honor, pues fue lo primero muchos años y ahora resulta que lo segundo le estorbaba. Para mandar en algunos sitios hay que prescindir de ciertos lastres.

Todos han desaparecido, espero que de momento, de los titulares de la actualidad (ay, mi comisario…), arrastrados por temas más perentorios. Pero confío que vuelvan para explicar ciertas cosillas. Porque igual lo que sucede es que no entendemos nada. Tanto considerar que esos personajes (comisarios, banqueros, políticos…) se dedicaban a asuntos de gravedad y encarnaban las personas cualificadas del país, y resulta que jugaban a policías y ladrones, a secretitos de espías, ahí va esa difamación y aquí vuelve ese contrato. Eso sí, con el dinero de los demás. Todo sea dicho presuntamente, claro. Y con viento fuerte de levante.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 27 de enero de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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