El relevo

Por LUIS GRAU LOBO

Hace años que me apetecía viajar en esa línea de tren, pero no había encontrado ocasión. Sin embargo entonces, seguro de estar soñando, lo tomé al fin, pues se sabe que el tiempo en los sueños transcurre de forma mucho más generosa y maleable. Tras un trayecto más prolongado de lo que percibí, me apeé en el primer lugar cuyo nombre no me sonaba de nada. Ese es el tipo de libertades que conceden los sueños. Me encontraba en un andén desnudo y solitario detrás del cual no había más que campos cultivados y senderos. Ni un alma. Anduve por un camino de tierra entre dos campos de maíz crecido, de esos que en las películas presagian apariciones siniestras o peligros inminentes debido a su altura, que impide ver cualquier cosa que se acerque. Las plantas me encajonaban en una especie de pasadizo descubierto, pero el sol lucía y corría una brisa liviana que me animaron a continuar. No temía nada pues estaba seguro de poder despertar en caso de necesitarlo. Al fin y al cabo, ¿quién no ha salido de un sueño de manera repentina cuando la angustia o el miedo se han vuelto insoportables?

De pronto, a la salida de una curva, me vi ante un pequeño edificio rectangular de una sola planta rodeada de una cristalera, con un letrero apagado y algo desencajado anunciando un local público. Se trataba de uno de esos cafés de estilo vagamente americano, como los pintados por Hopper, aunque situado en medio de la nada. Aun así, distinguía en su interior no pocos parroquianos. Decidí entrar y concederme un respiro, aunque estuviera soñando y en absoluto cansado. Al entrar me sorprendió que la totalidad de los clientes vistieran un mono anaranjado con un número bien visible en el pecho. Presos de un penal, supuse, lo que quizás explicaba el aislamiento del edificio.

Un camarero huraño me atendió y me dirigí a la única mesa libre, frente a uno de los presidiarios que, solitario, parecía dormitar por la forma en que apoyaba su cabeza sobre los brazos cruzados sobre la mesa. En cuanto me senté, él se irguió. Aquel tipo era mi vivo retrato, envejecido tal vez una década o más. No cabía duda, se parecía tanto a mí como un hermano mayor. Un gesto de reconocimiento cruzó su rostro e incluso creí verle disimular una leve sonrisa de complacencia. Cuando me rehíce del asombro y quise encararlo para buscar una explicación, una mano en el hombro me retuvo con firmeza. De inmediato fui conminado a marchar con el grupo que se ordenaba en una fila. Miré perplejo la columna que se formaba y después a mí mismo: iba vestido con aquel mono naranja y mi número del pecho estaba recién bordado. El tipo de la mesa de enfrente no se inmutó. Sin reaccionar, salí del local dentro de la formación. En cuanto sentí el metal de las esposas alrededor de mis muñecas miré hacia el interior, pero la mesa de mi ‘hermano‘ estaba vacía. Tampoco se encontraba entre nosotros. Loco de pánico, intenté despertarme con todas mis fuerzas. Fue imposible.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 26 de mayo de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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