“Amontonar escombros” / A propósito de “Twine’s Thief” (“El ladrón de bramante”), de César de las Heras

Twine’s Thief (El ladrón de Bramante)
CÉSAR DE LAS HERAS
(Madrid, Ojos del Sol Editorial, 2019)

AMONTONAR ESCOMBROS, A PROPÓSITO DE
TWINE’S THIEF (EL LADRÓN DE BRAMANTE),
DE CÉSAR DE LAS HERAS

Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

Hay un hilo tejedor de universos que conocemos como “de bramante”. Está en la imagen de un tiempo donde se hacían paquetes que se mandaban por correo al mundo, eran regalos y eran libros necesarios, eran recordatorios de la existencia compartida, documentos que unían el pasado y el porvenir, símbolos de entraña metafísica que convertían la monotonía sin esperanza en un instante único y, acaso, misterioso como solo lo bello reclama. Un hilo fuerte, capaz de soportar la intemperie de las distancias, de trazar caminos para que se encuentren la necesidad y el deseo, la vida y el sueño de la vida. Cuando llegaban aquellos paquetes atados con hilo de bramante, como cuando se enviaban, la inquietud o la prisa mandaban sobre las manos. Riesgo de sangre, de dolor: requería tijeras, cuchillo o insistencia vehemente para usar de sus servicios. Como el martillo de Nietzsche, filosofar es fuerza creadora de la forma –de la vida– que llega despojando el presente, arrastrando el pasado, dirigiéndose hacia el horizonte. Tres transformaciones del espíritu, de uno a otro lado del tiempo, del debo al quiero, del quiero al puedo:

He llegado hasta aquí, lejos de las costumbres, para ofrecer la espalda y alejarme.

Supongamos que todas las entregas de una biografía, las que llegaron a su destino y las que se perdieron en las orillas de la derrota o la despedida, y las que el alma fue abandonando en las fronteras de los años, estuvieran enterradas en el cauce de un río. Ese río tiene nombre o no lo tiene, hemos sumergido la tristeza y la alegría en sus aguas o no lo hemos hecho, sequedad del río colmado de líquidas metáforas, aguas primeras derramadas en el interior de las palabras no dichas, aguardando la ocasión para nacer. ¿Es la violencia del principio del tiempo, el miedo abismático incrustado en la precariedad grandiosa de nuestra naturaleza tan mortal como eterna? Sin decidirlo, acaso, ese río tiene la encomienda de nuestra sed, es el demiurgo de nuestros pasos, o el faro mínimo, del tamaño de una luciérnaga cegadora. Hay una corriente, un destino inabarcable, una memoria:

Escojo el camino lateral y encuentro las grietas del pasado, / Un olor cercano a lo que quise, / Los recesos para comer entre las cicatrices de los nudos.

Los nudos, sí, lo que va uniendo cada fragmento de hilo de bramante, cada pedazo del lugar y la intención. Las ciudades son excusas, son excusas las obras creadas, son excusas irrelevantes los datos que se señalan en los calendarios de la edad; importa que nos están hablando, que nos están escribiendo, que nos cobijaron alguna vez, que nos expulsaron alguna vez, que nos impidieron el paso señalándonos, en la prohibición, cuál era la tarea. Una búsqueda errante, un naufragio y un reconocimiento en el espejo destruido de los encuentros que no llegaron a serlo. Como en Severo Sarduy la poesía-cuerpo de César de las Heras está escrita con letras-cicatrices:

[…] he sorbido a diario el delirio dando mis cicatrices a mis obras.

Como en Severo Sarduy, de nuevo, las palabras desbordan su naturaleza y se despiertan transformadas en cuerpo-corporeidad-tejido-trama-texto, se ceden a la obra en un ejercicio de pensamiento sin pensamientos, de vacío estremecedoramente pleno… India…

Unidas, creadas, atadas también, por ese bramante que robó el ladrón-poeta. Todo poeta es un fingidor, es máxima sabida. Acaso porque la poesía es rapto, robo, apropiación. La consigna que olvidaremos, la que permitirá que nos perdamos, la que no hallará, jamás, la salida. La que esconde sin esconderse. Ahora las palabras están escritas en el telar donde tejería Penélope para salvarse, donde han tejido y tejen las mujeres de la Tierra para contar lo que no puede contarse, “abriendo las puertas sin prisa”. Las palabras están suspendidas en la atmósfera inabarcable de la memoria, de las memorias, de la multiplicidad unitaria a la que, con tanta imprecisión como vértigo, llamamos “yo”.

Vuelvo a escribir: India. He de hacerlo.

Ahora el hilo de bramante se desovilla para anudar cicatrices-palabra, cicatrices-mapa de lo sido, de lo estado, de lo que alimentó en el rito del continuar, de los detalles de valiosa insignificancia cósmica, del matiz universalista. La velocidad de las cosas estriba en su destrucción antes de que las manos las toquen, la mirada poética llevándoselo todo con la extrema y peligrosa hermosura del monzón purificador. Cicatrices en la territorialidad que habitamos, frágiles y elementales, dibujando tramas que vienen a testificar lo que de actual creemos, pero no existe. De verdad: no existe. Queda –escribía Valente– la vibración. Existió, acaso. Pero no existe más que en el recuerdo, ¿más que en el recuerdo? César de las Heras me escribe la palabra “yacimiento” (estanterías, yacimiento, no sé…):

Soleado, salvaje, descendente, he llegado hasta aquí, / Cerca del sol, para pasar de líquido a gaseoso / Y así mostrar por separado / Pena.

Las manos creadoras atan hilos de bramante en la puerta de cada laberinto, lo hacen siempre, con la voz de Ariadna como fundamento –ella, la traicionada convertida en constelación, esposada en el cosmos con Dionisos, el dios que mira de frente, el sacerdote de ese rito al que llamamos Teatro. Esa es la ceremonia, el poeta-oficiante la culmina ofreciendo pecios y escombros sacralizados en el templo pagano del verso que no salva de lo humano sobre las cosas del mundo, que hace humanas las cosas del mundo. La poesía deshumilla las cosas, sublima lo prescindible y lo expone en la línea que cimienta y sostiene el mundo. Las cosas:

Amontonas escombros / Porque sin ellos no tendrías nada que decir.

Este viaje se inicia justo en el centro, donde reposa, solitario y temeroso, doliente y suplicante el minotauro que tiene nuestro rostro. El de la cuerda floja, el que anuda –marinería– la vida para que sus pedazos no se pierdan. Reconocimiento, es decir, anagnórisis.

Eso dice el canto.

Y que las palabras respiran vistiéndose de nombres y de sabores, de tesituras y de color significante, pues el poema es siempre la primera vez, de modo que el poeta “ha llegado hasta aquí para destruir todo lo aprendido”. Ha de ser así.

También la lectora lee como por primera vez, cada libro de versos es el primero, el que abre una ventana por la que entra la oscuridad sin pudor invadiendo la seguridad de la luz.

Sin certezas que acompañen, César de las Heras ha cosido, con hilo de bramante robado, fragmentos de un tiempo, de una individualidad, de una generación. Y en esa soledad que, decía María Zambrano, solo la escritura conserva, donde se escribe lo que no puede decirse, ha trenzado redes que son sombras de mundos para acoger el florecimiento de una hoja de un otoño lejano:

No somos iguales, / El misterio de la identidad reposa en los pañales. / No estaremos eternamente en forma, / Las plantas nos cubrirán al sexto día.

El séptimo, es bien sabido, descansará.

Urdidor de laboriosos regresos a una Ítaca inexistente, estos versos se ven y se tocan; de la misma manera que sus esculturas se leen. He tenido el privilegio de hacerlo en una exposición en Segovia. Nos gustó oír al poeta “leer los versos en sus esculturas”, y atravesar el silencio de la materia que se hace palabra. Me acompañaban una bailarina y un bailarín, un pintor y una escultora de “escombros”, poeta también. Lo señalo porque no se trata de una anécdota. La obra de César de las Heras contiene un movimiento dancístico, un coro que desvela la coreografía de la experiencia; su rastro se prolonga en oníricas palabra-materia/materia-palabra. Y estuvimos allí, sin saber que se requerían tales presencias para atravesar el momento.

Twine’s Thief es un proyecto inacabado, un ensayo, un vuelo de pájaro migratorio que no se detiene, dividido en dos estratos cuantificables para la razón (sola). El propio libro ya llega acompañado de una “Nota del autor”:

Concibo mi obra como una evolución desde mi subconsciencia a mi conciencia. Difícilmente doy algo por definitivo, el aprendizaje diario me niega el acomodo […]

 Dos partes, que son dos estados: Origen y Término. De este último, dice el autor:

Término es una gran tolva en la que he depositado mi identidad y a partir de ahí, comienzo el ejercicio de destilado, para ello en sucesivas ediciones del libro se irán introduciendo los avances o quizás los errores a los que me lleven la lógica, las normas, la obligación y la conciencia.

Este libro ha nacido en India, ¿lo sabías? Pertenece al cauce de la madre Ganga, ¿lo sabías?

Maybe, yesterday our life was filled with rain, and a smile is a present and really eased the pain.

De modo que si llamasen a tu puerta y te trajeran un paquete atado con hilo de bramante puede que, en el interior, esté ese corazón que creías haber perdido. De eso se trata:

El viento limpia los primeros detalles, /Dicta la dirección de los discursos. / Los muros impiden avanzar, / Las creencias se sirven.

De eso se trata. De rozar el sol.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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