Profanación constante

Por LUIS GRAU LOBO

Tiene razón la nieta de Franco, de nombre Merry según parece. Y Hermann Tertsch, energúmeno de guardia del parlamento europeo. Y todos cuantos han gritado indignados ante el acontecimiento de la semana la misma palabra ¡profanación! Porque, en efecto, de eso se trata, de una profanación. Solo que no se hizo este jueves, sino que se lleva perpetrando desde hace cuarenta y cuatro años. O más.

Acudamos a la cita de autoridad. Según el diccionario de la Real Academia, profanar consiste en «Deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables» (segunda acepción). Y así ha sido durante estas décadas y sigue siendo con los cadáveres de tantos como fueron enterrados en la basílica de Cuelgamuros (absurdo nombre para camuflar el siniestro ‘cuelga moros’ original), profanando algo tan respetable como es el derecho de los difuntos a ser tratados con decoro y el de sus familiares a decidir el destino de sus cuerpos y a honrarlos. La profanación no ha sido un acontecimiento puntual –no tiene por qué serlo– sino un hecho mantenido en el tiempo. Que debe repararse.

Pero hay más, en la primera acepción ese mismo diccionario define: «Tratar algo sagrado sin el debido respeto, o aplicarlo a usos profanos». Y así ha sido con la descomunal cruz del Valle y los restantes símbolos religiosos, convertidos en emblemas e iconografía al servicio de un tirano y sus odiosas prácticas, tan contrarias a las creencias de los cristianos, que basan sus virtudes en la práctica de la caridad y el amor al prójimo como virtudes primordiales ¿Ampara de alguna manera esa fe la política represora, asesina y despótica del dictador enterrado allí o se trata de una afrenta a los principios del cristianismo y por tanto a su símbolo el que se asocie a un personaje de tal calaña? Sabemos que en su día la jerarquía católica se prestó a esa servidumbre, pero ¿hoy? Sabemos que el dictador se apropió de esos distintivos, pero ¿fue legítimo? ¿Lo sigue siendo? Estamos hablando, en efecto, de una profanación: la aplicación a usos profanos de algo sagrado, su uso sin el debido respeto. Franco profanó el Valle desde el mismo momento de su construcción, profanó y ultrajó sus símbolos religiosos y la cruz de Cristo como principal de ellos. Si no lo hizo, es que el cristianismo ha cambiado mucho respecto a las enseñanzas del que tienen por el hijo de Dios.

Las palabras, al fin, ponen cada cosa en su lugar. Profanación.

Respecto a los que afirman que no era el momento, ¿cuándo lo ha sido en estas cuatro décadas? Y para quienes ponen pegas, ¿están de acuerdo en que había que hacerlo sí o no? Está hecho. Una cosa menos. Ahora hablemos de los millones de pobres, de las pensiones, de la justicia, de la corrupción, de todos esos temas tan importantes. Sin esa losa.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 27 de octubre de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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