Fraternité, égalité, liberté

Por LUIS GRAU LOBO

Nacionalismo y republicanismo parecen pareja de hecho pero, aparte de una forma de gobierno, el segundo, es una forma de entender la política. Una conjetura breve sobre sus contradicciones a partir del lema republicano por antonomasia podría ser esta.

La ‘fraternité’ quizás sea su primera víctima: el nacionalista se siente menospreciado, defiende que su tierra y sus paisanos sufren ofensa, de raíz habitualmente económica en las sociedades democráticas. En ese sentido responde a dos tipos básicos: ricos o pobres. Ambos quieren segregarse porque consideran que les quitan lo que es suyo o debería serlo. Ambos tienen la convicción de que les iría mejor ‘solos’, con una administración más cercana y propia. Así visto, se trata de un problema real de administración de la riqueza que se traviste como una cuestión territorial. Los nacionalismos, de pequeño o gran formato, prosperan en el agravio comparativo y retornan a él como un sinfín.

‘Égalité’. El nacionalismo tiende a la desigualdad: en el mejor de los casos los propios son distintos; en el peor, superiores. No insta tanto a corregir las desigualdades sociales como a promover las culturales. Y a menudo acaba por caricaturizarlas. Saquea la historia para construir leyendas pseudomíticas donde proliferan excesos y esperpentos. Atribuyen grandes virtudes a un pasado idealizado que nunca existió y del que escogen aquellas épocas que interesan, rehuyendo otras que malpararían sus pretensiones. Como ejemplo valga la caterva de monarcas medievales, frecuentes tipejos sin escrúpulos ni mérito lisonjeados y acartonados cual naipes o fundidos en pisapapeles de bronce a gran tamaño. Esas edades doradas complacen como los cuentos infantiles y reviven clichés rancios: la Reconquista, por ejemplo. Otros rasgos culturales populares tocan también a rebato, pero si a estas alturas no se trata de tradiciones convertidas en folclores coloristas y turísticos, son fósiles colectados por minorías bienintencionadas.

Por fin, ‘liberté’. En última instancia el nacionalismo embaraza la libertad, sometiendo al individuo a un estereotipo, el ‘buen paisano’, que responde al modelo de compatriota que promueve. Exige, además, declararse a favor o en contra. Se destierran la media distancia y los grises.

Exhibidos agravio, diferencias y patrón, no cabe sino convertirlos en régimen político, sancionándolos en una institucionalización que, por definición, no atenderá futuras reclamaciones de este tipo, pues las instituciones ignoran las singularidades, reproduciendo el ciclo ‘ad infinitum’. ¿Se soluciona así el ultraje? ¿Son distintas personas –votantes y votados– quienes harán que las cosas sean diferentes? ¿Tienen menos derechos ahora y tendrán más después? ¿Los ricos serán más o menos ricos? ¿Y los pobres? ¿Cambiará algo? ¿Qué? Poco importa que el nacionalismo sea independentista, regionalista o cantonalista, si se saltan las reglas o no, si es un asunto legal o político. Pongamos que hablo de…

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 19 de enero de 2020,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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