Desde mi celda (8)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” llega a su octava entrega, de carácter epistolar, en la sección que ha titulado “Desde mi celda”, y que se extenderá durante los días que duren las medidas de contención del coronavirus —que recomiendan y obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio, y que han desembocado en la declaración del “estado de alarma, con el fin de afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19, en todo el territorio español”—.

Por AVELINO FIERRO

Viernes, 20, 7:05: Querido Amado, me he despertado con una sonrisa en los labios, pensando en ti. Pero quizá convenga, antes de seguir, aclarar este embrollo tautológico con mayúsculas. Explicar a los lectores quién soy yo y quién eres tú. Que el vocablo “Amado” por el que yo te suelo invocar en nuestras cartas y correos es tu segundo apellido. Que nuestra opción sexual es la más tradicional, heterosexual sin cuestionamiento alguno. Aclaro también que no me he despertado con las transaminasas líricas exacerbadas; que no pretendo comunicarte una experiencia mística, que aunque te aprecio, no adolezco, peno y muero. Simplemente quería contarte un sueño.

Un sueño que creo que todos tenemos de forma más o menos recurrente. Me volvían a examinar de mis saberes, en esta ocasión, de filosofía. Allá en el edificio del Albéitar, antigua Facultad de Veterinaria y donde también estuvo la Academia de San Raimundo de Peñafort tenía lugar el examen. Esas aulas no las conocí, pues mis estudios de Derecho comenzaron en el primer año del Colegio Universitario, en la trasera de la basílica de San Isidoro.

Para los más mayores, me dijeron, no había libro de texto ni apuntes. El examen era a última hora de la tarde. El profesor, de físico parecido al actual decano de Filosofía, se había retirado a una sala de reuniones y hasta allí llegué azorado para ver que él, unos cuantos alumnos talluditos y algunos profesores charlaban y tomaban bebidas refrescantes. Me presenté, le dije que no conocía la normativa –por no decir que me parecía una chifladura amparada en la libertad de cátedra– y le supliqué que me diera alguna orientación para unas horas después, en que tendría lugar la prueba. Todos callaron. Nadie dijo nada. Todos me dieron la espalda. Al rato volvió el murmullo, las risas y las conversaciones. “Lo siento”, dije mientras me retiraba. Oí, al alejarme, que el profesor decía: “Qué va a sentir, este no siente nada”.

Te llamé por teléfono desde el chiscón del bedel, que solía pasar las tardes tomando vinos en el Nápoles, y me dijiste una sola palabra: “Platón”. A la carrera llegué a casa y empecé a hojear los tomitos con las obras del Divino en la edición de Alianza. No tenía tiempo, no sabía cuál elegir, algunos estaban subrayados a lápiz. Pensé arrancar esas hojas –hasta pensé en llevarlas como chuletas– y leerlas de manera apresurada. Al final eché mano de una Historia de la filosofía. Desde la antigüedad a nuestros días, que había engordado mucho estos años (mi manía de hacer acopio, de meter en los libros artículos o recortes de periódico de todo lo relacionado con esa gente que tiene la funesta manía de pensar: Habermas, Chomsky, “Más Séneca y menos ansiolíticos”, una foto preciosa de Marcuse en un acto en la Universidad Libre de Berlín en 1967…). Consulté el índice, la filosofía griega ocupaba no más de treinta páginas.

Volví al examen, nadie pareció fijarse en mí. Todo iba bien, estaba escribiendo, estaba respondiendo a todas las preguntas. Anteayer, estando bien despierto, leí una cita que me gustó en un libro de ensayos literarios de Claudio Guillén: “Decía Whitehead que la historia de la filosofía es una nota a pie de página, una footnote, puesta al pensamiento de Platón”. Habías estado muy acertado. Me desperté.

Así que, desde el mundo de los sueños, muchas gracias. Había pensado escribirte también por cuestiones más teóricas –¿o prácticas?–. Me acordé de ti al leer que algunas medidas policiales acordadas por el gobierno de Corea del Sur para controlar a la ciudadanía en esta alarma sanitaria, podían afectar a la intimidad o a otras libertades básicas. Pero sé cómo piensas y decidí ahorrarte la cháchara. Recordé también aquella práctica que hice con los chavales debatiendo sobre la alimentación forzosa a los Grapos en sus huelgas de hambre…

Nada más por hoy. Sigue encerrado y con salud. Besa de mi parte a tus chicas y para ti un fuerte abrazo.

A.

3 Comments

  1. Envejecemos mal, Avelino. Yo también te quiero, no te lo tomes por la brava. Han pasado treinta y tantos años desde que llegué a León y eras tú profesor asociado de Filosofía del Derecho y te anticipabas a la universidad boloñesa hablándoles a los estudiantes de esas cosas y de aquella manera. Aquellos estudiantes ya son hoy cincuentones y cabe que alguno siga sin peinarse y vote todavía como si las urnas fueran para menores. Pero mírate a ti mismo, amigo querido, que citas a Marcuse como si el sesenta y ocho no hubiera sido reemplazado por un cinco y una rima. Marcuse, cielo santo. Me vienen calores solo de pensar que en mi juventud de rústicas inquietudes leía con tanto placer como incomprensión un libro suyo que se titulaba “El hombre unidimensional” y que debía de ser algo así como una versión de Hegel para estudiantes de Fisioterapia. Imagínate que hoy sacas tú de tu biblioteca un ejemplar subrayado y se lo enseñas a cualquiera de esos votantes de Podemos a los que ves en la barra todos los santos atardeceres y que el interfecto piensa que es un eslogan de la señora de Iglesias, humedecida de dogmas y líder provisional de la Sección Femenina de su macho de larga cola y halitosis ideológica.
    Hoy mismo las moscas negras de tus ilustraciones, o las arañas, nos cuentan desde sus redes que los hospitales revientan y que los médicos tienen que darse al triaje, que no es una faena propia de los campos del Páramo, sino una selección antinatural para decidir a quién se trata y quién va a morir sencillamente, esperemos que sedado. Medita si no sería de justicia, platónica o aristotélica, da igual, que el criterio fuera preguntar quién recuerda un escrito de Marcuse y que a la mierda se dejara ir por vía rápida a tanto pijoprogre coletero que confesara que no piensa leer nada mientras no salga la primera cuartilla de las obras completas de Carmen Calvo o mientras Ortega Smith no dirija una marcha militar con su propio pene a modo de batuta sostenible. Ellos y ellas siempre se han tocado, mi querido Avelino, son la dialéctica síntesis de una fauna nacional que se alimenta de lo que da la encina y que se depila las neuronas para que sus regüeldos tengan fonética de “college”. Te imagino a ti rodeado de esos podemitas con los que alternas y que son votantes de alterne, tú forzando quién sabe qué analogías entre el capítulo dos de un Marcuse de viejo y alguna estrofa cojitranca de Saint-John Perse y ellos preguntándote qué ginebra con pepino irá bien para brindar por los parias y las parias de la tierra y ponme la mano aquí, Macorina.
    Cuánto me gustaría recomendarte, a estas alturas, una alternativa a Platón o un Marcuse de fina estampa, pero nada se me ocurre, porque yo mismo he dejado de leer a los contemporáneos o a los que debieron morirse antes de ser tan antiguos, como el mismísimo Chomsky, que desbarra como los de tu barra y que si fuera de León pasaría por un bardo más de los del Cuervo, legión perdida donde la séptima se encontró. Si Chomsky hubiera sido de León habría trabajado en Caja España y con lo menos refinado de las élites locales habría compartido abrazos y patatas con congrio en el Luisón y quién sabe si algún cuerpo latino en la Copona, pero votaría como Dios manda cada tanto porque a estos de la plusvalía ya les vale, mi amol. Que digo que cómo me encantaría sorprenderte con un consejo bibliográfico ajeno a la caverna, pero no tengo con qué, pues la filosofía contemporánea es papel para envolver empanadas, pretexto para ágrafos, pienso para irenes y porque no existo. Imagínate que te sugiero una lectura de la Butler, castradora de Holofernes, y que llegas a casa replanteándote opciones impensadas y que sumes a Mar en el desconcierto y se te hace ella dodecafónica; o que te pongo a leer a Zizek y se te olvida la cita con el podólogo al enterarte de que tu admirado Eisenstein lucía bragas de encaje y que por eso el capitalismo chino tiene un marcapasos que le alegra el corazón. Así está ahora mismo el mercado de las ideas y porque permiten en él el comercio de animales vivos, estamos como estamos, mi querido fiscal.

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  2. (Me faltó la despedida en el corta y pega. Disculpas. Ahí va).
    Así que nada. Moriremos con las batas puestas, no como soñamos. Será seguramente el día en que no quepan más bichos negros en tu página primera, esa en la que dibujas tantos insectos que se les parecen. Un gran abrazo y saludos a Herbert.

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