Desde mi celda (11)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” avanza, con esta undécima entrega, en la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que se extenderá durante los días que duren las medidas de contención del coronavirus —que recomiendan y obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio, y que han desembocado en la declaración del “estado de alarma, con el fin de afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19, en todo el territorio español”—.

Por AVELINO FIERRO

Lunes, 23.– El eco de escritores en las ciudades vacías. Sobre eso tengo que escribirte. Pues bien, Cristina, yo que he recorrido tantas veces la ciudad, no sé bien qué contestarte. He llenado bastantes páginas sobre ello, quizá tendría que “buscarme” entre lo escrito. Pero me da una pereza enorme, y no me gusta: no me reconozco en mis palabras ni en mis emociones. A veces, sí, en la tristeza.

Ya ves que Julio Llamazares en el prólogo de mi último libro, Contra tiempo, habla de ello. Hago de la ciudad –escribe– el principal personaje de mi escritura y me erijo en protagonista, en paseante o vagabundo esnob, en flâneur en busca de atmósferas, nubes, luces, anocheceres y evanescencias varias. Pienso que en ese deambular uno no percibe la prosa ni las novelas, lo que otros han narrado, sólo ves tejados y amaneceres o cómo sobre la ciudad se instala el crepúsculo.

Aunque, ahora que lo pienso, esto no es del todo cierto. A veces, a Julio y a mí, se nos aparecen personajes de los relatos de Luis Mateo, y tenemos que cambiar de acera o llegamos tarde a una cita si el encuentro es con algún sucesor de Pipe Bolas. O nos da por recordar ese diálogo de Las estaciones provinciales en la bendición de las oficinas de don Paciano: “Mira, por lo menos Avelino y Llamazares, los de la Sindical”.

En los días en que los sentidos andan más afinados, en los que el aire –la especial sonoridad del aire, que decía Biedma– te llega mejor, te acaricia de aquella manera la epidermis, lo que oyes es la voz de los poetas. Ese día de niebla en el que las calles se alargan, o ese otro de una luz especial en el que desde una ventana baja o una taberna sale un color deshecho, vago, flotante, que muere sobre las losas de la calle. O aquel día en que una camarera estaba fumando, cerca de la plaza Mayor, y la luz del móvil le iluminaba los labios. Esta imagen está en el origen de uno de mis primeros cuentos.

Hay días en que incluso te llega el aroma del mar, días en que lo percibes todo –aunque lo olvides o no lo apuntes– y otros en los que no sucede nada. También depende de ti, no sólo de los personajes. Uno tiene instantes de hiperestesia, con los límites sensoriales muy altos –como dice en una entrevista de hoy mismo Tomás Sánchez Santiago– o de abotargamiento, con entendederas de zopenco y entonces no te enteras de nada.

El año pasado ha sido para mí bastante productivo en eso de que te funcionen medianamente bien las antenas, que captes algunas situaciones que llevas a la escritura. Brodsky decía en un prólogo a las poesías de Montale que el pensamiento poético funciona con una técnica semejante al radar de los murciélagos, con el pensamiento abarcando un ámbito de 360 grados. Escribí los cuarenta textos de Calendario, y en algunos creo que estuve levitando, como si entre los hongos que traen Miguel y Mar del campo se hubiera colado alguno psicodélico. O igual se debe a que he tenido una temporada libros de Rilke y Hölderlin al lado.

En fin, ya ves que no te cuento nada productivo, no sé si esto te servirá de algo. Podemos intentar arreglarlo citando versos de esos que se oyen con el eco de tus pisadas en una callejuela desierta, de noche, si vas atento. Versos de cuatro amigos que hablan de la ciudad. Uno para cada estación del año. Hasta podéis hacer un concurso en el periódico y regalar algo al que acierte quiénes son los autores que citamos. “Vendrá el silencio, y cruzaré la noche. Y encontraré la muerte flotando sobre el heno”. “Majestad de marzo ardiendo en el alfoz, dunas de estiércol en los territorios azulados por la sombra”. “Ya no me hagas llorar, otoño rosa…”. “Vagaban todo el día copos blancos como reyes insomnes sin decidirse nunca”.

Ya sé que estáis todos bien, me alegro mucho. Besos y abrazos.

A.

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