Desde mi celda (15)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el decimoquinto día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos hasta el 11 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Jueves o viernes, lo cierto es que no sé bien qué día es, Sergio. Como escribe Biedma a J. A. Goytisolo desde Nava de la Asunción: “Tu carta me llegó hace unos días, pero no sé cuántos, que al fin y al cabo para eso contrae uno estas encantadoras enfermedades: para prescindir del número y el nombre de los días. Por lo menos eso es lo que yo aprendí de Hans Castorp y de aquel insoportable Settembrini”. Sergio, como tú y yo tenemos la sensación de que alguien lee por encima de nuestro hombro estas cartas, creo que para los curiosos menos ilustrados podemos aclarar que esos son los personajes de La montaña mágica de Thomas Mann.

Sigo con Biedma. En otra de las cartas dirigida a Carlos Barral desde Salamanca, dice que se siente cansado de leer y escribir y no poder pasear largamente. Vamos, eso es lo mismo que nos sucede a nosotros ahora. Tú, al menos, estarás acompañado por las zalamerías de tus niñas.

Yo había leído la correspondencia entre Biedma y Ferraté. Ahora estoy con esta que editó Lumen en 2010, mucho más extensa. Es una delicia. En la segunda carta salen a relucir, casi haciendo volatines, Rilke y Mallarmé. En la tercera, el comienzo es este: “He aquí que estamos en el momento alado, aquel en que la tarde roza delicadamente el cristal de la mesa sobre la cual escribo”. En la siguiente, la dirección de Barral va en verso y al parecer así quedó escrita en el sobre que el cartero llevó hasta Vía Layetana. Y otra más. En ella vengo a enterarme de que el título que pone a sus versos de “Las Afueras”, “Según sentencia del tiempo” viene de Anaximandro.

En esta última, dirigida a C. B., el 5 de abril de 1952, el compilador cuenta en nota al pie de página, la siguiente anécdota. Gil de Biedma está en otoño de 1953 en Madrid preparando oposiciones al cuerpo diplomático. Le suspenden en el primer examen, el de cultura general. “Se le pidió que escribiera sobre su ciudad preferida y eligió el pueblo de Arévalo, tal vez para frustrar las expectativas cosmopolitas del tribunal, al que la evidente boutade le pareció inadmisible”. Me puse a reír, porque me recordó a un amigo que estuvo en el mismo trance con distinto resultado. José de León, pintor y adicto furibundo a la joie de vivre –que ayer mismo me enviaba un wasap sobre la plaga de estos días, un mensaje elegante, a la vez alusivo y elusivo– fue entrevistado para obtener una beca de un año en la Academia de España en Roma. A la pregunta del tribunal del porqué de su interés por aquella estancia en Italia, contestó: “Yo quiero ir a Roma porque Roma al revés es Amor, y además me gusta mucho la pasta”. El tribunal, de menos ringorrango, lo aceptó sin preguntar nada más.

Ya ves que estoy embebido en lo biedmaniano y en los inicios de la Escuela de Barcelona. He sacado más cosas de la biblioteca. Por ejemplo, dos ejemplares de la revista Papeles de Son Armadans, de enero y agosto de 1961, que ni recordaba. En el segundo, Biedma publica bajo el nombre de Coplas morales esos dos hermosos poemas, “Albada” y “Canción de aniversario”.

Todo esto antes de volver a tu Andrade. Ayer, en esta rebusca libresca, encontré una nota a mano que puede que se refiera a una antigua versión tuya de uno de sus poemas. Es ese que finaliza así: “Intimidad con la tierra, tesón del corazón. Así se hace el poema”.

Para mí Portugal es Lisboa, Pessoa y poco más. Ahora que he leído las prosas de Andrade y releído sus versos, se me aparece Oporto, de la que llega a decir que hace que el resto del país –excepción hecha del Alentejo y del Alto Duero– parezca, por comparación, completamente amorfo. Y sé algo más del tiempo de la infancia, y de ese deseo panteísta de fundirse con la naturaleza. Y de un rumor de garzas blancas. También de las dunas de la costa portuguesa. En ese capítulo hay una frase que subrayé, “caminan por la orla del agua y por mi memoria”. El poeta habla de una mujer y un galgo que aparecen en la playa.

Vienen ahora, a la vez que la luz de este sol de amanecida que toca en los libros y me hace bajar la persiana, enormes deseos de viajar a Portugal, a ese Alto Duero, a la zona de las bodegas de la familia inglesa de Andy. Me lo propone todos los veranos y nunca acepto. Esta vez no será así, iremos a pasar unos cuantos días con la compañía de los versos de Andrade, oyéndolos con esa otra música, la misma y a la vez distinta, la de tu traducción.

A.

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