Desde mi celda (16)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el decimosexto día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos hasta el 11 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Sábado, 28 de marzo.– Hablan los teóricos del doble pacto epistolar. El destinatario que aparece en la carta no es por fuerza lo mismo que el lector real. El narratario es una entidad ficticia, un “ser de papel” con existencia puramente textual, dependiendo de otro “ser de papel”, que se le dirige de forma expresa o tácita. Podríamos llamar a este destinatario el lector implícito…

Hoy es sábado. Estaba pensando en ir a buscar un poco antes de las dos de la tarde a Paco a la librería. Luego tomaríamos ese vermú en la taberna de la calle La Rúa. Bajaríamos hasta el mercado al aire libre de la Plaza Mayor cuando ya comienzan a recoger los puestos…

Así estaban funcionando hasta ahora mi escritura y pensamiento. Quizá el cerebro se gripó discurriendo por esos altos estudios literarios y comenzó de pronto a funcionar bajo mínimos, con su kit de supervivencia, yéndose hacia lo placentero. No tengo ganas de escribir. Pero no faltaré al compromiso con Tam Tam Press. Tengo conmigo dos hermosas cartas de dos buenas amigas. Isabel Llagaria tradujo la separata Avril à Paris, que se entregaba con mi libro Contra tiempo. Julia Díaz Zubiaur, hija de mis amigos Miguel y Marta, escribe desde Alcalá. Con ellas os dejo.

Hola Avelino,

Desde tu celda he descubierto a Andrade y a Auden. A Yves Bonnefoy, poeta y traductor, ya lo tenía entre mis preferidos.

Los franceses no tiran “la casa” por la ventana sino el “dinero”. Et voilà: “jeter l’argent par la fenêtre”.

“Les idiomatiques” es un libro que ilustra con un dibujo las expresiones idiomáticas en francés y su equivalente en español.

Lo utilizaba mucho en clase…

Por ejemplo “ir de punta en blanco” en francés es “Être tiré à quatre épingles”, literalmente estar cogido por 4 alfileres.

En una página aparecía el personaje vestido enteramente de blanco y en la otra el francesito pegado a una lámina y cogido por los alfileres.

Ya os lo prestaré!!!

Se me olvidaba… eso de profesora de francés recién jubilada ha provocado que en el imaginario de algunos aparezca una señora gorda con gafas y algo sorda.

Me han llamado para interesarse por mis ánimos y también por mi estado de salud.

Se me había olvidado que soy población de riesgo!

Bueno, fuera de bromas, he disfrutado mucho con la lectura cada vez más poética de tus misivas.

Un abrazo para Mar y para ti.

PD: es verdad que el mito me tenía intrigada pero también la pituitaria de Mar, la soledad pegada a tus mejillas, una luz… destilada de un silogismo y mucho más.

Pero lo dicho fue para mí puro placer, un reto traducirte y releerte para apropiarme de tus escritos.

Gracias por la confianza.

Isabel.

 — — — 

Querido Avelino:

Sigo, en estas tardes extrañas, tus entregas de “Desde mi celda”, y quizás sea un poco osado por mi parte, pero el lunes 23 despertaste un tema de entusiasmo –primitivo, es probable que congénito– para mí del que también quisiera hablarte: las ciudades como protagonistas de literatura, o el eco de escritores en las ciudades. En concreto, nombraste tus andanzas deliberadas en busca de momentos, de atardeceres y otras luces, que las ciudades pueden ofrecerte –te han ofrecido–.

Estos días que estoy prácticamente encerrada en un piso de Alcalá de Henares que solo tiene ventanas encajonadas en techos abuhardillados, ventanas que miran a un cielo cuadrado y minúsculo, he pensado algunas veces en ello, no sin tentación, no sin culpa; en si no me valdría la pena dejarme llevar por la pícara irresponsabilidad de salir de aquí a transitar la ciudad deshabitada. Saludar despacio al Sancho Panza y al Don Quijote de la calle Mayor, contemplar la vastedad vacía de la plaza desde los pórticos laterales. Luego siempre reculo y mis recorridos se limitan al trayecto de ida a la farmacia –“Buenos día, ¿han llegado ya los guantes desechables?”– y de vuelta a casa.

Tampoco me pongo triste, no es para tanto. De lo malo, ese cielo minúsculo del que hablaba se parece a veces a un cuadro austero de Miró. Además, siento que apenas puedo concentrarme en mis emociones con todo esto que está pasando: demasiados titulares desorbitados y noticias aceleradas, demasiados números crecientes. Uno no da abasto para sentir. Ni siquiera me concentro en mis intentos de paseos imaginarios, pero sí que pienso mucho estos días sobre un trabajo que hice de final de carrera acerca de cómo los espacios presentados en las novelas, aquellos que ocupan los personajes, los condicionaban, a la vez que reflejaban sus estados de ánimo. Recuerdo analizar calles con trozos de asfalto hecho añicos o farolas intermitentes, como cansadas, y paredes grises desconchadas que supuestamente reflejaban la devastación y el desánimo que deja una guerra, o un olor a gas en el aire levemente perceptible que evocaba la represión franquista y por el que muchos ciudadanos preferían resguardarse en sus casas. Recuerdo también debates, confesiones y chismorreos del barrio en viejas tabernas de toda la vida; o cielos eléctricos cuando se avecinaba un problema; un arco de piedra en una callejuela, puertas que se cruzaban porque Fulanito estaba dejando atrás -cerrando- una etapa de su vida. Cines como guaridas de la realidad, con películas nuevas y exóticas, cuando el personaje visionaba un futuro mejor, con películas viejas proyectadas a lo antiguo cuando la nostalgia lo desbordaba –y la sala al mismo tiempo lo protegía de la memoria de esos tiempos pasados.

En definitiva, que me pareció interesante, y ahora una tiene ganas de patearse las calles bien, pasear por los caminos de El Retiro dejando un rastro reflejo del tópico poético de perderse y encontrarse. O de sentirse un poco triste y acordarse de Borges con su “Sólo me queda el goce de estar triste, esa vana costumbre que me inclina al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”, e inclinarse al Sur, a cierto bar, a cierto rincón del viejo barrio de La Latina. Pero ya ves que yo tampoco cuento nada productivo, solo escribo divagaciones, cosas puntuales para matar este tiempo perdido entre paredes. Me despido ya. Encantada de leerte. Y dile a tu amiga que si al final hace lo del periódico de adivinar autores, le dejo abajo más ideas. Todos los poemas tratan de calles que puedes encontrarte en cualquier ciudad, a la vuelta de cualquier esquina. En fin, que los poetas son unos obsesos de las ciudades. ¿O quizás son las ciudades las que persiguen a los poetas con tantas luces, tantas calles, tantas voces, olores, tanto silencio? No me queda claro.

En cualquier caso: te dejo. Hoy me toca a mí sacar la basura. Ojalá encuentre una calle más larga que de costumbre.

    1. “Todo está oscuro y sin salida, / y doy vueltas y vueltas en esquinas / que dan siempre a la misma calle / donde nadie me espera ni me sigue.”
    2. “No existen para ti otras tierras, otros mares. / Esta ciudad irá donde tú vayas. / Recorrerás las mismas calles siempre. / En el mismo arrabal te harás viejo”.
    3. “Es ésta la ciudad. Somos tú y yo. / Calle por calle vamos hasta el cielo.”
    4. “Si decide marcharse, / que la luna disponga / su luz en nuestro beso / y que las calles sepan / también dejarnos solos.”
    5. “Quizá me confundí de calle y de aventura / pero ya me conocen sus farolas y el alba, / ya conocen mi sombra, mi canción, mi tristeza / y esa costumbre vieja de andar erguido y solo.”

 

Un Comentario

  1. LA CIUDAD

    Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar
    y una ciudad mejor con certeza hallaré.
    Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
    y muere mi corazón
    lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
    Donde vuelvo mis ojos sólo veo
    las oscuras ruinas de mi vida
    y los muchos años que aquí pasé o destruí”.

    No hallarás otra tierra ni otra mar.
    La ciudad irá en ti siempre. Volverás
    a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
    en la misma casa encanecerás.

    Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
    -no hay-,
    ni caminos ni barco para ti.
    La vida que aquí perdiste
    la has destruido en toda la tierra.

    KONSTANTIN KAVAFIS
    (Traducción de José María Álvarez,
    Poesías completas, Ediciones Hiperión, Madrid 1982)

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