Desde mi celda (18)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el decimoctavo día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos hasta el 11 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Lunes, 30.– José Enrique, el encabezamiento de tu carta me ha traído recuerdos de nuestro pueblo, de la infancia. ¿No te sucede que estos días, en los minutos más ténebres, aparece ante ti toda tu vida como un torbellino? No te atreves a mirar hacia el futuro y das un volantazo hacia el pasado, que es como decir hacia la infancia. Te cobijas un poco en ella (y no hace falta citar aquí a Rilke), aunque todo esto no sirva de nada. Como diría uno que sabe latines: nec praeteritum tempus unquam revertitur, nec quid sequatur sciri potest.

Siempre me dieron envidia los que sabían lenguas muertas. Por entonces aquella expresión “este sabe latín” confería un aura de persona docta, aunque luego podía derivar hacia otros atributos, como la pillería o la habilidad para el regate en corto.

Yo no fui a la escuela del pueblo, sólo anduve por allí en un periodo breve. Y no recuerdo el motivo; ¿mi madre estuvo enferma y tuvimos que quedarnos en Chozas una temporada? Me vienen a la memoria los pupitres de madera, viejos y arañados por el tiempo, o el filo de las navajas de los chicos que grababan letras entre corazones. Y las manchas y el olor a tinta. Todavía estaban aquellos tinteros encastrados en la madera que se rellenaban de vez en cuando.

Creo que cuando yo tenía tres o cuatro años vinimos a vivir a la ciudad, a hacer fortuna. Fortuna no hicimos, pero ya no volvimos al pueblo salvo en los veranos. Mi padre abrió el almacén con Fermín, su socio, y nos fuimos a una casa a las afueras, en la carretera de Asturias. El paisaje desde mi habitación era la ciudad allá abajo y en los parajes cercanos estaba el Seminario, las tejeras, la fundición del señor Bernardo…

Aquellos veranos larguísimos, sin las obligaciones de los críos que vivían todo el año en el pueblo, dejan marcas y palabras grabadas en el pellejo; que eso es lo que estamos empezando a ser, una arruga llena de recuerdos, un pergamino viejo.

La casa y los animales, las tareas del campo –las conocí todas–, el crujido de las tablas de la iglesia y los responsos y jaculatorias en la voz nasal de las viejas, el toque de campanas, los árboles que siempre nos decían algo, el canto de la lechuza, la presencia de lo sagrado, el demonio, la fiebre alta, algún relato de mi abuela sobre la guerra o sobre pastores y lobos, la hora de la siesta, el crujido de las pisadas en la nieve y los carámbanos en las tejas de los aleros, las siluetas de los guardias civiles encapotados cruzando el pueblo en sus bicicletas, la recogida de aquellas ciruelas color vino en la huerta de la madrina. Ah, claro, la vendimia; el acompañar al abuelo Quico a regar o a mi padre a la siega, él con la guadaña al hombro y yo con el temor a encontrar una culebra entre la hierba; la trilla; el misterio de la casa vieja cerca de la laguna; las escapadas con las bicis al monte, y la vuelta, ya anocheciendo, con el viento acariciándonos el rostro y aquel pedalear frenético cuando subíamos la cuesta del cementerio.

Los primeros cigarrillos a escondidas. Los huertos encharcados. La abubilla. La sangre en las rodillas. Las paredes de adobe. El ruido de las esquilas y los rebaños. La caza de los lagartos y el fútbol en la pradera.

La casa era un mundo cerrado sobre sí, autosuficiente. Los animales en la cuadra, conejos y gallinas. El pozo. El horno para la leña. Un banco de carpintero donde el abuelo hacía madreñas. La cochiquera. Un desván desvencijado, lleno de misterio, brujas y ratones.

Había en cada estación una luz y sonidos y olores más o menos violentos. Uno de ellos estaba en la casa: el olor a cinc de aquel cubo que bajaba al pozo artesiano y volvía con agua fría de una tersura inmaculada, chocando contra las paredes de cantos rodados.

La pena es que nunca tuvimos un río como Dios manda. Sólo aquella laguna llena de ranas y el estanque del pueblo de arriba, el pueblo de mi padre en el que yo nací el día de la fiesta. Ya me dirás…

Todo revive ahora como un fogonazo. Aunque uno no lo quiera, parece que estos días hace balance de su vida. Llegaba la noche y salíamos a la calleja. Nunca he vuelto a oír sonar esa música de silencio, nunca he vuelto a ver tantas estrellas.

 

  1. Asun

    Jo, Avelino, ¡qué bien escribes!

  2. Recuperas un poco la infancia de todos, con los olores, las luces, las penas y los misterios. Lo relatas muy, muy bien…

  3. Fermín

    Tus palabras dan salida a nuestros recuerdos. Retazos de la infancia, instantes de vida pasada que aparecen como fogonazos de nuestra existencia, casi siempre con la sonrisa de la nostalgia.

  4. Toño

    Entre otras cosas me ha recordado (aunque en más modernas versiones, que uno no es tan mayor) al filandón, calecho, hilorio o serano.

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