Desde mi celda (20)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigésimo día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos hasta el 11 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Miércoles, 1 de abril.– Amiga Marta, ya sé que has sido tú la correveidile que le ha hablado de mis escritos, mis lecturas y estas cartas a una compañera de la tele. Por ello me llamó Patricia y me dijo que si no tenía inconveniente y no andaba muy ocupado, me entrevistaría. Me pilló algo desmalazado, recién salido de la siesta. Siguió hablando y al final le dije que sí, porque todo eran facilidades y, además, el trabajo de la oficina ha decaído tanto que uno está pasando los días en flores. A última hora de la tarde envió cuatro preguntas al correo electrónico. No iba a venir ningún equipo televisivo a verme, con su camioneta con antena transmisora en el techo, cámaras, maquilladores y focos. Yo, que estaba esperando a que viniera esa chica de labios gruesos, dicción perfecta y piel siempre tan de rayos uva, tan barnizada… No, no era así. Me leyó el capítulo ese de vuestro manual de instrucciones, el de “hágalo usted mismo”, grábese con un teléfono móvil, un plano medio y, detrás, muchos libros. Le dije que entendía lo del plano medio y los libros, pero que mi móvil es de cuarenta euros y me desdibuja demasiado, me hace aparecer como recién llegado de un mundo de ultratumba. Le sugerí utilizar cámara de fotos con la que se podía grabar y estuvo de acuerdo. “Y me mandas los archivos por We Transfer”.

Repasé las preguntas, tomé unas notas y nos pusimos a ello. En la habitación alta, en la que hay más libros, instalamos una silla para mí y un trípode para la cámara. Como aquello no cuadraba, pasamos a ponerlo todo más arriba: se estiraron las patas del trípode y me senté en un auténtico taburete de barra de bar que me había donado por ser cliente preferente, nuestro amigo Eusebio, el del Montecarlo, antes de desmantelarlo. Un bar de barrio sólo para poetas, suripantas, catedráticos de instituto, directores de cine y policías municipales.

Me recogí el cabello –creo que puedo decirlo así, me quedan cuatro pelos pero se disparan hacia las nubes–; me tuve que aplicar unas gotas de Neogenic, un gel fluido con stemoxydine al 5%, una molécula patentada que aumenta la densidad capilar, con una media de 1700 cabellos en tres meses. Llevo un mes y pico con este tratamiento, ya veremos, aunque lo más eficaz sería pedirle la tarjeta de su cirujano capilar a esos hombres que salen mucho por la tele, como Hilario Pino o el exministro Bono. Me arreglé el pelo y me puse una camisa de cuadros (me gustaría hablarte de esa camisa, de las condiciones de su compra, de su marca, de su tacto…, pero caeríamos en digresiones exageradas o en lo hipotáctico).

Y comencé a disertar, adoptando una postura como displicente, de philosophe mondaine. La cámara fotográfica emitió un ruido extraño; Mar comprobó la grabación: la imagen era perfecta –o sea, yo y mi apostura–, pero el sonido, como desgarrado, a tirones, como de ruido de fondo de mercado de Estambul, afargallonado. De alguna manera nuestra pequeña Olympus –que se había batido en tantos viajes, travesías y cambios climáticos– había enfermado, gripado, estaba fuera de combate.

Recurrimos al móvil de Mar. Ya no era lo mismo. El plano medio, o sea, yo y mi apostura, se oscurecían; en cambio los libros refulgían alumbrados por los focos del techo, como depositarios y guardianes del Verbo y de la voz de los muertos, que es lo que son al fin y al cabo. Mi imagen –ahora que lo pienso– no era desacertada, funcionaba como metáfora de la carcoma, del tempus fugit. Intentamos una mejora enfocando el flexo desde el otro extremo de la habitación. Me puse un poco de crema con brillo, una de noche de Mar, de la marca Olay, para realzar mon visage. Pero aquello no mejoraba. La imagen de escritor y filósofo que yo pretendía era algo parecido a las caras de Bélmez o a esa imagen de un Ecce Homo restaurado por una vecina del pueblo de Borja apañada y filantrópica, que ha tenido hace un tiempo tanta notoriedad.

¡Mis minutos de gloria detenidos para siempre! ¡Mi imagen de filósofo llena de churretes, confusa, borrosa, irreconocible!

Una pena, Marta, porque me hubiera gustado aparecer en la tele diciendo frases lapidarias, como esta –lo cierto es que se me ocurre ahora, delante de la cámara uno se aturulla–: “Sumergirnos en la lectura nos aparta del mundo, pero nos enseña a vivir en él”. Spinoza había dicho que filosofar es aprender a vivir. Sí, lo lamento, porque además ayer vi a dos filósofos, dos, por la televisión, Javier Gomá y Emilio Lledó. Si hubiera salido mi grabación algunos espectadores habrían hecho lo posible por recordar mi nombre. Me veía ya como acreedor también a esa frase de Luis Martín Santos. “Ya el Gran Maestro aparecía y el universo-mundo completaba la perfección de sus esferas”.

Pude ver a Gomá –una entrevista corta– porque mi mujer lo grabó. Por la noche, le escribí un correo dándole las gracias por su sensatez y sus palabras, por ventilar esto un poco, por elevarse sobre la tontuna habitual.

El programa de Lledó era en La 2 de televisión, una grabación hermosa, de esas artesanas, con voces en off, hojas muertas en los parques, nubes y vistas de Heidelberg. Me gustaba ver las imágenes de las ciudades alemanas –hemos viajado a Múnich algunas veces, hace años, a visitar a nuestro hijo Javier, que cursaba allí un máster de música–. Me gustó escuchar a Lledó pronunciar algunas frases en alemán. Recordé a G. Steiner, en ese libro de conversaciones con Laure Adler, Un largo sábado: “¿Por qué el alemán vuelve loca a la gente y se presta a todo en filosofía? Porque el verbo sólo aparece al final de frases interminables. Es decir, uno puede vacilar, cambiar de idea, uno puede decir ‘o, o, o’ para acabar cayendo de bruces sobre el verbo”.

Alguno de los entrevistados en ese programa mencionó a Francisco Rodríguez Adrados, helenista, amigo y uno más de la cuerda de Lledó. Yo compré su libro El reloj de la historia sobre la Grecia antigua, en 2007. A la vez lo hizo mi amigo Alberto del Río, maestro y músico. Fuimos buscando en él lo que Luis Alberto de Cuenca resaltó en una reseña del libro: las reflexiones sobre el empobrecimiento educativo y las interpretaciones sesgadas de la Historia que abanderan los nacionalismos miopes. Hasta quedamos un día en vernos para comentarlo. Y así fue que nos desplazamos hasta Llanes un fin de semana. Pero hablamos poco de filosofías. Tomamos vermús con ginebra, comimos estupendamente y fuimos a una taberna que ya se derrumbaba al lado de la pequeña ría a ver los toros en la tele, porque Alberto es muy aficionado.

La sidra tampoco es que me siente especialmente mal. Pero yo llegaba a aquellos días del fin de semana espectacularmente cansado de trabajos y fiestas, tareas de amor incluidas. Y se me fundieron los plomos, o se acabaron las pilas, lo que tú quieras. A duras penas me llevaron a la cama –como en el verso de Biedma– para dejarme en ella. Alberto siguió –me contaba Mar al día siguiente– hasta bien entrada la madrugada tocando el acordeón, recitando a Muñoz Rojas y haciendo volatines en el salón de su casa. Esto es lo que sucede si mezclas mal la filosofía.

Marta, me acaba de llamar mi jefa por teléfono. Voy a devolverle la llamada. Quizá tengamos alguna urgencia laboral. Dejo aquí la redacción de esta carta. Seguiré luego o mañana.

Abraza de mi parte a Enrique. Dile, por darle envidia no más, que he encontrado en el doble fondo de un estante de la biblioteca un libro de poemas de Víctor Botas, Retórica, de la colección Deva, con el patrocinio del Ateneo Obrero de Gijón.

A.

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