Desde mi celda (23)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigesimotercer día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos, tras la prórroga anunciada por el presidente del Gobierno, hasta el 26 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Sábado, 4 de abril.– Hola Rober, pues claro que estamos viendo películas, aunque yo no sé si eso de verlas en televisión, con el mando a mano para rebobinar y escuchar mejor una frase o recuperar escenas cuando adviertes que te has quedado dormido, es ver películas, si eso es cine. A veces uno piensa en si esa sucesión de imágenes –que puedes interrumpir para ir a prepararte un colacao o ponerte la parte de arriba del pijama– tiene algo que ver con sumergirnos en la caverna en pos de la belleza, las ensoñaciones o la meditación, o si es una manera más de las formas enlatadas y consumistas de combatir el tedio.

Como escribía Edgar Morin, el psiquismo del cine no elabora solamente la percepción de lo real; segrega también lo imaginario… el cine imagina por mí, en mi lugar y al mismo tiempo fuera de mí… desarrolla un sueño consciente… En la noche de la sala de proyección íbamos al cine a adentrarnos en un misterio, a ver allí una manera distinta del fluir del tiempo, símbolos e imágenes que nos contagiaban y emocionaban. Entrábamos en ese realismo (o irrealismo) poético, en el que sabes que han insistido Buñuel o Tarkovski. ¡Cuánta literatura alrededor del cine, de esa fábrica de realidades y apariencias, fijeza y mutabilidad, narraciones y sortilegios, gritos y susurros!

Todo eso lo veo hoy con nostalgia. Pasan ahora delante de mí imágenes en blanco y negro –como hojas arrancadas de un calendario– de los días de cine y juventud, de aquellas sesiones interminables del Candilejas, de las proyecciones ininterrumpidas de filmes suizos o brasileños, de La Salamandra o Resnais, de Lubitsch o Bertolucci, de Antoine Doinel, de Godard y Pasolini, de La noche de Antonioni, de Le genou de Claire y de todas aquellas palabras: travelling, raccord, plano-secuencia, cine-directo.

Porque por aquel entonces estaba de moda la semiología, y recuerda que luego le dábamos vueltas a todo aquello. Editábamos programas a ciclostil para desmenuzar más tarde el plano contra-plano, los motivos ocultos del guionista, la estrategia de la araña, la tercera articulación del código cinematográfico, la lentitud en el cierre de una boca, el tempo. Era más que ir a misa, era una religión, una comunión con la forma casi más elevada de cultura en aquel momento. Ahora en la tele te pasan las películas rellenas de la testosterona de los anuncios, y no ponen los títulos de crédito. Es difícil imaginar mayor sacrilegio.

Tú has estado viendo, dices, Il gattopardo. Por cierto, ¿no tenías colgado en la pared de tu casa el cartel con Burt Lancaster, Alain Delon y la Cardinale? Me cuentas que ella era nacida en Túnez; ahora que lo dices, ese tono de su piel… En fin, te habrás puesto las botas con tanta guapura. Cuentan los cotilleadores que Visconti y B. Lancaster se llevaron mal al principio. Que el actor americano fue una imposición de la productora. Además, no tenía la edad para representar al viejo Príncipe de Salina y los maquilladores tuvieron que hacer horas extras. Aquello amainó y al final, ya sabes, actor y director volvieron a trabajar juntos en Gruppo de famiglia in un interno.

Delon y Claudia, vaya pareja. Tan guapos que a mí se me quedaban –unidos a tanto palacio, aristocracia y bailes de salón– un poco lejos. Casi tan guapos aparecieron en la pantalla Newman y Taylor en La gata sobre el tejado de zinc. Y allí al menos había alcohol y drogas, negros imaginados de las plantaciones de algodón, niños cuellicortos, cuñadas odiosas y calor en noches de infierno. Yo tengo una foto en color de Richard Burton y Ava Gadner en La noche de la iguana. Ah, y por algún rincón, el enorme original en lienzo enrollado de un decorado de Casablanca, con Bogart y Bergman, que no hay lugar en la casa donde ponerlo. Y el cartel de En la ciudad blanca. Y…

Pero ya no me emociono o aflijo como ayer, con lo que representaron esas imágenes. Aquello me alteró en su día, cuando mi vida, mis días, eran contemporáneos de aquellos sueños. Ahora todo se ha vuelto difuso, como estos días que vivimos, absurdos, inimaginables, casi fantasmagóricos, a contrapelo. Miro a la realidad, hacia fuera, y puedo decir, casi como el poeta dijo, que mis pensamientos sobre un posible paraíso mientras escribo esta carta son bastante inciertos.

Un abrazo.

A.

Un Comentario

  1. En Casa Blanca no era Bergman sino Katharine Hepburn
    Lo demás muy añorante.

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