Desde mi celda (26)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigesimosexto día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos, tras la prórroga anunciada por el presidente del Gobierno, hasta el 26 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Martes, 26.– Antonio, estos días he recordado tu Manual de Escapología. Hablas de treinta huidas para evadirse de este mundo de hoy al que tú llamas de marea alta. Pienso ahora en la que habla de escaparse hacia ese jardín cerrado, lugar natural e íntimo. Las circunstancias, sin embargo, nos han obligado a permanecer en casa, nos han cortado las alas. Y hay casas poco habitables, que se nos caen encima. Recuerdo un artículo del profesor de arte Ángel González, cuyo título era “Donde se asegura que un piso no es una casa”. Era muy entretenido lo que contaba, se enredaba en digresiones sobre las habitaciones de hotel y la nostalgia que sentimos al apagar la luz en ellas en una ciudad extraña, sobre las fogatas que encienden los vagabundos en las casas abandonadas. Sobre la Casa Farnsworth de Mies, sobre la de Mario Praz en Via Giulia… Yo leí el libro de Praz, La casa de la vida, una obra deliciosa. Pero creo que no viviría en ella, acabaría abrumado por la decadencia, por la sophistication y los ácaros.

No tendría por qué ser muy complicado acondicionar esos reductos íntimos de los que hablas, los studiolos y cabinets du sage. Me ilustras con tus páginas sobre lo que decía Erasmo: debe tener libros y retratos de hombres ilustres y estar en conexión con la capilla. He leído en otra parte cómo era aquella torre en la que escribía Montaigne. Umbral decía que bastaba una habitación de cinco por tres metros. En la portada de su libro Los políticos aparece escribiendo en el suelo de una habitación, desnudo, con su portátil, una calavera con flores y sus botines al lado. A ver cuándo podemos salir así en una de nuestras portadas.

La habitación desde la que yo te escribo ahora es rectangular, con estanterías de libros hasta el techo, libros por el suelo –hay que sortear esas pequeñas torres para llegar a esta mesa también atestada de papel encuadernado–. Para escribirte he creado un cierto atrezzo: he puesto cerca un retrato de Rilke y escucho La Pasión de San Marcos, de J. S. Bach, que es lo obligado en este Martes Santo. Hay pocos objetos en las paredes: un grabado de Giacometti, otro de Plensa, otro de Ramón Gaya. Y siempre, y por temporadas, está a la vista la portada de algún libro, algún autor tutelar. Estos días le ha tocado a Pasolini y sus Escritos corsarios.

Si tuviera dinero y Adolf Loos viviera, le habría encargado que hiciera algo en este interior, uno de esos espacios sensoriales en los que el ambiente se adhiriera a sus ocupantes, como la ropa sobre la piel, con una presión específica en cada caso. Loos utilizaba materiales que podrían describirse –dice M. Quetglas– desde la impresión que dejan en las yemas de los dedos, en la palma de las manos. La textura, los efectos de contraste, la luz… son importantes. Aquí la luz entra por un ventanal doble a mi izquierda. Como no hay cortinas, en las horas de la mañana bajo las persianas si el sol entra deslumbrando. Es cuando estoy mejor; me recuerda a esa concentración en un espacio mínimo de los tiempos de la oposición, es un refugio pacífico y consolador, como un claustro materno. Ese estar en sombra favorece la escucha del pálpito de la sangre y de los latidos del corazón, si es que quieren decirte algo.

El jardín del que tú hablas, el hortus conclusus, que pasa a ser locus amoenus en el Renacimiento, se presta, más que a la reflexión, a las conversaciones o encuentros propicios al amor. Hay jardines muy literarios, como el de la novela de Bassani, excesivo en su tamaño (diez hectáreas y una docena de kilómetros de avenidas). La villa en la que se recluyen los personajes del Decamerón también está dotada de pequeños prados y hermosos jardines. Hay jardines monásticos, con una pequeña fuente en el centro de la que manaría la vida y cuatro parterres que simbolizan los evangelios. Otros medievales, siguiendo preceptivas numerológicas o desarrollando laberintos.

Con mucho menos vale, ¿verdad? Hace poco mi amigo César Iglesias me regaló un librito que te recomiendo, Jardines en tiempos de guerra, de Teodor Cerić. Hice en él dibujos de lugares sofisticados junto a otros de casi indescriptible modestia, como ese que acompaña al relato en el que el narrador describe el huerto de su padre, a la sombra de un inmueble comunista de veinte pisos en los arrabales de Sarajevo, en el que las plantas brotan y crecen insolentemente hacia el cielo. Escribe el narrador: “Sí, me dije –y el mar de plomo me observaba mudo sin contradecir ni asentir–, plantar un jardín es algo que siempre vale la pena”.

Sé que Byung-Chul Han, un filósofo al que sigo, tiene también un libro sobre jardines. Me lo dijo mi amigo Roberto, que tiene su estudio de escultor en la calle Piamonte, en Madrid. Otro lugar ameno, en el que yo he estado encerrado, charlando mientras la luz mengua.

Una habitación, libros, dejando que la Verdad, la Belleza, y el Arte te envuelvan, te vayan abrazando. Tampoco hace falta tanto para estar sobre las cumbres del corazón, para llegar al último reducto de las palabras, a la última morada del sentimiento; losas de piedra bajo las manos, donde florecen yerbas ignaras y un gran pájaro gira –como decía Rilke–. No se necesita a veces tanto, ¿no crees?

Recibe un fuerte abrazo.

A.

Un Comentario

  1. José Luis Avello Álvarez

    En estos momentos me sobran las paredes, el alicatado de lomos de libros,.. deseo romper con todas las pantallas para salir volando y apreciar esa otra realidad. Seguiré empezando a leer libros hasta la página 10…

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