Desde mi celda (27)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigesimoséptimo día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos, tras la prórroga anunciada por el presidente del Gobierno, hasta el 26 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Antonio, anda el sol en este Miércoles Santo a medio gas, tratando de arrancarse con el día o pensando en seguir en duermevela; un poco así estoy yo, esperando que el café me empuje hacia la mesa de escribir. Esta mañana mustia, destartalada.

Ayer, a última hora de la noche, cuando encontré vuestro correo en el ordenador, el de Marisa Cuerda y el tuyo, pasé un buen rato. Queríais propagar la poesía, infectar lo más posible con ella a los amigos: guerra lírica contra la ofensiva vírica. “Mande Vd. este poema a veinte amigos…”. Esa era la idea, aunque en vuestro mensaje no hay amenazas como las de aquellos primeros tiempos de las cadenas de mensajes en los albores de la informática: “Fulanito no rompió la cadena y su madre se curó de un cáncer; Menganito no cumplió debidamente, su negocio quebró y se partió las dos piernas”. Te copio este tan tremebundo que acabo de ver en Internet. “Hola, soy Mikaela Pérez, nací en Santa Fe capital. Morí en un accidente entre un camión y un auto y quiero estar en el recuerdo de todos. Envía esta cadena a 20 personas en 20 minutos y tendrás mucha suerte; si la cortas, a las 3 de la mañana ahí estaré en el rincón izquierdo de tu cama sentada mirándote de reojo”.

Yo, por si las moscas, te he enviado el poema. Uno de Machado, uno de los que más me gustan. Y te cuadra bastante bien a ti, que estás dedicado profesionalmente a escudriñar y proteger la naturaleza. Es el poema de Campos de Castilla, “A José María Palacio”. Esa epístola en la que el poeta encarga a su amigo que lleve flores a la tumba de Leonor, su mujer. Esa voz impersonal, que deja fuera la primera persona del verbo y de forma emocionada interroga a los campos y a la primavera. Esa voz que hace fluir el tiempo y el sentimiento de la ausencia. Aquí los teóricos hacen muy bien en traer a cuento a Heidegger y a su “éxtasis de la temporalidad”.

No sé dónde andarás encerrado estos días, Antonio. Igual tienes ante ti esa escena machadiana: “¿Eres tú Guadarrama, viejo amigo, / la sierra gris y blanca, / la sierra de mis tardes madrileñas / que yo leía en el azul pintada?”. Machado estaba apegado a la tierra que aparecía en muchos de sus versos, a menudo con marcado detalle. El paisaje cultural no existía en Europa hasta el s. XIX; en la pintura estaba relegado al fondo de los cuadros. Son los krausistas con su ideal de belleza y el concepto de estética identificado con la naturaleza quienes ponen los ojos en él. Se ha escrito mucho de aquella excursión de tres días de los escolares de la Institución Libre de Enseñanza, en julio de 1883, por la Sierra de Guadarrama acompañados de profesores y geólogos. Una experiencia didáctica, dicen, sin precedentes en España. Giner escribe en 1886 su famoso artículo, “Paisaje”, en el que aparece el verdoso granito, el morado cantueso, el sombrío verdor de los pinos, la amarilla flor de la retama…

Algo de esa manía excursionista le ha quedado a mi hija Marta, maestra de Primaria, que sé que para poco con sus pequeños entre las paredes del aula. Le vendrá de su madre y de su tío Héctor, que sabes que patean los campos, son pajareros y hacen cuadrantes y guías con otros amantes de los bichos y los cielos abiertos (no los de la minería).

Ahora, mientras te escribo, el exterior es fosco, espeso, no acaba de darse el mundo a la luz, a un día de primavera. He traído a la mesa un librito de Machado para hacerme compañía, una edición de 1919 de Soledades, galerías y otros poemas. El tiempo ha ajado su piel, tiene ya los colores de aquella mariposa de la sierra con sus alas por el sol crucificadas. No sé dónde ni cuándo lo compré –imagino que en una librería de viejo–; tiene un pequeño sello de tinta en la portada, “50 céntimos”. Ay, me entretendré ahora un buen rato leyendo estos versos, mirándome en el profundo espejo de mis sueños.

Te mando un abrazo. A.

D.: Te adjunto también la carta de ayer dirigida a Antonio Pau, traductor y especialista en R. M. Rilke. Tú, que por tu trabajo como Fiscal de Medioambiente, cuidas de los pájaros del cielo, del curso de los ríos, de las flores del campo, de las heridas de la tierra… ¿no tendrías que proteger también a los poetas?

1 Comment

  1. Todo una cura para el alma apenada de estos días. Gracias x toda la poesía q trasmites. Un abrazo a las medio ambientalistas de la casa

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