Presencias y obsolescencias

Por LUIS GRAU LOBO

Uno de los rasgos característicos de las industrias del ser humano consiste en la aceleración de la obsolescencia. Cuanto más avanzamos en el tiempo, menos duran las cosas que fabricamos. Suelen ser más complejas, por supuesto, pero nos sirven durante mucho menos tiempo. Un teléfono móvil es el resultado de una tecnología asombrosa que nos permite hacer cosas que creíamos magia hace pocos años, pero apenas se amoldan a nuestro bolsillo y necesitamos otro. De repente no sirven y su reparación cuesta más y tiene peores resultados que adquirir algo nuevo: está concebido para caducar. Se llama obsolescencia programada, y no es como la caducidad natural de una fruta o una verdura, sino que está decidida por nosotros, sus creadores. Famosa es la existencia de una bombilla en Norteamérica que lleva encendida más de un siglo. Se pueden fabricar, pero no renta. Con cada salto, con cada aceleración de la historia, la obsolescencia se precipita a su vez en un proceso inconsciente motivado por nuestra propia decisión de hacer de nuestras herramientas algo perecedero.

Esta crisis del virus ha puesto en esa tesitura elementos que creíamos, de tan necesarios, imperturbables. Los aeropuertos, por ejemplo. Aviones y, por consiguiente, aeropuertos se cuestionaban antes por razones ecológicas y económicas, pero el virus los ha colocado en trance. Viajar menos y más lentamente y sin los agobios y las falsas necesidades de antes quizás sea una de las evidencias que ha revelado esta situación.

Existen diferentes tipos de obsolescencia. La habitual es la de una herramienta superada por otra. La del fax frente al correo electrónico. ¿Recuerdan el fax? Sigue en muchas mesas como la reliquia de un tiempo pasado que no nos atrevemos a clausurar.

Sin embargo, existe otro tipo de obsolescencia, la de los símbolos. Los símbolos no pierden su condición, sino que, como la materia, la trasforman. No es tanto una obsolescencia imposible la de los símbolos como una mutación de su utilidad. No importa que haya nuevos que puedan ocupar espacios de los antiguos, todos caben. Aguantan todo, porque se aguzan, afilan, lañan o recomponen, se dotan de un significado que no pierde del todo el que tenía pero lo retuerce hasta provocar una clase de obsolescencia similar a la podredumbre. Miren las banderas, por ejemplo. Quizás de siempre se empuñaron contra otras banderas, pero tuvieron su momento de gloria en épocas pasadas. Sin embargo, hay quien aún las emplea para arrojárselas a otros, para apropiarse de su valor simbólico y arroparse con él contra lo que sea, incluso contra una enfermedad letal. Hay quienes las entienden como un capote o una coraza, parte de una armadura de combate. Se la pone uno por capa y se siente autorizado a cualquier cosa, saltarse la ley o el sacrificio colectivo y solidario. Son comportamientos obsoletos. Pero cuidado, la obsolescencia crea objetos inútiles que ocupan espacio y no han dejado de funcionar. Como el fax.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 24 de mayo de 2020,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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