Ante la enfermedad

“Autorretrato con el Dr. Arrieta”, de Francisco Goya. La inscripción en la parte inferior dice: “Goya agradecido, a su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con ge le salvò la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fin de año 1819, a los setenta y tres de su edad. Lo pintó en 1820”.

Por LUIS GRAU LOBO

Ahora que la plaga cede y el número de afectados mengua casi tan deprisa como aumentó, podrían reconocerse tres actitudes básicas ante la enfermedad de los demás. El que mima, el que ayuda y el que abronca.

Nos volvimos un poco moñas. Vimos cómo el mundo se hacía blandito para tolerar el sufrimiento, actitud que sirve en especial a quienes la practican. Homéricos por encerrarnos en casa, afrontamos reportajes, programas y trendintópicos atiborrados de cursiladas y aplaudíamos impávidos a las ocho disimulando con sonrisa de circunstancia nuestras ganas de estrangular al tipo que evacuaba por el balcón tonadillas cursis a todo volumen. Hemos sobrellevado tantos sesudos artículos de fondo y reflexiones de gente con estudios sobre un mundo nuevo a la vuelta del virus que ansiamos sea el mismo de antes, aunque nos dé un poco más de vergüenza que antes. Ajena y propia. Nos empalagamos y la digestión será pesada; suerte de verano. ¿Creímos que el mundo iba a ser otro siendo nosotros los mismos? ¿Cuántas veces los hechos contradijeron con su tozudez esas esperanzas de cuento de hadas? ¿En qué ocasiones las confirmaron más allá de los anecdóticos samaritanos que afloran en las pantallas a la mínima oportunidad (a veces parecen estar a sueldo)? ¿No hemos comprobado, una vez más, que, en momentos delicados, los miserables se ven más miserables y los bondadosos más bondadosos?

Luego están los que callan y ayudan. A ellos, que no apetecen minutos de fama ni derrochan expresiones públicas de gratitud (aunque se emocionen con ellas), les debemos salir adelante con los mínimos daños. Son gente que pregunta qué hay que hacer o, sin que nadie lo diga, se ponen a ello como si fuera su cometido natural. Se equivocan, pero solo a quien hace le sucede.

Hacerse solidario con el enfermo, aunque sea torpe y edulcoradamente, es lógico. También lo son el silencio como forma de respeto y el compromiso, como método de salir adelante. Pero existe un tercer grupo de gente, los que se crispan y reprochan, ponen piedras en las ruedas o se ofenden sin moderación o motivos. Critican al médico y al paciente, al que hace y al que no, al que se equivoca y al que va a equivocarse (según ellos), sin ofrecer alternativa ni solución. Tal vez están enfadados porque querrían ser el paciente y el médico a la vez, no soportan dejar de protagonizar cualquier circunstancia, llevar el timón, y se ven relegados a un papel que no merecen (según ellos). En estos meses crueles he sentido orgullo de país gracias a los segundos, y hasta a los primeros. Pero me da envidia de otros países asistir en el nuestro al comportamiento bochornoso de los terceros cuando toca arrimar el hombro para sacar adelante una patria que solo parece la suya si la gobiernan.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 7 de junio de 2020,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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