Apetencia de vacío

Por LUIS GRAU LOBO

Cuantiosas manifestaciones artísticas tienden a poblar sus soportes con una plétora de motivos. A menudo ese abigarramiento deja apenas resquicio para imaginar lugar donde exista algo diferente o no haya nada. Los historiadores bautizaron ese comportamiento, se supone que propio de civilizaciones antiguas (no solo) o de actitudes primitivas o infantiles (tampoco), como ‘horror vacui’, horror al vacío, apreciando en él una aversión hacia lo otro, lo exterior o lo que difiere de un mundo compartido y seguro. Traducción formal del miedo a lo desconocido. Son pocas las culturas que han sabido complacerse en la ausencia y lo extraño reservando un lugar de privilegio a esa nada que eleva cualquier presencia a la categoría de una aparición.

En nuestros días, las pantallas negras reproducen ese mismo horror. Su apagón aterra. El vacío provoca también una desazón narrativa que sigue cultivando la ciencia ficción como territorio temible, escenario de tragedias y morada del frío y la muerte. También los parajes desérticos, solitarios o abandonados participan de esa condición angustiosa y a menudo vaticinan una tragedia, sentenciados a reproducir aquella que los convirtió en lo que son. Hay quien dice añorar cierto vacío, lugares inexplorados y blancos en la cartografía, pero queremos que la experiencia de lo incógnito sea organizada por una agencia de viajes.

La España vacía (no vaciada, por favor) relatada con agudeza por Del Molino, ha traído a la actualidad el enorme yermo estratégico creado por la historia consciente e inconsciente –aquí sí singular– de este país. Entonces llegó la pandemia. Como en toda peste lo primero que se devasta en el sálvese quien pueda ha sido la confianza, la anterior relación con los semejantes, convertidos en amenaza y posible vía de contagio. Bajo esta premisa, el distanciamiento individual conduce, de forma directa, al apartamiento: el vacío entendido como escape y trinchera. A ello contribuye, por supuesto, el anhelo de retorno a lo campestre común a toda civilización urbana saciado atropelladamente con fines de semana y vacaciones que acaban por trasplantar al campo los comportamientos de la ciudad. Sin embargo, asistimos ahora a un temor a la multitud, una especie de horror turbarum.

La disposición de un espacio personal sobredimensionado siempre ha sido la distinción de quienes podían permitirse todo lo demás. Pero había de ser exhibido. El afán de vacío y sus atributos han sustituido de golpe aquello. La quietud, el silencio, la serenidad, el retiro anónimo o secreto… Los caserones de los pueblos, el abrigo del monte, las playas desiertas o los ecos de la montaña son los horizontes que pueblan el imaginario pandémico en lugar de aquellos exotismos estandarizados y superpoblados del turismo… Hemos abarrotado el vacío, fugaz escenario de un drama que se repite.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 6 de septiembre de 2020)

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