Dos poemas de Eunice Odio

Eunice Odio, en una foto de su adolescencia.

En TAM TAM PRESS continuamos con la sección antológica “LOS POEMAS COLGADOS”*, con textos de poetas muertos escogidos por Ildefonso Rodríguez Eloísa Otero. El trigésimo primer autor que llega a esta sección es la poeta costarricense-guatemalteca-mexicana Eunice Odio (San José de Costa Rica, 1919 – México, 1974), una escritora con alta tensión pasional y erótica, cuya obra se sitúa en la transición entre el realismo y el vanguardismo, especialmente dentro de la corriente surrealista.

Viajera incansable (Nicaragua, El Salvador, Honduras, Cuba…), en parte llevada de su espíritu inquieto y en parte huyendo de su patria natal, Eunice Odio recreó en su obra poética —con gran riqueza verbal y sensibilidad extrema— la visión plástica de un mundo no siempre feliz, y transmitió en sus versos la misma intensa pasión con que ella vivió sus días.

Los ocho poemas que componen su primer libro, Los elementos terrestres (1948), son de un erotismo explícito, un canto a la entrega física entre “amado y amada”, con ecos léxicos de Juan de la Cruz, del Cantar de los cantares y otras influencias bíblicas. Este libro se publicó en Guatemala, donde obtuvo el premio Centroamericano ’15 de Septiembre’ y, ante la indiferencia que se le prodigó en Costa Rica, Eunice Odio decidió nacionalizarse guatemalteca.

Su siguiente poemario, Territorio del alba (escrito entre 1946 y 1948 y publicado en 1953 en Argentina) contiene mayores audacias léxicas e imágenes rompedoras, con pinceladas de surrealismo. En 1955 tuvo que salir de Guatemala por problemas personales y se afincó en México y, salvo dos años largos que residió en Estados Unidos, ya no abandonaría nunca el país centroamericano, donde se nacionalizó en 1962 y donde trabajó como traductora para diversas editoriales, y como periodista cultural en El Diario de Hoy, además de escribir cuentos, ensayos, artículos y reseñas para revistas literarias de todas partes. En 1967 ingresó a la Orden Rosacruz, donde alcanzó el 2º Grado Superior del Templo a finales de 1968.

Su tercer libro, Tránsito de fuego (1957, su mayor logro), se publicó en El Salvador, después de presentarlo a un concurso. Practica en este poemario una inteligencia creadora capaz de convocar lo nombrado mediante la palabra escrita a través de un largo poema dialogado. Evolucionó hacia una poesía más difícil si cabe a partir de Pasto de sueños (1953-1971), más metafísica y conceptual, con poemas más extensos. Sus Últimos poemas están fechados entre 1967-1972.

En su “biografía en línea” [Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografía de Eunice Odio. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea] se dice de ella: “En los últimos años de su vida alimentó su existencia con el alcohol y una cólera lacerante que la hizo aborrecible a los demás. Murió cuando preparaba las pruebas de corrección de la antología de sus mejores poesías, Territorio del alba y otros poemas, que tuvo edición póstuma el mismo año de su fallecimiento. Dicha edición se cerró con unas notas de pesar de quienes la conocieron, y todos ellos, amigos suyos, hablaban de una mujer de pasión quemante, llena de dolorosa angustia, agresiva, visceral y extraña. No en vano, su muerte acaeció en absoluta soledad, y su cadáver fue hallado en la bañera a los diez días del trance”.

Eunice Odio.

:: Dos poemas de Eunice Odio

Natalia, la niña del pintor Granell

Ahora estoy en esta ciudad
peligrosamente armada de riesgo
y llenos de accidentes la voz,
el traje claro,
el pulso de amor.

Uno de estos días en que andaba callada
y recorriendo para siempre mi espalda,
de pronto resbalé sin fin,
mi caída atravesada por un astro.

Por todo eso:

peligro,

gracia,

riesgo,

me es grato recordar su casa instalada en el mundo
para que su mujer se aclare las trenzas
que le suben como árboles;

para que su mujer agrupe la miel
y la apretada harina
en altos signos cotidianos.

Su casa instalada en el mundo
donde violentamente armándose de lámparas,
corazón al cinto,
pinceles al alma,
secreta la memoria,
se reorganiza su salida al sueño.

Aparte de todo eso
recuerdo a la muchacha de los peces impalpables
a quien con otra voz, con otra cifra,
espera el mar sentado en su banco de arena
o disfrazado de pez en el olivo;

y su desnudo de un caballo atormentado
cuyo balido de varón prematuro
reanuda el cielo más allá del aire

También,

y poco a poco,

como cuando en la infancia
yo soñaba que un sueño me dolía
recuerdo al muchacho que yo amaba:

una tarde íbamos por mi cuerpo
con alegría de arpas cosechadas,

cortadas en la mañana,
y húmedas.

Entre tanto, a treinta mil kilómetros de mi alma
y mientras yo recuerdo,

Amparo, su mujer, vestida a la moda de las amapolas,
canta una canción.

Luego dice: (el silencio le pica las venas
como un pájaro):

–¡Qué hermosa está la niña.
Es ya la piel azul de las jardinerías!

Yo me miro por dentro,

preparo lentamente
un acto de terciopelo…

…De súbito,
en la ventana,
sin que nadie lo sienta,
un ángel se desviste de río pequeño,
pone a secar la brisa
y se derrama.

Después quieren que yo no escuche,
que no salte la niña,

(la niña da un salto de lámpara que se abre,
de norte a sur recorre una azucena)

¡que nadie la vea!
La niña se me acerca allá en mi pecho,
la oigo perder su paladar sin venas.

(Cerca de la ventana,
con poco pie de barco distraído
ha caído un deseo de irse volando a nácar

el mar,

todo verde).

Pero dice la niña allá en mi oído:

–El mar ha salido de paseo por las playas,
¡qué dirían los viejos cocodrilos si lo vieran!

(¡qué nadie lo sepa!)

La niña tiene un retrato del mar

(¡Qué nadie lo vea!)

— — —

Si pudiera abrir mi gruesa flor…

Yo no me dejaré humillar por las cosas irracionales:
penetraré lo que haya en ellas de sarcasmo hacia mí
haré que las ciudades y civilizaciones se me rindan.
Whitman

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero
acordarme…
Cervantes

Eunice andaba en el sueño
con zapatos de vigilia,
¡ay, Eunice, por tus pies
te van a negar el día!
Eunice Odio

Si pudiera abrir mi gruesa flor
para ver su geografía íntima,

su dulce orografía de gruesa flor:
si pudiera saltar desde los ojos

para verme, abierta al sol,
si no me golpeara de pronto, en la mejilla,

esta reunida sombra,
esta orilla de silencio

que es lo que ciertos pañuelos a la lágrima,
un aposento blanco, descubierto.

Si pudiera quedarme abierta al sol
como el sencillo mar

y alta, recién nacida hija del agua,
creciera mi color al pie del agua.

Por qué no he de poder desnudarme los pies
en una casa en que los alfabetos ascienden

por el labio a la palabra, y en que duendes de menta,
sirven té verde y florecida sombra.

Por qué no he de poder
desnudarme los pies en una casa

en que todos los días
un año desviste su estatura melancólica,

y en que la costa azul de un relicario
guarda el retrato de un vecino de mayo que se ha ido.

Sin embargo

no puedo desnudarme los pies en esta casa
ni poner sobre la mesa el corazón.

Pero puedo abrirme como una flor
y saltar desde los ojos para verme,

abierta al sol.

Granada, Nicaragua, Junio 12 de 1946

Sello de Costa Rica, en homenaje a Eunice Odio en el centenario de su nacimiento.

Obras de Eunice Odio:

  • Los elementos terrestres (Premio centroamericano 15 de septiembre de 1947). Guatemala: Editorial El libro de Guatemala, 1948.
  • Zona en Territorio del alba. Argentina: Brigadas Líricas, 1953.
  • El tránsito de fuego. El Salvador: Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, Col. Poesía, Núm. 5, 1957.
  • El rastro de la mariposa. México: Finisterre, s.f.
  • Territorio del alba y otros poemas [Antología póstuma, incluye Pasto de sueños (1953-1971) y Últimos poemas (1967-1972)]. San José: Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), 1974.
  • Antología. Caracas: Monte Ávila Editores, 1975.
  • Obras completas en tres tomos. Edición de Peggy von Mayer. Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica-Editorial de la Universidad Nacional, 1996.

— — —

“LOS POEMAS COLGADOS”

NOTA de Eloísa Otero e Ildefonso Rodríguez: Esta sección quiere ser una Miniantología (que puede alargarse hasta donde nos den las fuerzas y las ganas). Un doble criterio nos guiará: El primero, serán poemas que los autores no podrían colgar por sí mismos, por ser ya de aquellos que Joyce sin más llamó fantasmas (“… alguien que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres”). O por decirlo con Quevedo, en nuestra Miniantología viviremos “en conversación con los difuntos”. Y segundo: nuestros propios gustos, que ojalá sepan recoger el hermoso Babel de la poesía, la Gran Republicana.

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