Para que yo no muera (Caminando con César Gavela)

César Gavela. Fotografía: Pilar Blanco.

El escritor y articulista César Gavela (Ponferrada, 1953) falleció el pasado miércoles 9 de septiembre de 2020 en Valencia, ciudad en la que residía desde 1976. Una de sus grandes amigas, la poeta leonesa afincada en Alicante Pilar Blanco, afirma al vincular en FB este artículo publicado originalmente en astorgaredaccion.com: “Probablemente el texto que más me costado escribir en mi vida. Para César siempre”.

Por PILAR BLANCO

Siempre lo acompañó. En sus relatos la muerte tenía acento del noroeste, semblante de mujer pálida con ojos que relucían de repente en el claro de un bosque, en el tren camino del amor, en las habitaciones de hotel o evaporándose tras las esquinas de ciudades sin nombre, de ciudades con un puente de hierro, de ciudades rodeadas de naranjos en flor. Aparecía confundida en la luz o entre la niebla, real o acaso no, porque ella nunca terminaba por existir; no sé qué pasaba.

Siempre la llevó dentro, hasta cuando más vivo se sentía, pues en su sangre contendían y se abrazaban corrientes de humor y melancolía, del Sil al beber del Boeza, del Sil al entregarse al Miño. Una brillaba en su conversación y hacía vibrar a la concurrencia, absorta y atrapada en su chisporroteo narrativo. La otra se entrevera en su escritura, asoma en los diálogos de sus personajes, plantea la paradoja de respirar y al tiempo ir de la mano de los muertos, que contados por César estaban menos muertos. Porque poseía el don de insuflar aliento por intenso que fuera su dolor, porque tanto caminar guiñándole un ojo a la muerte enseña a amar la vida y apurarla a manos llenas; y porque su deseo fue siempre ser feliz y hacer felices a quienes lo rodeaban. Con ambos propósitos escribía.

—¿Dónde estás?

—Aquí.

—¿En la muerte?

—Nadie está en la muerte; estoy en la voz que queda.

—¿Te puedo pedir un favor?

—¡Por supuesto! Dime cuál.

—Que no me olvides nunca.

—No te olvidaré aunque no te haya conocido. Pero ¿por qué no debo olvidarte?

—Para que yo no muera. Para que siempre esté en el camino.

Siempre lo acompañaron, cada uno a un costado: la muerte y el amor. Y este podría ser la imagen idealizada de una muchacha de belleza rubia y altanera, los juegos fugaces que alegran las pupilas y pasan, el amor maduro de plenitud e incendio o la esperanza última, anclada en kilómetros e imposible, con que reconstruir los destrozos del destino, mientras que la muerte era una aparición que intentaba eludir el olvido, meras imágenes desvaídas que arrastra la corriente.

Quería eso.

Vivir un amor de pasión, de entrega, de mutua indagación, de descubrir el mundo y el placer, sus fronteras más lejanas. Y unirse ahí, hacerse nuevos los dos amantes en ese ámbito de agua y luz. Que la vida fuera otra, la que era.

Amor y muerte que deambulan por sus libros, amor-humor de invenciones atrabiliarias, de risas a toda hora; muerte que ríe la última pero jamás temida sino encarada, burlada y finalmente burladora. Amor y muerte labrando su surco en la memoria prodigiosa del “niño de los mapas” que todo lo había leído, que todo lo sabía, que todo lo recreaba.

Años y años la muerte y yo, con lluvia o con sol, con nieve o canícula, por las tardes y las noches sobre todo, en el invierno mejor que en el verano, en el otoño tanto o más que en la primavera, y lo mismo en los tiempos buenos que en los malos, en la salud que en la enfermedad.

Nunca dejó de pensar en su origen, la siempre presente Ponferrada del dólar, el puente de hierro, la montaña de carbón y la heroica Ponferradina, junto con la mítica Ibias que en su boca se cubría de ecos de Macondo y Comala, remembranzas de niebla y gentes buenas que vivían sin saber bien por qué y dejaban una sombra pálida, sin estridencias, tan ratona como ellos mismos.

Su memoria se enraíza así en la infancia, en el paisaje del noroeste de España donde se funden León, Asturias y Galicia. Está además en su peculiar familia, de la que siempre hablaba y a la que ha convertido en pura literatura todavía sin editor. Y aquella desde la que se adentra en los años del maquis y los cadáveres en las cunetas cuyas almas vagan por los bosques y visitan a los parientes y se acuestan con sus viudas; la de los mundos paralelos, siempre una vela para la fantasía aunque la vela de la realidad deje gotas ardientes en el ánimo cuyas quemaduras cicatrizan mal.

Pero también le pertenece la memoria literaria. Un escritor es vampiro de libros ajenos hasta que logra que aquellas sangres se mezclan con la suya y pasan a formar un mismo cauce de historias y ADN.

Los abuelos, la madre bohemia y un tanto alocada, el padre viajante y adorador nocturno, la invisibilidad del tío José, la apostura del tío Pepe, la integridad de Celso, la piña fraterna de los cinco hermanos juntos hasta el final, hasta los días malos y los tragos difíciles que alejan a tantos de las personas dolientes. Su papel del mayor de cinco hermanos que se fue al seminario para tener habitación propia y en lugar de empaparse de teologías y fe muevemontañas quedó para siempre cautivado por el misterio de la palabra y descubrió un amor por la literatura que ya no le abandonaría nunca, su auténtico patrimonio.

Luego vino la carrera de Derecho en Madrid, el año en San Sebastián y el ancla de Valencia, donde también había tíos y hubo amigos, matrimonio, un hijo. Y un gran amor: el mar Mediterráneo. Se sucedieron entonces los libros y los premios, muchos y de calidad; años de subida, la amistad entrañable con Muñoz Suay y Ramón Carnicer a los que dedicó generosos y bellísimos libros, su presencia en la vida literaria valenciana; el articulista, el narrador innato, bebedor de las fuentes de Cunqueiro y Pereira; el apasionado de los mapas y la prensa, el sabio de lo excelso y de lo mínimo, el abogado compasivo, el gestor concienzudo, el funcionario saltimbanqui, el observador curioso de libros, de cuerpos y de almas. El aguachirle de la vida cotidiana, el desamor y sus consuelos, el deslumbrado amor tardío y sus espinas, los sueños y las inevitables decepciones: tantas personas distintas y un escritor verdadero que a lo largo de los años fue sacando sus obras y abatiendo gigantes con nombre de premio, como el Vargas Llosa-NH de relatos, el Ciudad de Valencia o el Torrente Ballester, pero cuyo prestigio no consiguió despojarlo de su balsa, de su barba, de sus harapos de náufrago involuntario, aunque ya acomodado a ese estar sin estar de la intemperie. Y mientras hacer acopio de lugares, personas, propósitos y adioses que desfilarán luego en el vértigo de los últimos minutos, siempre desde el sesgo inteligente de la ironía, esa arista que no hiere sino que distrae del dolor de la herida.

Con ella devanó la madeja de los cuentos con Pobres del Sil y Cuentos de amor y del norte; la de la novela con La raya seca, El puente de hierro, El obispo de Cuando y La Sagrada Familia, escrita junto con su entonces amigo y compañero de fechorías Alberto Gimeno.

Pero también se acercó al ensayo en Ramón Carnicer; a la semblanza biográfica con De Ricardo Muñoz Suay, a los artículos periodísticos recogidos en Un hombre y un gato de Valencia, junto con los cuentos que hasta el último momento fue publicando cada semana en distintos medios valencianos y leoneses. En 2012 regresó a la creación con la gavilla de cuentos El camino y otros pasos, donde vuelve a indagar con eficacia en esa brevedad que lo contiene todo, que lo sugiere todo desde su decir tanto como desde sus silencios y que tanto lo atraía, pues un microrrelato es una flor de nieve en la lengua, candente frío antes de derretirse.

Su obra continuó abriéndose camino con Braganza (2015), la novela El general se confiesa (en edición digital de 2016 cuya reedición en papel esperaba precisamente para este 2020 de adioses y pandemia) y Los astros (2019).

Sus últimos años estuvieron marcados por el dolor, las pérdidas y el renacimiento.

Sobre las cenizas del pasado intentó levantar una arquitectura de aire, ahora sabemos cuán frágil, que esperaba convertir en su hogar cuando todo pasara. Con la ayuda del amor, del flamenco y la literatura.

No ha querido flores ni despedidas. Si acaso una velada íntima llena de carcajadas a costa de los hábitos de su padre el viajante, las ocurrencias estrafalarias de su madre, el tarugo gallego del “que te pincho”, la “giganta de Jerez”, las andanzas ‘tiojoseicas’ o la vana glosolalia de la “poesía nádica”, cada vez más pujante y más inane. Tantos relatos, tantas risas, tanto tiempo compartido que posan un beso indeleble sobre los labios del recuerdo.

Yo estaré en el aire, no existe otra patria para los muertos.

—Te respiraré cada día.

Cuando un escritor muere deja de ser él mismo para convertirse en un ser de tinta. En una o dos generaciones se desdibujarán los rasgos de su personalidad mientras va cobrando fuerza lo que trasluce su obra. Que fuera simpático o insoportable, seductor, torpe, hipocondríaco, muñidor de voluntades o ermitaño, alegre, tiquismiquis insignificante… poco importará ya a quienes no disfrutaron o sufrieron su compañía.

Pero la emoción, el bombardeo intelectual, el desafío del lenguaje, la profundidad de los mundos que haya explorado al escribir son inmarcesibles. Nada los debilitará, ni siquiera el olvido. Por eso tantos autores se vuelcan en la escritura y no en los salones palaciegos ni en los escaparates mediáticos. Gente de otro sentir y otra manera de entender la literatura, a sabiendas del seguro aislamiento en vida, de su más que posible desaparición tras cruzar la frontera de la muerte.

Cuando un escritor muere pasa sin desearlo a ser página de periódico y obituario, reivindicación amical de quienes lo trataron mucho o no lo trataron nada, recreación conmovida, campanades a morts, silencio íntimo, goteo de memoria compartida o  fabulada de manera oportunista y volandera, lágrimas que ruedan mejilla abajo, ondas hacia el río del olvido o arena aurífera como la del padre Sil. ¿Quién conoce su vida más allá de la vida?

EL REVÉS DE LA VIDA NO ES LA MUERTE

Es otro lugar que está entre el morir y el vivir. Donde la palabra queda. Aunque nadie la pueda escuchar.

Queda presente en muchos corazones, en muchos rincones de la geografía que estudiaba de niño escondiendo los mapas dentro del libro de matemáticas. El mundo en el extremo de su índice cada vez que inventaba el mundo, su camino de hombre. Pues si las cosas, si las personas pasan, perduran las palabras con que recuperarlas, con que vencer al tiempo y desde allí decirnos: Nómbrame. Si me nombras, no muero.

No muero si me lees.

MI JUEGO ES ESTE APARECER

Donde no me esperan, en los rincones más apartados del camino.

—¿Y qué quieres de mí?

—Saber que he vivido. Saber que fui.

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