Generación de hierro

Por LUIS GRAU LOBO

Terminamos de aprender lo de ser resiliente y algunas palabritas más de esas que suenan a nuevas aunque digan lo de siempre. Nos tenemos por cautos y hasta probos ciudadanos solo por llevar una mascarilla o tomar café al relente. Y hasta cantamos a pleno pulmón canciones polvorientas como si se tratase del himno de una resistencia clandestina cuando nuestro acto más heroico consistió en recluirnos en pijama en casa mientras veíamos la tele por cable, nos traían recados a domicilio y bajábamos a por el pan para darnos un garbeo. Aún no hemos llegado al año de calamidad y ya estamos celebrando su final con la ruptura de normas que seguimos necesitando para salvar vidas, como los niños traviesos en que nos hemos convertido, si es que dejamos de serlo.

A poco que lo pensemos, sin embargo, nos reconoceremos como una generación afortunada, quizás la más bendecida con la época sin guerras más duradera de esta región del mundo, un estado de bienestar creciente en décadas y una atención social sin comparación a escala histórica. Si bien en estos años los logros se tambalean y la injusticia crece, aún disfrutamos de lo que ganó a pulso otra generación, la anterior. Esa que padeció en España una guerra civil y una posguerra sin parangón en Europa: muerte, hambre, aislamiento, represión, miseria… Ellos nos trajeron aquí y ellos mismos son los que nos dicen en estos días: a casa no vengas, quédate en la tuya, cuando saben que pocas fechas como estas les quedan ya por vivir con sus seres más queridos, aquellos por los que sus biografías se asemejan a un serial de desgracias y padecimientos que nosotros leemos o vemos en una serie televisiva para ‘recrearlos’; aquellos que han sido el empeño del que sienten orgullo y por el que dieron y dan todo.

Mucha de la crudeza de esta plaga bíblica se ha ensañado además con esa misma generación. Pero ellos la conocen, porque conocen este tipo de catástrofes y lo que se cobran. Saben que de poco valen las expresiones públicas de pesadumbre, los enfados aireados, las paranoias, los juramentos o imprecaciones, los intereses bastardos y hasta las ‘resiliencias’. Saben que solo se sale de ellas apretando los dientes y propiciando que trabajen de la mejor forma posible quienes pueden sacarnos del peligro. Ellos saben qué hay que hacer y qué no, y también que algunos de ellos morirán en el intento, como sucedió siempre, y que serán menos cuanto menos aspavientos y distracciones pongamos en el camino y más nos comportemos como los adultos que procuraron fuéramos, evitándonos los sufrimientos a los que ellos debieron acostumbrarse. Ellos saben pasarlo mal, lo han hecho demasiadas veces.

Ocupémonos de ellos y de escucharlos, por una vez. Feliz año a todos.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 3 de enero de 2021)

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