“Cuentos de la nueva normalidad”, 21 historias escritas durante el confinamiento

La editorial astorgana Marciano Sonoro Ediciones se suma a la celebración del Día del Libro con la presentación de una nueva antología de relatos titulada “Cuentos de la nueva normalidad”, que reúne 21 relatos de diez autores: Sol Gómez Arteaga,  José Luis Puerto, Bruno Marcos, Mario Paz González, Eloy Rubio Carro, José Miguel López-Astilleros, Antonio Toribios, Manuel A. Rodríguez, Miguel Martínez Panero, Alberto R. Torices e Isabel Llanos. La presentación tendrá lugar en el Salón de los Reyes del Ayuntamiento de León (plaza de San Marcelo) este jueves 22 de abril a las 19:00 horas.

El acto se realizará bajo estrictas medidas covid. Aforo limitado. Reserva de invitaciones en el teléfono 987583011 (horario de 9.00 h. a 14.00 h.) o a través del correo electrónico: extensionbibliotecaria.bmleon@gmail.com

En la presentación de “Cuentos de la nueva normalidad” participaran varios de los autores que forman parte de este nuevo libro de Marciano Sonoro Ediciones y ellos mismos se encargarán de leer fragmentos de sus relatos y de contar su personal experiencia literaria durante esta situación de pandemia.

La selección de los relatos ha estado a cargo de Bruno Marcos, quien también se encarga del prólogo, donde, entre otras cosas, señala: “…una ‘nueva normalidad’ nada normal, ni siquiera parecida a los futuros posibles que preveíamos sino más bien cercana a las historias que nos aterraban…”

Son en total un conjunto de 21 historias escritas durante el periodo de confinamiento donde cada autor se adentra en sus incertidumbres y desconciertos, resultando, en todo caso, una serie de mecánicas para exorcizar el encierro y observar un mundo que cambió nuestra perspectiva, de la noche a la mañana.

Reproducimos a continuación el prólogo de Bruno Marcos:

LA NUEVA NORMALIDAD Y EL VACÍO SIN HECHOS

Una epidemia no es en absoluto una cosa nueva en la historia de la humanidad pero sí lo ha sido el confinamiento global que hemos vivido y las medidas que se han presentado con ese extraño concepto de la “nueva normalidad”.

Los primeros días empezaron a desaparecer los acontecimientos aunque no nos dábamos cuenta porque el propio confinamiento nos pareció un acontecimiento en sí. Estábamos haciendo algo aunque ese algo fuera no hacer nada, quedarnos en casa. El estrés doméstico llenó los días en una huida hacia adelante. Aplaudir en las ventanas fue un gesto de gratitud pero también una cita para que cada día ocurriera algo. Luego, en poco tiempo, todo se llenó de nada. Las noticias que no eran la pandemia dejaron de producirse y estas mismas fueron reduciéndose a unas cifras y a una resignación o una esperanza.

Las vacaciones fueron peor, vacaciones de qué, nos preguntamos. Se hizo con ellas más patente el vacío. La ficción pasó de ser un deseo a ser una obligación, incluso una recomendación política, y lo irreal fue más real que lo real hasta que acabamos conviviendo con los personajes de las películas, de las series o de los libros por las habitaciones de la casa. Pero las ficciones se volatilizaron pronto como fantasmas cuya visión no es posible sin la materia real de la que son reflejo. En un primer momento vinieron a la mente colectiva un buen número de referencias culturales de epidemias, de pestes, de calamidades parecidas, un auténtico aluvión de erudición apocalíptica en paralelo a océanos de sugerencias evasivas, pero todo había quedado fuera de la actualidad que fue inédita. Estaba ocurriendo algo trágico en los hospitales, en las residencias de ancianos, en las morgues y, fuera de las noticias, lo que vimos fue que no pasaba nada, que se había suspendido la vida en espera de que volviera. No podíamos saber -ni nadie nos lo había dicho- que quedarse en casa no era sólo eso sino contemplar por vez primera en la historia cómo desaparecían los acontecimientos, cómo se detenía el mundo en el vacío sin hechos. Los caminantes solitarios, con la bolsa de la compra o el perro, fueron simplemente testigos de lo que pasaba, mejor dicho: testigos de lo que no pasaba, figuras que daban la escala del vacío.

La “nueva normalidad” es una contradicción en términos y las contradicciones son huéspedes extraños pero fijos. Las paradojas producen relatos que no se acaban nunca porque no tienen solución. Lo normal es lo que ha ocurrido siempre y no puede ser nuevo, lo normal es lo contrario a lo nuevo, lo que se repite. Si nuestra vida va a cambiar hay que decir que lo que hasta ahora ha sido lo normal no será ya más, que caminamos a otra normalidad que se establecerá en el futuro.

Tras el coronavirus puede ser que todo vuelva a ser como antes o no. Aceptando el oxímoron, esa “nueva normalidad” se presenta como un porvenir muy distinto del que se intuía antes de la pandemia, en ella hay una mezcla de pasado y futuro con resultados inesperados, una irrupción radical de cosas que estaban todavía emergiendo y una muerte súbita de otras viejas: La ausencia de contacto físico, la desaparición de las reuniones, del ocio multitudinario, la desertización de la calle, la intromisión en el hogar, la puesta de los medios particulares al servicio del teletrabajo, el coche privado en vez del transporte público, adiós al dinero en metálico, fin del viaje aéreo en masa, fin del turismo internacional, refugio en los despoblados, confinamientos, mortandades de ancianos, más aumento de la vida virtual, ausencia de hechos, pobreza de noticias, mejora ambiental por paro productivo, el estado de alarma sustituyendo al democrático…

En definitiva, una “nueva normalidad” nada normal, ni siquiera parecida a los futuros posibles que preveíamos sino más bien cercana a las historias que nos aterraban, un cambio que vacía de una buena porción de ficción a nuestras ficciones para dejarlas más reales, una “nueva normalidad” que se ha anunciado como las paranoias distópicas con las que nos entreteníamos y que, de consumarse, va a necesitar nuevos métodos para interpretar la realidad, nuevas maneras de contarla, otras formas de narrar.

Portada.

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