El eterno e irresistible atractivo del LP y el single

Una de las portadas más espectaculares de la época dorada del vinilo.

Por CARLOS DEL RIEGO

En las últimas semanas se han publicado las cifras de ventas de discos de vinilo, que siguen creciendo de modo imparable, sobre todo en EE UU e Inglaterra. Se venden más vinilos que CD´s, y no sólo álbumes de clásicos del rock, sino que muchos artistas de hoy publican en digital y LP desde la primera edición. Es posible que se vuelva a ver el vinilo como algo más que un soporte físico para escuchar música.

Cuando uno tiene un elepé o un single tiene algo, mientras que si las canciones sólo se tienen en soporte digital, en realidad no se tiene nada. Tal vez ese sea uno de los encantos que elevan las ventas de vinilos año tras año; se ha sabido que en 2020 se despachó un 30, un 40% más que el año anterior, y que los artistas vendedores son tanto los clásicos como los actuales. 

En los años dorados de la música rock (sesenta, setenta y ochenta) el disco de vinilo era el rey absoluto. Sólo tenía la competencia del casete (magnetófonos siempre hubo muy pocos fuera del ámbito profesional), pero el viejo elepé y el entrañable single tenían su propio encanto, su propio valor intrínseco más allá de lo que contuvieran. El CD parecía muy superior en todo, pero pronto se vio que no era así y que su vida no iba a ser larga; luego, la llegada de los soportes electrónicos (del mp3 al Ipod, el ordenador, el móvil…) aceleró la caída de las ventas de soportes físicos. Hoy se ha visto que lo digital y lo analógico pueden convivir, cada uno con sus pros y sus contras.  

En aquellos años de vacas gordas (musicales), la industria estaba en su apogeo y los músicos estaban a la altura publicando muchos discos que el tiempo ha convertido en históricos; sin embargo, con la llegada de la tecnología digital, no sólo cayeron las ventas, sino que la calidad de la música también experimentó un notable declive. Cualquiera que tenga un poco de perspectiva (o sea años), podrá decir de carrerilla dos docenas de grupos de las décadas mencionadas que ocupan lugar destacado en la corta historia del rock, grupos cuyos discos se siguen vendiendo, siguen siendo imitados y su influencia está clara. Por otro lado, difícil sería señalar siguiera dos pares de bandas surgidas (surgidas, no que estuvieran activas) en los últimos veinte años que hayan hecho historia, y dos pares de álbumes para el recuerdo que marquen a posteriores generaciones. Sí, ha habido buenas canciones y algunos grupos de verdadero mérito, pero nada que ver con los años dorados del disco de vinilo.

Cuando entonces uno compraba el disco de vinilo se encerraba (solo o con alguien que compartiera la misma pasión) a escuchar minuciosamente, a escudriñar todo lo que el plástico tenía impreso, a descubrir lo que el artista había creado, a disfrutar por fin con eso que tanto anhelaba; y mientras tanto, investigaba todos los créditos: fotos, títulos, compositores, productores, músicos invitados, lugar y fecha de la grabación, sello discográfico, año de edición, dedicatorias, explicaciones…, y a ello hay que añadir el repaso a las letras, pues la mayoría de los álbumes de calidad se editaban con una hojita con los textos de las canciones. En realidad era como una liturgia, un ritual emocionante, íntimo, que implicaba a casi todos los sentidos; sí, hoy escuchas en el móvil con los auriculares la canción, pero nada más. Sin embargo, con el disco de vinilo recién comprado escuchabas y a la vez contemplabas y analizabas las fabulosas portadas, cargadas de arte e intención y con fotos estupendas (algunas ya legendarias), leías todo lo que estaba escrito allí, manejabas la cartulina, le dabas la vuelta, la mirabas de arriba abajo, buscabas mensajes escondidos (muchas portadas y contraportadas los tenían), en muchos casos se podían desplegar y, en fin, las mostrabas orgulloso a los amigos y con ellos las comentabas. Todo esto es imposible sin Lp en las manos. Cuando uno compraba un disco de vinilo era para disfrute de casi todos los sentidos, no sólo del oído, resultando finalmente un objeto muy enriquecedor, algo que iba mucho más allá de un producto de entretenimiento.

En este sentido, cuando se empezaron a transformar en digitales las grabaciones analógicas (las registradas originalmente en cintas magnéticas) de algún modo se estaba traicionando al artista, a la canción y a todos los que trabajaron en ella, pues fue ideada y materializada de aquel modo; al convertir lo analógico en digital se distorsiona incluso el sonido (de hecho, oídos expertos distinguen perfectamente un tipo de grabación de otra), que se vuelve más frío, más distante, más artificial; es como si las ‘imperfecciones’ de lo analógico aportaran calor, cercanía. Bien podría decirse que escuchar una de Beatles, Bowie o Ramones en el móvil está fuera de contexto.

Tenían sus inconvenientes (imposibles para el coche, delicados, se  deterioran), pero los discos de vinilo poseían un encanto inexistente en los soportes digitales (ni siquiera en el CD), una gracia especial, pues perfectamente pueden ser considerados testimonios de su época, testigos de gustos y costumbres, de inquietudes y mensajes más allá de la música.

Un dato significativo es que entre los artistas que más elepés han vendidos en EE UU en los últimos trece años sólo hay uno que repite: The Beatles; el ‘Abbey road’ fue el más vendido en 2009, 10 y 11 con un total de más de cien mil ejemplares; en 2017 fue el ‘Sgt. Ppper´s’, que despachó 72.000 elepés; y en 2019 el ‘Abbey road’ volvió para superar el récord de ventas de vinilo en las últimas décadas con 246.000. Pronto serán medio millón…

Por último, quien haya sido fiel al soporte analógico a 33 ó 45 revoluciones por minuto, hoy tendrá una estupenda, vistosa y valiosa colección. Quien se conforme con la música en formato digital, sin soporte físico, podrá escuchar las canciones, pero nada más, de modo que irá consumiendo música del mismo modo que chicles o pañuelos de papel.

Quien tiene vinilos tiene tesoros.  

Visita el blog de Carlos del Riego.    

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