El terrible racismo que los músicos de rock negros soportaron en los 50

Como los demás músicos negros que dieron el primer impulso al rock & roll, Little Richard sufrió racismo desde sus inicios.

Por CARLOS DEL RIEGO

El racismo nació en Estados Unidos a la vez que la nación. Y nunca ha dejado de respirarse segregación y violencia en el país de las barras y estrellas. Hoy al menos trasciende y se denuncia, pero cuando nacía el rock & roll, en los 50 del siglo XX, los artistas negros sufrieron todas las formas de segregación y racismo. Y a pesar de ello tuvieron coraje suficiente para resultar imprescindibles para poner esto en marcha.

En la década de los 50 del siglo pasado EE UU era un país con la segregación racial institucionalizada. Blancos a un lado y negros a otro. En aquellos años en los que el rock daba su primeros balbuceos, los músicos negros sufrieron el racismo e incluso la violencia racista igual que el resto de no blancos.

La segregación y el más puro racismo estaban presentes a diario en casi todo Estados Unidos, especialmente en el sur. La esclavitud había sido abolida hacía casi un siglo, pero se habían promulgado las llamadas ‘Leyes Jim Crow’, que mantenían la legalidad del racismo. Se conocen diversos episodios en los que los músicos negros fueron humillados, despreciados, amenazados. Terry Johnson, de Flamingos, contó lo que pasó en un concierto que daban en Birmingham, Alabama, a finales de los 50: “Al llegar teníamos escolta policial que nos vigilaba para que no miráramos a las blancas. Uno de los policías nos dijo ‘no quiero ver a ninguno de ustedes, negros, mirando a las mujeres blancas. Si lo haces, tu trasero es mío’”. Johnson también describió otras acciones racistas, como cuando no tenían más remedio que, durante las giras, dormir en los coches, pues no había hotel que los hospedara, y algo parecido ocurría en casi todos los restaurantes, donde en una ocasión les sirvieron comida putrefacta.

Las discográficas abusaron, menospreciaron y maltrataron a aquellos artistas. Ejemplo típico es el del tema ‘In the sitill of the night’ (1956), que vendió más de diez millones de copias; sin embargo, su autor, Fred Parris (de Five Satins) cobró un total de 783 dólares; se ha calculado que, al menos, le correspondían unos cien mil. Pero era negro en EE UU en los años 50…

Otra forma de discriminación y explotación la ejercían los ejecutivos de las discográficas y las emisoras de radio, que llegaron a la conclusión de que toda canción vendería más con una cara blanca, así que cantidad de temas de autores negros se lanzaron versionadas por cantantes blancos, pagando muy poco por los derechos y, casi siempre, sin que los compositores vieran un céntimo. Pat Boone logró grandes éxitos con títulos como ‘Aint´ that a shame’ de Fats Domino o ‘Tutti frutti’ de Little Richard sin que estos recibieran más que unas migajas; Ricardito dijo que cuando escuchó la versión de Boone se puso hecho una fiera: “Quería atraparlo, quería ir a Nashville a buscarlo”.

Little Richard se enfrentó a muchas situaciones que hoy no serían toleradas. Apenas tenía 19 años cuando firmó su primer contrato. En ese momento él era responsable de su familia (su padre había sido asesinado tres años antes). Después de un año de rogar a uno de los pocos estudios que sopesaban contratar negros, consiguió un contrato y en 1955 lanzó ‘Tutti frutti’ con excelentes ventas; pero los beneficios se los llevó el dueño del estudio, Art Rupe, mientras el pobre Ricardito ganó 50 dólares por la grabación y medio centavo por copia vendida. Él dijo que “ya sabía entonces que hacía un mal negocio, pero si quería sacar discos y ganar algo de dinero no tenía otra posibilidad”.

El gran clásico ‘Hound dog’ que Elvis en 1956 convirtió en enorme éxito había sido estrenado años antes por artistas negros. ‘Big Mama’ Thornton y Johnny Otis (productor) la publicaron en 1952. Otis poseía la mitad de los derechos de publicación, pero cuando en la discográfica vieron lo que vendía Elvis pensaron que era más lucrativo no compartir beneficios con un negro. Éste, Johnny Otis, recordaba amargamente: “Les pudo la codicia. Incluso me demandaron por exigir lo que era mío. Y ganaron. Con ese dinero podría haber mandado a mis hijos a la universidad, como hicieron ellos”. Por su parte, ‘Big Mama’ ni siquiera pensó en contratar abogado.

Martha Reeves, de Martha & The Vandellas,  recordaba: “Estábamos muy felices al ir de gira por primera vez, cantábamos, salíamos de casa, éramos muy jóvenes y protagonizábamos un espectáculo…, y de repente nos encontramos con el odio, pues al llegar nuestro autobús fue apedreado…, pasamos mucho miedo”. Algo parecido le ocurrió a Dee Dee Sharp: “Nos apedrearon en el autobús en Jackson, Mississippi…, nunca más volveré allí. El grupo de blancos The Dovell, que iba de gira con nosotros, nos protegió de las piedras”. Y no sólo hubo sucesos semejantes en el sur; Leon Hughes, de The Coasters, recordó cómo al llegar para tocar en Lincoln, Utah, el promotor se acercó a ellos y les preguntó por The Coasters, a lo que respondieron que eran ellos, pero el tipo no se lo creía e insistía, cada vez con palabras más agresivas, en que The Coasters eran blancos; como les pareció que la ‘confusión’ podría desembocar en algo más, se largaron inmediatamente de la ciudad. 

Lo normal es que los blancos y negros fueran separados en los conciertos. A veces llegando a extremos demenciales. Jackie Wilson firmó para actuar dos veces el mismo día; cantó la primera sin darse cuenta de que todos eran negros, y canceló la segunda al comprobar que era sólo para blancos; él y sus músicos fueron expulsados de la ciudad a punta de pistola. Jesse Belvin era un cantante, pianista y compositor que empezaba a ser reconocido; en 1960, tras un concierto en Little Rock, Arkansas, con público integrado y con abundantes incidentes racistas, murió (con 27 años) junto a su esposa en un extraño accidente de coche; al parecer, hasta la policía estaba convencida de que el coche había sido manipulado; se pidió una investigación, pero… En ocasiones, en un concierto sólo para negros se colaban blancos o blancas, y cuando la policía se enteraba entraba a palos, detenía a los músicos y los llevaba a comisaría, donde podía ocurrir de todo.

El sello Chess and Checker (y otros) pagaba a artistas como Bo Diddley y Muddy Waters una tarifa fija por cada trabajo, independientemente de las ventas de discos, con lo que sólo las compañías lograban grandes beneficios; más aún, las discográficas exigían a los músicos los costes de producción, con lo que éstos se encontraban con que en lugar de cobrar, tenían que pagar.  Pues a pesar de aquellas humillantes e intolerables situaciones, el talento de todos aquellos emergió imparable y resultó esencial para el primer r&r.

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