Cicatrices en un vaso griego

Segunda entrega de la serie navideña «Figuritas de Navidad» para un belén otro:

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

Recuerdo mal esta historia de hace demasiados años y me llama la atención que lo que peor recuerdo sea la figura precisa en cuestión, tal vez una crátera del estilo geométrico u orientalizante, una obra magnífica, supongo (no es la de la foto). Una buena historia siempre mejora a su pretexto. Sí sé que se encontraba en la sala de exposiciones de un museo griego, una sola pieza en el centro de la estancia, protegida con un grueso cristal. A su alrededor, la curiosa historia cuyo relato, ilustrado con fotografías, ocupaba las cuatro paredes. Un atento vigilante se sentaba en un rincón.

Decía algo así. La cerámica había estado expuesta durante años en ese mismo lugar, solitaria, apartada como obra maestra que era, y durante esos mismos años el museo había encomendado su custodia al mismo vigilante, que, día tras día, se sentaba con ella, a mirarla con fijeza, hora tras hora. Mucho tiempo. Uno de esos días, sin mediar palabra, el vigilante se levantó de su silla, empuñó algo pesado y la emprendió a golpes con la pieza –entonces no albergada en una vitrina– hasta hacerla añicos. Durante las siguientes semanas los conservadores del museo se dedicaron a recogerlos uno por uno, incluidos los que parecían simple polvo de barro cocido, y durante los meses y años siguientes se consagraron a recomponerla, un proceso que se ilustraba ahora profusamente. Sin embargo, a la postre había faltado un pequeño pero importante fragmento con buena parte de una escena mítica pintada en aquellos trazos monocromos tan magistrales. La conclusión, puesto que se inspeccionó palmo a palmo el lugar, era que alguien, en el alboroto provocado por el arrebato, lo había sustraído.

Así fue. Algunos años más tarde llegó al museo un sobre anónimo que contenía el trocito, perfectamente embalado. La restauración hubo de recomenzar desmontando la pieza para rehacerla, pero ahora, al fin, el recipiente lucía completo y sus cicatrices apenas se notaban.

Las mismas preguntas que planteaba implícitamente esa exposición se hacían los visitantes al salir. ¿Por qué aquel ataque de furor contra la obra por quien debía protegerla? ¿Por qué robar un fragmento tan pequeño? ¿Por qué, una vez sisado, devolverlo? Quizás todas ellas tengan la misma respuesta y, en realidad, a los dos protagonistas de esta historia de museo les sucedió lo mismo. Durante años ambos vivieron dominados por la presencia de una obra maestra que acabó por imponerles su tiránica exigencia de atención. Fue un error del museo someter al primero a presión tan aguda que acabó por hacer lo único que podía, ya que habitaba esos dominios, rebelarse. El segundo obtuvo su liberación encomendando de nuevo esa carga al museo para que fuera repartida entre todos aquellos que lo pueblan.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 26 de diciembre de 2021)

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