«Animales de costumbres». Andrea López Kosak

Animales de costumbres
ANDREA LÓPEZ KOSAK
Editorial Pre-Textos, Valencia, 2021

Con «Animales de costumbres», la poeta argentina Andrea López Kosak se alzó, con total unanimidad por parte del jurado, con el III Premio Internacional de Poesía Juan Rejano-Puente Genil, poemario del que se destacó “la palabra precisa en su belleza y en su extrañamiento, cargada de significantes y de sonidos, con la que su autora transmite a los lectores su fuerza y su lirismo”.

Por ELOÍSA OTERO

Solo cuando me agito
mi corazón existe.
Andrea López Kosak

Hasta que recibió el premio Juan Rejano-Puente Genil, Andrea López Kosak (Bahía Blanca, Patagonia, Argentina, 1976) era una poeta prácticamente desconocida en España. Sin embargo, es autora de otros siete libros de poemas, publicados en distintos países de Latinoamérica: Bailar sola (Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, 2005); La Tarea (Manual Ediciones, Rancagua, Chile, 2011); Le dan hueso (Cinosargo Ediciones, Arica, Chile, 2012); Leva (Editorial Literal, México DF, 2015); Indor (El Ojo del Mármol, Buenos Aires, Argentina, 2015); Mula blanca (Caleta Olivia, Buenos Aires, 2018), y El jardín de las licencias (Prueba de Galera Editoras, La Plata, 2021).

Con Animales de costumbres, López Kosak se impuso sin ninguna duda sobre los casi 700 originales que concurrían a la tercera edición de este premio internacional que, en su primera convocatoria, fue a parar al poeta y periodista José Daniel Espejo (Orihuela, 1975) por «Los lagos de Norteamérica» —»un libro sobre los cuidados y sobre el trabajo invisibilizado de los cuidadores»—, mientras que en su segunda edición el galardón se declaró desierto al no reunir los originales el nivel de calidad exigido por el jurado. Un jurado que en esta tercera edición, fallada el pasado mes de julio, consideró que el libro de López Kosak que ahora ve la luz en Pre-Textos es “un excelente ejemplo de cómo la poesía es también un extraño canto de la naturaleza que nos rodea, de aquella que nos oculta en nuestro interior el acecho de un animal, que a veces nos visita como un presagio, y de aquella que cobija las raíces de nuestras emociones: la soledad, la muerte, la maternidad, la violencia, el terror”.

«Por estos días
decir va a hacer frío
significa hay que cortar leña.

Me preparo, lastimo,
insisto en la hendidura
hasta que la materia ceda,
transformo lo seco
y duro y muerto en necesario.

Las venas de mis manos
me recuerdan a las de mi abuela
a quien su marido
llamaba Picota: herramienta
de trabajo o de tortura.

Un crujido
familiar, de hueso débil
prende en las ramas.»

Así arranca este poemario sobre cuya estructura hay que decir que se divide en dos partes: ‘Hambre y amor’ (subdividida a su vez en ‘Animal sin hambre’ y ‘De tripas corazón’) y ‘Guaridas’.

A través de internet, escucho a Andrea leer con su propia voz algunos poemas y hablar del lugar en el que nació —ese sur atlántico, un tanto apartado y salvaje—, pero también de cómo ha trabajado esta obra en la que asegura haberse volcado durante los últimos años, antes de enviarla al concurso.

Para empezar, ya desde el título se establece un juego sutil, que apunta hacia la idea del animal «como metáfora de lo que somos y lo que hacemos los humanos», en palabras de la autora: «a quiénes nos comemos, cómo somos comidos, cómo sobrevivimos…».

«El campo fue el mito
fundacional de la familia.

No había cielo
para los muertos,
sino la llanura donde balaban corderos
antes del sacrificio.

Un paraíso
que construyó mi madre
cuando su madre carneaba
animales que no tenían nombre,

no como esa cerda
paridora, que amamantó a los gatos
y por haber aprendido
a obedecer, sobrevivió.»

En los poemas de López Kosak hay una mirada muy especial sobre la naturaleza, el campo, el paisaje y los seres que lo pueblan. Ella dice que el cine, el lenguaje cinematográfico, ha influido mucho en su manera de mirar y de construir imágenes: «aprendo de ese lenguaje a mostrar lo que está a la vista, sin embellecerlo ni explicarlo». También hay una mirada sobre el entorno familiar cercano, el hogar, lo doméstico y sus atavismos, ese pequeño mundo que reverbera a través de los silenciosos objetos cotidianos o del hueco que dejan las palabras que ya no se pronuncian.

«Voy por la casa a oscuras
llevando a mi hija dormida en brazos,
esquivando muebles
con precisión de bicho nocturno.

Mis huesos crujen,
crujen las paredes,
todo lo que nos sostiene
revela su naturaleza
destructible, y avanzo

con los brazos firmes,
llevando su sueño,
la sonrisa satisfecha
nuestro acto de reparación.»

Sobre Animales de costumbres ha escrito José Daniel Espejo (eldiario.es) que «es un viaje salvaje al mundo rural del sur de Latinoamérica en busca de esa frontera donde el lenguaje se despoja –de idealismo, de mecanismos metafóricos, de teoría– y entra en contacto con la sangre, con los cuerpos, con el borde de lo humano. Un libro de poesía empapado de sangre que casi se puede percibir en la lengua y que entronca con una trayectoria muy personal, la de López Kosak, en la que la literatura se sumerge en un espacio sensorial donde los relatos apenas sugieren y los textos pegan antes en el estómago que en las meninges. Un mundo onírico, minimalista y órfico donde sin embargo las sin voz pueden levantarla y la trastienda panamericana existir como alternativa. Todo eso y más cabe en la obra –inclasificable– de esta poeta mayor».

«Me despierta el olor de la tormenta.
Entre sueños mis pezones crecen
por la humedad, se estiran
hasta despegar mi cuerpo del colchón.
Respiro hondo y son raíces amoratadas.

Alguien dice: se viene el agua
y el viento se ensaña
con las sábanas tendidas.»

«En el libro hay crueldad» —reconoce la autora en conversación con José Daniel Espejo—. «El relato de mi prehistoria por el lado materno tiene como escenario el campo, la vida rural, donde se lidiaba con la sangre y la muerte en la rutina. Una vida en la que se ponía mucho el cuerpo, sobre todo las mujeres, que además de hacer trabajos duros parían y criaban hijos. Se sacrificaban en pos de algo más, como los animales, pero sin morir. Se me viene a la cabeza ahora eso que me dijo un hombre de campo hace mucho, que “hay que desconfiar del animal que sangra más de cuatro días sin morirse”. De esos relatos se derivan creencias, dichos y supersticiones que llevan el cuerpo a otros registros menos racionales».

«Un orzuelo en el ojo
denunciaba haber mirado
lo que no se puede.

A través de las paredes
crecía el murmullo
de mujeres que rezaban,
el olor de las bolsas de sangre
que llevaba a la casa
la madre cuando trabajaba en el frigorífico.

Una hoja de ruda restregada
curaba la infección
y entre las moscas mugían
corazones agigantados por el presentimiento.»

Según la autora, este poemario «conecta con lo mítico como forma de transmitir sentidos, pero quizás más que con lo místico-ancestral tiene que ver con una historia social, con lo común que traspasa las generaciones y la propia historia, que también hace nacer nuevos mitos, nuevas formas de decir que van armando entramados de significaciones».

«Le va a hacer bien a las plantas
dijo mi madre aquella tarde fría
sacudiéndose las manos
después de enterrar al gato.

Gato nuestro que echó raíces
y a principios del verano
dio flores que ronronearon
entre mis piernas.

Todavía se refriegan
por la tierra
del jardín que cultivo.»

López Kosak comparte con otras escritoras de la nueva narrativa argentina, como Mariana Enríquez, algunos temas, como el de la exploración radical del cuerpo y sus servidumbres. Para Andrea, en concreto, «el cuerpo mismo es el misterio. Y la exploración pasa por la fragmentación, el fetiche, la sospecha del placer o del horror que se puede provocar en él».

«Te como cruda
decía mi madre,
que en cada animal veía
su posibilidad de ser
carne, cuerpo abierto con huesos
que ya no sostienen, como
mariposa con las alas quemadas.
Yo dejaba que me comieran
sus palabras
me deglutiera la lengua que es
mi herencia, así
me hice finita, de cara
a un pánico típico.»

Pero Animales de costumbres es, también, un libro plagado de silencios que interpelan al lector o lectora, escrito con la voluntad de no decirlo todo, de explorar lo que queda resonando en el poema, como si hubiera un sufrimiento de fondo que no se cuenta (como esos secretos antiguos que esconden a veces las casas, las familias, y que nunca se cuentan, aunque haya pasado mucho tiempo…). Si bien quizá lo que suceda a veces, sencillamente, sea que, como afirma la propia autora: «hay un punto [en la poesía] en el que renuncio a dar sentido».

«Como si reventara ampollas
en el cuero de un animal,
mi madre cortaba en cruz
las partes defectuosas
de las membranas del techo
para sacar el agua.

Abajo trabaja el mal, decía,
de esta casa, y volvía a corregir
lo lastimado
que olvidábamos hasta la próxima lluvia.

La pudrición iba por dentro,
corroía
la memoria de haber sido un hogar.»

Y es que, como afirma una joven poeta leonesa afincada en Lyon (Francia), Silvia Abad Montoliú, la poesía es un cofre lleno de tesoros en forma de libros o de poemas que cobran valor, o no, en función de la lectura que cada uno hace de ellos, en función de lo que cada cual encuentra, descubre y pone en ellos. Y es ahí donde el sentido puede adquirir otros matices o abrirse en nuevas sugerencias, sensaciones, interpretaciones…

Así que nada mejor que finalizar con otro poema de este hermoso libro, antes de aplacar las ganas de seguir ahondando en la obra de una autora que sin ninguna duda merece la pena descubrir:

«La hora mala
llamaba la abuela
a esta en la que las nenas
se ponen la malla,
como nosotras de chicas,
en el galpón del fondo:

hora de estar adentro,
a resguardo
del silencio calcinado
de la siesta
propensa a tentaciones.

Alrededor de las flores
dulces de la desobediencia
zumbaban las abejas. Al sol,
el elástico tenso de los bordes
marcaba el cuerpo prohibido
pálido entre lo que ardía.»

La poeta argentina Andrea López Kosak.

:: Sobre el premio Juan Rejano-Puente Genil

El Premio Internacional de Poesía Juan Rejano-Puente Genil —dotado con 3.000 euros y la publicación del libro ganador en la prestigiosa editorial valenciana Pre-Textos—, es una iniciativa del Ayuntamiento de Puente Genil —que cuenta con la colaboración de la Fundación Juan Rejano y de la Asociación Cultural Poética—, en su constante compromiso con la promoción del arte, muy especialmente la literatura, y para rendir homenaje a uno de los escritores más ilustres de la localidad cordobesa: Juan Rejano, poeta, periodista y destacado miembro de la Generación del 27 en el exilio.

El jurado de la tercera edición, que concedió por unanimidad el premio al poemario presentado por Andrea López Kosak, estuvo presidido por la poeta Concha García y compuesto por Manuel Borrás en representación de la editorial Pre-Textos, Diego Sánchez Aguilar, Guillermo Busutil y Juan de Dios García, actuando en nombre de la organización, sin voz ni voto, Antonio Roa Amador.

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