De campo y de ciudad

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

En una época tan maniquea, fabricante orgullosa de supuestas identidades antagónicas, se construyen y ahondan dicotomías cada vez más abruptas. Una de las más absurdas es la que encara el campo a la ciudad, o ‘el campo’ a aquello que no lo es. Hace de ambos espacios una trinchera en lugar de un mismo paisaje transformado por mano del ser humano y a su conveniencia. Y en peligro, en los dos casos. Se proponen, además, actitudes y soluciones contrapuestas para cada uno de ellos como si se tratara de dos mundos distantes y autónomos cuyos intereses chocasen fatalmente. Esa falacia no debería colar.

Los problemas más graves que afrontan campo y ciudad, es decir, los lugares en que se desarrolla nuestra vida, son tan comunes que requieren soluciones compartidas. Cambio climático y ecología han alcanzado las dimensiones de mayores retos de la humanidad en su conjunto y han de implicar a cuantos habitamos las dos caras de la misma superficie. Compartir los cambios, sacrificios y privaciones a que sin duda habrá que llegar es el principal reto y la primera cuestión a entender por todos. También en ese contexto han de tratarse tesituras críticas como la actual.

En el campo abunda el desprecio por algunas actitudes ecologistas, entendidas a menudo como una intromisión, y hasta cuestionadas en sus evidencias de fondo. Quizás haya algo de arrogancia y condescendencia en la actitud de quienes han provocado esa reacción y, por otra parte, el abandono de extensas zonas de nuestro país no ayuda a «venir ahora con monsergas» a quienes han resistido tan menospreciados como muchos habitantes del medio rural. También es cierto que la mayoría de los grandes agricultores y ganaderos reniegan de esas razones porque, como sucede con las macrogranjas, amenazan sus intereses económicos, por cierto opuestos asimismo a los de los habitantes del campo en general y el pequeño campesino en particular. En la ciudad ocurre otro tanto: mientras acopiamos leche o aceite de girasol de las grandes multinacionales no nos importa el precio a que se pague en origen o quién especula con qué. Nos damos la espalda y en ese alejamiento medran los de siempre.

En un lugar como León, ciudad donde es posible aún alcanzar a pie horizontes rurales desde casa, o provincia donde lo urbano, lo que se tiene por urbano, es tan exiguo, y cuyos habitantes añoran o viajan al campo a la mínima ocasión, debería estar clara la falsedad de ese enfrentamiento atizado por beneficiarios que a menudo nada tienen que ver con la solución a los problemas y mucho con cuestiones ajenas, ni urbanas ni rurales, ni fabriles ni campesinas. Podríamos empezar por abandonar el tono belicoso y frívolo que suele teñir las diatribas desde los correspondientes frentes para reconocer que en este trance estamos todos en el mismo bando.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 27 de marzo de 2022)

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