La rebelión de los pijos (1)

En el grabado, junto a la figura, se puede leer: «Qué es el hombre? Un Camaleón / Que variando vestidura, / Manifiesta en su figura / Su voluble corazón. / Aunque ocultarlo procura.»

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

Se daba por extinto, pero el ecosistema vintage ha reflotado muchos pecios: vuelve el pijo. Brotan por doquier pero, además, hacen por ser vistos: lo llaman ‘visibilidad’ y pretenden cobrarla. El pijismo, arrogante y ruidoso como nunca, ha tomado posiciones ‘pa la saca’. Quizás merezca la pena conocer un poco más el espécimen.

El retrato del pijo adolescente es pleonástico: el pijo vive una adolescencia inquebrantable. Alegre y desenfadado, adolece de perspectiva, de decoro. Su desenvoltura se asienta en una palabra: impunidad. No considera que sus acciones acarreen consecuencias, puedan ser ilegales o indecentes, lastimen a otros. Le ‘importa un pijo’. A esta especie de narcisismo tribal lo llaman respetabilidad. Se les debe respeto.

La educación sentimental del pijo alienta la agrupación de sus individuos que, aunque gregarios, pugnan por descollar en la manada, organizada según jerarquías estrictas y manifiestas: el macho/hembra alfa (expresión pija, por cierto) se sirve de pretorianos, masa crítica y domésticos. Todos ellos imitan los modos y maneras hereditarias del líder y lo derrocarían a la mínima oportunidad. Un servilismo malicioso encofra sus firmes pilares.

El origen del pijismo se pierde en el trasnoche de los tiempos. Hay quien quiere ver en las extravagancias de un Calígula (mote muy al caso) una arqueología de las costumbres pijas. Su reconquista social reciente la quieren fundamentar en la época de la señora Thatcher y el cineasta Reagan, ambos, más que pijos, progenitores mandamases del pijerío. Pero de aquella, el pijo rozagante y frescales huía de la circunspección de los negocios y las obligaciones de la política. Eso eran cosas de papá, señor de derechas de toda la vida, tal vez pijo fosilizado y algo mustio, desmantelada su candidez pijista en tugurios y agencias de la propiedad.

A diferencia, el de ahora, el pijo versión 2.0 (efecto 2000), ha descubierto los negocios y disfruta del enriquecimiento fácil, porque hace negocios como quien pilla el forfait. Lo suyo son las comisiones, porque las comisiones permiten forrarse sin los inconvenientes del madrugón, las transpiraciones o los disgustos. Las comisiones son rápidas, airosas y con flamante carrocería. Como un coche deportivo. Permiten tutearse con diminutivos y decir frases ocurrentes como quien se pone de largo o de corto. Los pijos se estafan entre ellos, pero se da por lógica la traición y la respetabilidad. Da igual que uno sea futbolista o maniquí, el pijo es versátil, el mundo —él se siente cosmopolita— ofrece posibilidad de ganar dinerito en cualquier ‘temita’, solo hay que saber dónde duele y con quién hay que hablar. Cuando éramos críos pensábamos que el pijo llevaba siempre un ‘polo’ del cocodrilo y lo que llevaba era un cocodrilo dentro, asomando los ojos dispuesto a la mordida. Sus náuticos tenían bandera de Gibraltar.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 24 de abril de 2022)

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