Operación visera (una odisea moderna) 8 / Penélope

«Penélope y los pretendientes» (1912). Autor: John William Waterhouse.

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

Sí, hombre, no tienes más que tomar por la senda de Quiebralhueso, comodísima, y torcer en cuanto llegues a la corta de la Hondonada Chunga, no la de despeñarse, la otra; encuentras después la Fuentelsapo que ya no tiene agua, no te la pases, que está tapada de zarzas, y justo allí tiras para Montelcura, que es un prado de pedruscos con una trocha en medio. A la miaja de andar, llegaste, no tiene pérdida. Lo reconocerás por un abedul que hay, si no se ha secado, que yo hace treinta años lo menos que no hago ese camino.

Esas fueron las indicaciones lugareñas para un breve paseo campestre a la fresca y ahora nuestro anónimo protagonista se ha extraviado para toda la mañana. ¿Volverá? Seguro, esto no es un mito griego, aunque regrese hecho unos zorros, sediento, requemado y muerto de hambre como un héroe griego.

Entretanto, ella, la perseverante esposa, disfruta de ese descarrío. Se acerca, al fin, al corro de las vecinas, reales y allegadas y da cauce a su zozobra.

—Este no vuelve. Horas lleva ya sin dar señales de vida. Pero ¿sabes qué? Que mejor. Hasta la misma coronilla estoy de atenderlos a todos. Lo que hago por la mañana lo deshacen por la noche. Me paso el día así, esperando nadie sabe qué.

—¿Qué nos vas a contar, hija? Estos capullos se piensan que somos un electrodoméstico, con derecho a manoseo, además.

—Huy, un electrodoméstico, dice esta, Si supieran cómo funciona alguno…

—Si supieran cómo funciona ‘alguna’. Oye ¿por qué no te vienes con nosotras a comer a la capital y pasas de ese gañán?

—Pues mira, sí. Le dejo aquí con los niños para que se ocupe el berzas de su padre de prepararles la comida, fregar, limpiar y hacer la cena, todo del tirón. Y si no, que les dé explicaciones. Si las tiene, que lo dudo, o que se las invente que no hace más que contar fábulas. Eso sí, a mí me cuenta una batallita y a los amigotes otra distinta. Para mí la de ¡huy!, me obligaron, no pude salir de allí, anduve perdido, solo quería volver… Y a ellos la versión legendaria, muy machote, llena de proezas atléticas y chavalas seducidas por su panza cervecera. Un cuentista es lo que es, nada más.

Al crepúsculo regresan las amigas de tan transitorio asueto con el regocijo de los planes cumplidos y, al cabo, enfila la mujer, serena pero algo recelosa, hacia la casa con el ánimo de comprobar como el pseudohéroe ha sucumbido a las muchas y auténticas pruebas, físicas y anímicas, que impone el gobierno del hogar cuando encuentra allí la escena que sigue.

Se baja del automóvil recién estacionado la hija pequeña —que en este relato apenas mencionamos por respeto a su infancia— y, con su incólume inocencia, corre hacia la madre exclamando:

—Hola, mami, ¿qué tal? Hemos ido a la ciudad con papi y lo hemos pasado genial. Nos ha llevado al burguer y a comer helados. Y luego al cine. Qué guay es papi. Oye ¿qué hay de cenar? Ya tengo hambre otra vez…

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 21 de agosto de 2022)

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