La dudosa salud mental de muchos músicos de rock

Jim Gordon (tercero por la izquierda, con Derek & The Dominoes, Eric Clapton a la izquierda) decía que escuchaba voces y que esas voces le ordenaron matar a su madre a martillazos.

Por CARLOS DEL RIEGO

Un estudio elaborado hace un par de años por una plataforma sueca de distribución de música (Record Union) concluyó, tras entrevistar a 1.500 músicos de rock, que el 73% padecía algún tipo de trastorno mental. Y es que el músico de rock puede parecer siempre divertido, siempre alegre, con mucha pasta y fama, con todo lo que cualquiera puede desear…, pero la realidad es que casi todos han sentido soledad, aislamiento, incomprensión, agotamiento  físico y mental, presión continua por parte del público y de la discográfica…

La salud mental del que se dedica profesionalmente al rock es puesta a prueba continuamente. No en vano el rock & roll es, entre otras cosas, una locura, de modo que no extrañará que en ese entorno se vean chifladuras y atentados a la cordura que, a veces, conducen a algún tipo de enfermedad mental. A ésta contribuyen factores como el abuso de drogas, la presión por superar el éxito anterior, el acoso de la prensa que obliga a simular ser siempre el personaje y no la persona, la inestabilidad, el choque con la discográfica o los compañeros a causa del dinero… Si la persona no posee un mínimo de fortaleza mental es fácil que todo lo conduzca al desajuste síquico.

No hay que confundir la extravagancia, que tanto gusta a los que se dedican al negocio del r & r, con los auténticos problemas mentales que llevan a la enfermedad. Por ejemplo, el chicano Carlos Santana ha tenido episodios desconcertantes, pero realmente lo suyo son poco más que majaradas de iluminado; dijo que su álbum ‘Supernatural’ (1999) había sido una misión santa que le había ordenado un ángel llamado Metatrón, que es el que permite a la gente besar, abrazar, comer perritos o mover los dedos. Fue un entusiasta de los alucinógenos, pero también alucinó con la mística hindú. ¿Locura o LSD?

Lo de Syd Vicious también tiene más que ver con la droga que con el desajuste mental: cuentan que antes de liarse con Nancy Spungen era un tipo de lo más normal, pero luego hacía y decía cosas sin sentido, aunque seguramente fuera la heroína la que mandaba en él, como cuando atizó con su guitarra a un espectador en Texas en 1978. ¿Mató a Nancy y luego se echó a dormir o estaba tan ido que alguien la mató y él ni se enteró?

La cantante Sinead O´Connor se negó a tocar en el Centro de Arte de Nueva Jersey si antes sonaba el himno de EE UU, rechazó premios airadamente, rompió la foto del Papa en la tele ante una audiencia creyente y se hizo ordenar sacerdotisa, ha cancelado conciertos a causa de crisis mentales, ha intentado el suicidio varias veces… Se le ha diagnosticado desorden bipolar.

Muy conocida entre los que saben de rock clásico es la desgracia de Syd Barret, el fundador de Pink Floyd. Personaje atormentado, se encerró en casa durante unos 30 años; dice la leyenda que el origen de su desequilibrio mental fue el exceso de LSD, que le producía vacíos en el cerebro que le impedían recordar qué es lo que estaba tocando, como ocurrió una vez en un programa de televisión. En otra ocasión, durante un concierto, repitió el mismo acorde una y otra vez durante minutos y  minutos. Murió con 60 años totalmente ido.

Otros nombres relevantes vivieron con la razón confundida. Adam Ant, pintoresco representante de la época neorromántica, siempre estuvo aquejado de trastorno bipolar y depresión que le condujo a intentos de suicidio. Una vez, en un bar, se mofaron de su sombrero, así que destrozó el local, volvió y tiró un alternador de un coche por la ventana y amenazó a los parroquianos con una pistola de fogueo. Pasó una temporada en un psiquiátrico, donde le dieron drogas muy potentes, un tratamiento al que él achaca todos sus desórdenes.

El genial líder de los Beach Boys, Brian Wilson, comenzó a mostrar desequilibrios casi a la vez que empezó a consumir cocaína, anfetaminas y LSD a finales de los sesenta; escuchaba voces, exigía que los músicos llevaran casco de bombero, construía cosas de arena dentro de su casa… Luego empezó a no aparecer por el estudio de grabación, y un día se encerró y se pasó tres años sin levantarse de la cama, sin lavarse y asegurando que Phil Spector quería pegarle dos tiros (esto último tal vez no fuera una locura…). Se tiraba todo el día comiendo, metiéndose drogas y durmiendo, con lo que consiguió un cuerpo de tonel. Hasta que se le diagnosticó esquizofrenia e inició el tratamiento conveniente que le permitió volver a su profesión.

Entre los casos de demencia certificada está el de Peter Green, fundador de Fleetwood Mac. Deslumbrado por el LSD, intentó que el resto del grupo entregara sus ganancias a la caridad, aseguran que dejó de tocar la guitarra en 1970 porque había dejado de cortarse las uñas y no podía pulsar las cuerdas. Fue ingresado varios años en el hospital siquiátrico como esquizofrénico paranoide, donde lo sometieron a sesiones de electroshock y un tratamiento con fármacos tan potentes que dormía unas 20 horas al día. En otro momento se retiró él solo a una casa para vivir como un monje durante años, y en otra ocasión amenazó con un arma a su representante, gritándole que no le trajera más dinero, cuando aquel le entregaba un cheque.

Trágica es la historia de Jim Gordon, batería y coautor del inmortal ‘Layla’ de Eric Clapton. También diagnosticado como esquizofrénico paranoide, durante una grabación le dijo al guitarrista “párate, estás moviendo mis manos”; decía escuchar voces que le prohibían comer más de un bocado en cada comida, apaleó a su esposa a causa de unos espíritus y finalmente, en 1983, empujado por esas voces, apuñaló y golpeó con un martillo a su madre hasta la muerte. Su enfermedad mental lo mantiene recluido (en 2004, durante una evaluación, afirmó que su madre seguía viva y lo esperaba), pues los médicos aseguran que está seriamente incapacitado mentalmente y que, de no tomarse la medicación, sería un peligro para los demás y para sí mismo. Sigue ingresado.

Rocky Ericson, de los 13th Floor Elevator, en 1969 se declaró majara para no ir a la cárcel cuando lo pillaron con unos porros, pero lo metieron en un psiquiátrico para locos peligrosos y lo trataron con electroshocks (¡qué manía!) y abundantes cantidades de medicamentos que, seguro, terminaron de rematar la faena. A comienzos de los ochenta juró estar poseído por un marciano, y veinte años después tenía la casa llena de televisores y radios siempre encendidos, pues así conseguía tapar las voces que le hablaban…

Y la lista sigue, pues hay que añadir a algunos suicidas que llegaron a ese triste final a causa de la enfermedad mental: el cantautor Phil Ochs padecía alucinaciones y se echó a vivir en la calle sin aparente motivo (más allá de su fuerte alcoholismo); acogido por su familia, se ahorcó a la primera oportunidad. Ian Curtis, de Joy Division, sufría epilepsia, que se manifestaba incluso en el escenario; siquiátricos y fármacos le provocaron anorexia nerviosa, dicen; se ahorcó. El increíble Screamin Lord Sutch también tenía un largo historial de maníaco depresivo; también se ahorcó.

Suele asegurarse que el genio está muy cerca de la demencia; desgraciadamente no son pocos los músicos de rock (y seguramente de los otros géneros) en los que el trastorno se superpone al talento y a la vida misma. Pero, por otro lado, seguro que no hay más majaras en el rock & roll que en cualquier otra parte.

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