Navidad: cuñado y zapatos nuevos

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

Comenzó la Navidad como suele, pero ahora sabemos que los reyes no vienen de Oriente sino que se refugian allí cuando en lugar de regalarnos algo nos lo quitan. Por eso no deja de asombrar ese señor que todas las Nochebuenas aparece en televisión para soltar un pregón mientras la cena llega a la mesa o ya está en ella. Ese señor ha perdido la ascendencia que pudiera tener (en su doble sentido) porque su puesto en la vida se debe a una familia cuyos miembros han desertado de cuanto aparentaban personificar precisamente en esas disertaciones y, aunque uno no es responsable de los actos de sus progenitores, en este caso debe a sus progenitores el uso de esta prerrogativa, la de perorar desde la tele en un ‘urbi et orbi’ de cercanías. Por estos y otros motivos, el señor que asoma todos los años en la pantalla sentado a nuestras mesas con fotos y belenes que parecen de utilería y serán analizados como si se tratara de un jeroglífico, más que un monarca cuya presencia debiera ser enigmática y solemne parece un cuñado, con cháchara cuñadista y suficiencia entre meliflua y categórica.

Este cuñadismo, como todo el que se precie, será motivo de comentarios destacados al día siguiente, aunque lo comentarán solo quienes le hayan prestado atención (supuestamente) y ya se sabe que dirán lo mismo que otras navidades: esos comentarios también son un rito hueco, de ahí su futilidad. La glosa de un partido de fútbol por los respectivos entrenadores. Diga lo que diga el cuñado cada cual entiende todos los años lo mismo, pues más que sus palabras el juicio de esos exégetas se guía por la devoción que les despierta o una animadversión más allá de la empatía y la semántica. Si les cae bien el cuñado, habló con tino; si no, no dijo sino majaderías. El gran cuñado de palacio no habla, refrenda.

Por otro lado este año, en fastuoso cierre del círculo pascual, se ha muerto un papa. O un expapa, o un papa emérito, que ya no sabe uno cómo llamar a tanto jubilado insigne. Lo peor de toda la solemnidad fúnebre es que otra vez se nos llena la pantalla de velorios, como hace pocas semanas con aquella reina. Llevamos una temporada con el boato negro. En este caso, sin embargo, el cadáver se ha colocado a la vista de todos, algo que el buen gusto nos evitó la última vez. Una imagen muy católica, en las inmediaciones de esas vanitas de Valdés Leal del sevillano Hospital de la Caridad que se regodean en la consunción carnal. Un icono que en este caso solamente es traicionado por los zapatos. Unos lustrosos zapatos negros confeccionados para la ocasión, con su suela impoluta, que contradicen la vetusta suntuosidad del oro, blanco y rojo con la mundanidad de unas suelas sin estrenar. Como las de un regalo de reyes. ‘Finis gloriae mundi’.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 8 de enero de 2023)

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