Carta a un capitán corsario

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El gerente del teatro Bergidum de Ponferrada ejerció de “padrino” en el acto de entrega del Premio Provincia de Valladolid, concedido por la Diputación a los componentes de la compañía Corsario (24.10.12). En su intervención utilizó un afilado bisturí para diseccionar el momento actual de las artes y explicarle al ausente mentor de la compañía, Fernando Urdiales, cómo están las cosas por estos lares. Rematadamente. Pero “con el teatro no podrán”.

Por MIGUEL ÁNGEL VARELA,  gerente del teatro Bergidum (Ponferrada)

Quiero suponer que se me ha invitado a este acto para hacer una loa de Teatro Corsario. Una loa al modo de aquel subgénero dramático del Siglo de Oro que buscaba la predisposición del público mediante trucos de elocuencia que elogiaban lugar, compañía y santo del día; encarecían el mérito de los actores; pedían indulgencia previa ante los posibles errores y conseguían la función práctica de aplacar el natural bullicio de la gente congregada para asistir a la representación teatral.

Tendría uno por tanto que halagar en este acto las excelencias de la compañía y cantar la oportunidad y acierto de la concesión de la Medalla del Teatro “Provincia de Valladolid” a un grupo como Corsario, protagonista decisivo de la historia reciente de las artes escénicas de nuestra Comunidad y nombre clave en la crónica del relato teatral contemporáneo de nuestro país.

Ya ha escrito uno en alguna otra parte que si algún día se contara la historia de las artes escénicas en esta Comunidad nuestra, tan deshilachada y tan pobretona ella, sería inevitable dedicar un amplio capítulo a Teatro Corsario. Si la historia fuera una ciencia justa, sería ese un capítulo fundacional, proteico e iniciático, que tendría su punto épico y su tono de revelación. Sería un capítulo en el que estaría contenida una historia contra corriente, probablemente más grande que la propia Comunidad, con seguridad más intensa y apasionada.

Estos locos tripulantes de la nave corsaria han mantenido durante treinta años su travesía por las parameras de una tierra en la que cuesta un enorme esfuerzo labrar en profundidad las mentes enterradas en el tiempo y la costumbre. Esa nave ha navegado con el viento en contra, cortando olas donde sólo hay terrones resecos, haciendo el milagro del mar sin fronteras en el páramo ensimismado.

Con una tripulación sacrificada hasta extremos que muchos ignoran, enrolada con un convencimiento profundo en un proyecto vital nada cómodo, estos corsarios han ido conquistando pequeñas plazas al imperio de la mendicidad; han puesto su bandera en un puñado de corazones fugitivos de la mentecatez; han echado a los tiburones a los mediocres bienpensantes de la corrección que han rodeado su nave con saña por babor y estribor.

Supongo entonces que la invitación de los amigos corsarios y de la muy ilustre institución que hoy nos acoge se basa en que han pensado que podría uno practicar con cierta destreza el mencionado arte, antiguo y noble, de la loa.

Pero resulta que tanto por lagunas propias como por las inclinaciones personales, siempre tan misteriosas e inexplicables a la luz de la razón, está uno poco inclinado al encomio público y más próximo a la intimidad epistolar. Por eso quiero aprovechar este acto para enviar una carta al capitán de esta sufrida nave corsaria.

Una carta a un capitán que fue dejando, como los piratas de Stevenson, tesoros enterrados y mapas en clave que un puñado de aventureros irán descubriendo en las crónicas escritas en el aire, que es el papel donde se forjan las leyendas del teatro.

Una carta a un capitán que se emborrachó con el ron de las fuentes teatrales más lúcidas del siglo XX, y fue capaz de aprender a tiempo que de nada servía ese alimento sin el conocimiento de nuestros clásicos, tan ligeramente despreciados desde prejuicios intelectuales, políticos o lingüísticos.

Una carta a un capitán que cuando cambió el rumbo hacia esa isla áurea apenas explorada provocó el asombro de comprobar que aquel viraje estaba produciendo los mejores montajes teatrales generados en la historia escénica de esta Comunidad.

Una carta que dice así:

Amigo Urdiales, dos puntos.

Va ya para dos años que decidiste largarte. Y al teatro, en este tiempo, se le puede aplicar el eslogan de aquella vieja campaña publicitaria: estamos peor que el año pasado pero mucho mejor que el año próximo. Se está cumpliendo con precisión el vaticinio del añorado Manuel Vázquez Montalbán y el futuro no es como nos lo esperábamos sino como nos lo temíamos.

Ellos han ganado, Fernando. Han ganado tan rotundamente que ya ni siquiera sabemos quienes son “ellos”, pero han conseguido derrotar la esperanza y hoy el panorama es aquel que tú dibujaste con precisión de agrimensor en “Celama”: un inmenso páramo condenado a vivir sus cien años de soledad, habitado por personajes fugados de un texto de Beckett.

Las tropas de los mercaderes de crecepelos han alcanzado sus últimos objetivos. Ha quedado abolida la palabra compañero, ha quedado abolido el pronombre nosotros. El pretérito pluscuamperfecto ha sido sustituido por el presente imperfecto y futuro incierto.

Han retirado la temporada de estrenos y decretado un largo periodo de reposiciones en el que se programarán los relatos más oscuros de la historia.

La dignidad se vende a mitad de precio, el horizonte queda suprimido y hay una oferta que ofrece por cada nuevo eslabón de cadena adquirido tres de regalo.

Queda sometido a revisión previa del Comité el pensamiento furtivo, la lágrima de compasión y la caricia a los perros.

La amistad ha vuelto a cotizar en bolsa. Se han privatizado las zarzas de los caminos y próximamente se publicarán las tasas reguladoras de recogida de moras silvestres.

No se descarta la inmediata aprobación de una nueva ley en la que sea considerada vista la ceguera.

Pronto será incorporado por vía de urgencia a la Constitución el pasaje evangélico que dice «A todo el que tiene se le dará y le sobrará pero al que no tiene aún lo que tiene se le quitará» (Mateo 25, 14-30).

Pero con el teatro –tú lo sabes, bien, Fernando–, no podrán. El teatro ha sobrevivido a las más terribles catástrofes de la historia y va a sobrevivir mientras exista un hombre dispuesto a contar una historia y otro hombre dispuesto a escucharlo.

Lo que nos estamos jugando ahora no es la existencia del teatro sino la desaparición de un modelo. Un modelo trabajosamente levantado en el último cuarto de siglo, probablemente imperfecto y mejorable, que pudo generar su propia burbuja especulativa, un exceso de escaparatismo político y un amplio muestrario de egolatrías artístico-administrativas, pero que también ha podido mostrar el mejor momento de la escena española de los últimos cuatrocientos años.

Ahora, Fernando, nos piden que nos reinventemos, como si la reinvención no fuera parte intrínseca de nuestra labor.

Nos piden que seamos imaginativos, como si la imaginación no hubiera sido la tabla en la que nos hemos agarrado todos los días de nuestra vida.

Nos piden que seamos profesionales, cuando sabemos que el amateurismo político, pródigo en aplicar soluciones mágicas donde debiera imperar el rigor de la capacidad y el conocimiento, ha sido el primer responsable de mapa presente de la desolación.

Ahora, Fernando, nos piden que contribuyamos con los impuestos en taquilla más altos de Europa a restituir lo que nosotros no robamos.

Ahora nos piden que seamos capaces de autofinanciarnos cuando en las calles arden las hogueras de la necesidad y corre un miedo helado que hace temblar las esquinas.

“Fumo para buscar adjetivos”, explicó una vez Josep Pla. Tú también fumaste, Urdiales. Fumaste y bebiste apasionadamente. Y perdona la redundancia: tú sabes que beber desapasionadamente no es beber, es un acto de pura supervivencia. Tú fumaste buscando el adjetivo con el que iluminar nuestros escenarios.

Y aunque muchos de esos escenarios hoy a duras penas pueden encender sus focos, vamos a seguir, Fernando. Vamos a cumplir, como recomienda Juan Carlos Mestre, “con el encargo que nadie nos ha hecho, y vamos a evitar que la casa de las palabras sea invadida por los publicistas y los mercaderes, aquellos cuyo único objetivo es cambiar el sentido de redención que tiene el lenguaje en la conciencia humana”.

A ti, Fernando, se te recuerda en conferencias, congresos y en libros que rebosan cariño y admiración. Tus chicos siguen remando, quizá porque aprendieron del inmenso Lezama Lima que solo lo difícil resulta estimulante. Acaban de regresar de hacer otra vez las américas y triunfar en Ecuador. Y ahora, ya ves, la Diputación de Valladolid les da la medalla del teatro. Y aunque ya sabemos que hay que tomar los homenajes con cierta precaución, humanos somos al fin y al cabo y nunca viene mal un gesto de aliento.

Y así están las cosas, Fernando. Aquí quedamos en la batalla de todos los días, recordándote en aquellos versos de Miquel Marti i Pol:

Me cuesta imaginarte ausente para siempre.

Tantos recuerdos de ti se me acumulan

que ni dejan espacio a la tristeza

y te vivo intensamente sin tenerte.

(…) No volverás nunca más, pero perduras

en las cosas y en mí de tal manera

que me cuesta imaginarte ausente para siempre.

  1. Miguel Ángel, me ha emocionado y enrabiado al mismo tiempo tu carta al amigo Fernando.
    Abrazos para ti y para todos/as los Corsarios
    ¡AL ABORDAJE!

  2. miguelapunto

    Gracias, Eloísa. Mucha mierda en esta aventura. En lo que pueda ayudar, ya sabes donde estoy (hasta que encuentre la cueva adecuada y me haga eremita). Salud

  3. Miguel, una alegría leerte, aunque lo que escribas sea amargo. Este presente es peor de lo que nos temíamos. Un abrazo.

  4. Ramón Barranco

    Mi querido amigo Miguel a punto, siempre es un placer leerte, y especialmente en este momento, Gracias por tener una mente tan lúcida. Solo otro Corsario puede escribir así de un pirata. AL ABORDAJE MIS CORSARIOS…….

  5. Pingback: Fernando Urdiales, puto teatro « Tam-Tam Press

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