‘Trazar la salvaguarda’

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Trazar la salvaguarda
JOSÉ LUIS PUERTO
Editorial Calambur (Poesía, 133, Madrid, 2012)
144 p. – ISBN: 978-84-8359-242-7 – PVP: 16,00 €

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Por  ELOY J. RUBIO CARRO
(AstorgaRedAcción – Contexto gobal)

Pero casi todo lo que los críticos, los poetas
o escritores de ficción, los amantes de la música
dicen acerca de las composiciones es verborrea.
George Steiner

Empecemos por el título de un libro de Hannah Arend, ‘Hombres en tiempos de oscuridad’; ahora imaginemos el contenido del libro. ¿Cuáles fueron las respuestas de esos hombres y mujeres destacados, entre los que se cuentan Rosa Luxemburg, Juan XXIII, Hermann Broch, Walter Benjamin, Beltor Brech, etc, a un tiempo de catástrofes políticas y morales? Vivimos en ese tiempo que aún no ha pasado y que parece tener continuidad de catástrofe. ¿Cuál es nuestra respuesta?

‘Trazar la salvaguarda’ es ese juego de niños que traza un círculo que alberga un espacio sagrado donde nada malo puede suceder.

Entre dos de los poemas de José Luis Puerto me atrevo a jugar todo el comentario del libro: ‘Altos carros del cielo’ donde asistimos al nacimiento de un niño en la melodía de la pobreza, en la noche más hermosa de la tierra. Esta melodía es la impronta, el sustrato del que ha de crecer la llama que podrá hacer frente a la pobreza del mundo unidimensional de hoy. En aquella pobreza, bajo el girar de las estrellas, en pleno invierno, se fraguan los frutos de la tierra. Como en el juego de la Oca se traza un círculo que se cerraría en el otro poema: ‘Crece’, sé el rey que albergas, sigue la estela de la estrella, la luz que tienes; persigue tu propia huella; haz que esa semilla de luz engorde, que de ella crezca la flor, la rama, la llama más hermosa, dásela al niño aquel que todavía tienes. Esa alegría que repartes dimana en el corazón de todos, su flor nos da la dicha. Dentro de este círculo que albergan esos dos poemas, merodean  muchos otros círculos, todas las llamas de salvación, todas las Ocas de la belleza.

Entre medias de estos dos escritos, donde quienquiera siguiendo su estrella se encuentra en la de todos, se procede al reparto de las salvaguardas que, aunque disminuidas, todavía surten efectos. La primera salvaguarda es el encontrarse niño desposeído en la infancia, un nacimiento de barro vislumbra tu nacer entre las pajas, es la entrega total, la belleza total. Las estrellas señalan el itinerario de la salvación, cada cual tiene su estrella y éstas le envuelven por doquier. El primer fulgor que nos regala el libro son los frutos que en invierno dormitan esperando su flor, unos nísperos y unos caquis en una caja atesoran el planisferio, por encima contemplamos el engalanamiento del cielo; luego, por San Juan el cielo cae a la Tierra y las luciérnagas corretean por la arboleda que irradia sus frutos, en el interior de los frutos se gestan las chispas de luz que dan lugar al universo.

Son salvaguardas pobres, vibrantes de imágenes, asequibles a todos, para quienes nada tienen, solo con mirar a su interior.

Se nos descubre entonces aquella melodía como música de fondo de la infancia, persíguela, se nos dice, persíguela; “otros ecos habitan el jardín. ¿continuaremos? Deprisa, dijo el pájaro, descúbrelas, descúbrelas, junto al rincón. Tras la primera puerta, en nuestro primer mundo”.*

Hay un resplandor continuo, una fluencia de tesoros que permanecerían invisibles; surgen por doquier esos espacios de salvación junto a los espacios de mancilla: El silencio ante la melodía del pájaro. El rumor del juego de los niños protegidos por un círculo de tiza caucasiano. Las ciudades de palabras de la poesía que hacen nuestro mundo habitable. “Habrá un temblor secreto allí donde parece que solo está la nada y el olvido de las ruinas”. Un lugar de salvaguarda en la errancia de un laberinto sin sosiego. El espacio de las manos enlazadas de dos ancianos eclipsa la belleza de un ramo de rosas situadas frente a ellos, el estupor ante lo bello es lo más bello; pero es ahí donde nos sitúa, en ese asombro, en ese darse cuenta y eso es lo que nos salva. El cuerpo de la amada como lugar de protección. La hermosura en la nimiedad de un suceso al azar, en las alas de una mariposa.

En ocasiones se proponen estrategias, si el espacio protegido es un espacio errante debemos aprender a vivir en la desposesión, en un centro del mundo móvil, en un reino líquido que se desvanece. Reconocer en lo irreconocible la identidad nuestra y de nuestra época. Dejar marcas estratégicas, otra vez Brecht, que confundan los pasos de los programadores que auscultan nuestra identidad de infancia. Para esos no tiene ningún valor el temblor de un dibujo de niño, tan solo les vale por el papel, y si este no sirve, aún lo utilizarían para arder.

Otros espacios de salvaguarda y no soy prolijo en la enumeración, pues sería de nunca acabar: Una piña de cedro, quizás del Líbano, es mensaje hologramático, sirve para reconocer toda la belleza del mundo. Una brizna de hierba por la que discurre una gota purísima. Un minúsculo pez de plata silba su salmodia  y protege porque evoca el jardín del origen. Hay que decir que estas evocaciones que pudieran surgir espontáneamente, son solicitadas de forma activa a los objetos. Pero este hallazgo interior que se hace poesía en la acción de transmitirse, es punto de partida a la conquista del revés del dextro, en una plenitud del afuera, de la dignidad, de la fraternidad; “un lugar donde todos quepamos, respirable”. Esa es la tarea, descubrir los espacios de salvación y comunicarlos, explosionar las chispas del hallazgo y, ya sin temor, recobrar el mundo.

La tarea es sobrehumana, necesitada de ayuda; se invocan entonces posibles aliados: La Naturaleza depredada: “Ven ciervo”, apacíguame, bebe en las rosas de mi sangre, ahuyenta mis temores, “Que el dolor no dibuje su sombra en lo que amo”. La Naturaleza inanimada; el lugar de la belleza que protegen los pétalos del membrillo cuando se inunda de la luz cenital también es invocado: “Proteged a mi hija en este tiempo / Que salga indemne de la adversidad.”. A veces se acude a los dioses del lugar: “Ilúrbeda, patrona / Del lugar, de los bosques, / Protege lo sagrado / Que pervive en mi espacio de origen / Y líbralo de tantas / Profanaciones a que es sometido”.

Pero hemos llegado tarde a la memoria y a la presencia de los dioses; tan solo posa en los peñascos el plumaje del ala invisible de un ángel. “El vuelo y la caída / Sostienen el sentido de este espacio / Y hay un susurro de la levedad / Que acompaña al silencio y lo protege”. Briznas y despojos de lo que era sagrado y en ello hallamos los hilos que pueden llevarnos a un tiempo de plenitud. Es la tarea del Ícaro lo que produce sentido, lo que crea espacio y salva, no su resultado. Esa es nuestra tarea, la miel de esa belleza para todos que exige cumplimiento.

“Todo se halla dormido, mas vive en la latencia. Es un reino que espera, ay, la resurrección, cuando llegue la luz del tiempo nuevo, cuando el ángel acuda a rescatar gozoso lo perdido. Allí te detendrás, mas solo lo preciso y en silencio, en actitud reverencial y también recogida, para marchar después. Dejarás una rosa como ofrenda”.

El poemario se organiza en tres partes: ‘Hilos del tiempo’, hilos para llegar aún a tiempo. ‘Nueve huellas de marzo’, residuos, briznas de otras maneras de vida, de otras culturas, donde el mundo se ve en su diafanidad, tal como es. Y ‘Cinco motivos clásicos’, donde los héroes antiguos son hombres oscuros que pasan con su miseria a cuestas. ¿Será inútil gritarles?

* T. S. Eliot. ‘Cuatro cuartetos’. ‘Burnt Norton’

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Más información:

Un Comentario

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