Arturo Dueñas: ”Me da la impresión de que Montoro no va mucho al cine”

Arturo Dueñas, director de la película-documental 'Corsarios' ante el ordenador en el que da los últimos retoques al montaje. Fotografía: I.M.

Arturo Dueñas, director de la película-documental ‘Corsarios’ ante el ordenador en el que da los últimos retoques al montaje. Fotografía: I.M.

• “Me seduce el cine de Billy Wilder, Cassavetes, el movimiento Dogma, Rossellini, Kiarostami…”

• “Me gustaría una Seminci con una sección oficial segura y un Punto de Encuentro con riesgo, además de potenciar la sección de Castilla y León”

• “Una película no tiene por qué subvencionarla el Ayuntamiento, el cine hay que pagarlo”

• “Parece mentira que el cine con más de 100 años de vida todavía no cuente con una asignatura en la enseñanza”

• “La piratería es un negocio para las operadoras, el usuario paga caro y el productor no recibe nada”

• “El cine debe recibir fondos como los agricultores o los mineros porque es otra industria sensible”

• “Quien pretenda hacer política que encabece manifestaciones en la calle, pero en los Goya que dé las gracias y diga ahí está mi película”

• “Las subvenciones yo las daría a la distribución, no a la producción”

• “Corsarios es una excusa para reflexionar sobre lo que pasaba hace 30 o 40 años y lo que sucede ahora con situaciones dramáticas como los desahucios o el 15-M”

Por ISAAC MACHO

La casa de Arturo Dueñas es como una película de misterio, como una cueva por descubrir en la que las estalagmitas vestidas de libros crecen como hongos inteligentes. Corre agua creativa por todas las estancias y la inicial incertidumbre por cómo moverte se transforma pronto en quietud al contemplar la placidez de un duende que te invita a sonreír continuamente. En este refugio anónimo medró el guión de ‘Corsarios’, la película que pasará por la Seminci en unos días. De ella y otros daños colaterales hablamos con su creador.

—¿Qué queda de aquel niño que coleccionaba cómics, sellos, libros, que escribía relatos cortos?

—Queda mucho porque sigo siendo coleccionista de sellos, cómics, Capitán Trueno… La pena es que ahora no le puedo prestar la atención que merecería, pero queda mucho. En esa época fui inmensamente feliz, justo antes de enfrentarme a la vida, cuando no tenía problemas ni necesitaba tomar decisiones. El momento de tomar decisiones ha sido siempre lo más difícil para mí, por eso he ido un poco a remolque en relación a los chicos de mi edad. Yo iba quemando etapas cuando los demás venían de vuelta. Era muy infantil cuando los demás estaban en la adolescencia, como si quisiera retrasar ese momento, ¿no? Me gusta eso del niño solitario que está encerrado en casa, eso sí que lo considero muy mío.

—¿Recuerdas las historias que te montabas en el corral de tu casa de pueblo?

—Me encantaba construir mis películas en el corral con desdoblamiento de personajes… yo mismo iba a un lado del corral y hacía un parlamento, iba al otro y respondía… no utilizaba ni actores ni atrezzo. El corral era un excelente escenario: un madero, las gallinas, una puerta, una ventana… echaba una carrera por aquí, otra por allí. Me subía a un tronco y era el capitán del barco, iba al otro extremo y le contestaba. Me chiflaban las del oeste y las de aventuras…, era un reflejo de mis lecturas, Julio Verne, Salgari, el Capitán Trueno…

—¿Te sientes un actor frustrado desde tus pinitos en los Redentoristas?

—No. He tenido experiencias en cine y teatro, en el aula de Espacio Abierto, y me resulta muy difícil actuar para teatro. En cine  me siento más cómodo: tomas medio plano, grabas una mirada y no se te ve el resto del cuerpo que, por cierto, coordino muy mal… No renuncio a hacer papeles en cine, me gusta, pero no en teatro.

—¿Cómo explica un filólogo tranquilo que, de la noche a la mañana, decida largarse a Estonia?

—Era una de mis asignaturas pendientes, seguramente, por mis lecturas. ¿Qué ocurrió? Haber estudiado Filología Hispánica te facilitaba salir a otros países a enseñar español. Y como resulta que antes apenas venían extranjeros a España y como no había plazas de profesor en los institutos, pues, me puse a hacer la oposición para bibliotecas. Una vez que la saqué, estuve tres años trabajando y cuando ya tenía el futuro asegurado, aproveché la convocatoria de plazas para salir al extranjero. De pronto, una mañana me llaman y me dicen que me han destinado a la universidad de Tartu, en Estonia, y que tengo que dar la respuesta en ese momento. Les contesté: la respuesta es sí. Lo tenía claro. Nada más colgar el teléfono abrí el mapa para saber exactamente dónde estaba Tartu. La experiencia, tardía eso sí, porque me fui con 31 años cuando estas cosas las hacían mis compañeros nada más terminar la universidad, me fue muy buena.

—Luego vendrían Hungría, Brasil, Portugal…

—Sí, sí… En Estonia estuve tres años, a caballo entre la universidad de Tartu y Tallín, la capital. Vivía y trabajaba en Tartu y cada 15 días iba a dar unas clases a Tallín. Fue muy interesante porque era cambiar del sistema capitalista más salvaje al comunista. Cuando llegué no había ni teléfono, terrible… Más tarde estuve un año en Budapest. A continuación volví a España, hice los cursos de doctorado y me fui unos meses a la ciudad de Mossoró, en el estado de Río Grande del Norte de Brasil. Después solicité Lisboa, donde estuve un año porque Portugal es un país que me apasiona.

—¿Qué aprendiste durante ese periplo de profesor aventurero?

—Uno abre mucho la mente, aprendes a vivir con muy poco. En la casa compartida donde vivía en Tartu disponíamos de un frigorífico, una televisión en blanco y negro con emisión durante unas horas solamente y, por supuesto, nada de microondas, ni ordenadores, ni teléfono, absolutamente nada. Eso sí, había un excelente servicio postal, repartían cartas dos veces al día. ¡Cuántas necesidades superfluas tenemos! Con tener la subsistencia asegurada, un pequeño sitio para vivir, y un mundo de relaciones adecuado no hace falta más. Eso es lo que aprendí en los viajes.

Ensayo de 'El Médico de su honra'. En primer plano, Jesús Peña escuchando música.

Ensayo de ‘El Médico de su honra’. En primer plano, Jesús Peña escuchando música.

—Billy Wilder, Malkovich, Ken Loach, Lars von Trier, ¿qué te dicen?

—Me gusta mucho Billy Wilder, lo considero un clásico. Ken Loach es interesante para mí pero tiene demasiados claros los conceptos del bien y del mal y eso…

—¿…es demasiado categórico?

—Exactamente.  No me gustan los directores con las ideas tan claras. Por ejemplo, Lars von Trier cuenta con algo muy importante para mí que es dignificar una forma de hacer cine sin medios, es el tipo de director al que nos hemos agarrado los cineastas que disponemos de poco dinero. Me seduce el cine americano de los 70; Cassavetes…; el movimiento Dogma que utiliza escenarios naturales e improvisación actoral. Puestos a elegir, tengo especial predilección por la mezcla de ficción y realidad al estilo de “Te querré siempre” de Rossellini; también por Kiarostami que mete a actuar a los actores en medio de la vida, el neorrealismo, la nouvelle vague, todos estos movimientos lo que hicieron es sacar la cámara a la calle y mezclar un poco el documental con la ficción.

—¿Recuerdas la primera película que viste en la Seminci?

—Creo que la primera o una de las primeras películas que vi en la Seminci fue una que se llamaba “Los primeros metros”, un proyecto colectivo de cortos realizado por varios jóvenes directores españoles que no habían rodado nunca, producido por Querejeta, el mismo año que se presentó “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”. Recuerdo que era en octubre del 80 porque estaba en la residencia Santa Cruz y había comenzado Arquitectura. Mi intención era ver la película de Almodóvar pero como no había entradas me metí a ver “Los primeros metros”.

—¿Te has visto alguna vez en sueños dirigiendo el Festival de Cine de Valladolid?

—No

—¿Nunca?

—Nunca, fíjate.

—¿Piensas que podrías aportar una visión propia al festival?

—Hombre, yo y cualquiera podríamos aportar alguna idea

—Vamos con ellas…

—Yo llegué a la Seminci de la mano de Fernando Lara, que al principio puso en marcha secciones muy interesantes: Tiempo de Historia, Documentales, etc. pero convertía al certamen en un festival de festivales. Entonces, la Seminci tenía un nivel altísimo porque traía cintas de lo mejor de Venecia, Cannes, eran una especie de preestreno de películas, pero yo echaba de menos cierto riesgo. Si tuviera que proponer algo animaría al director a que siguiera con el mismo planteamiento que tiene ahora, una Sección Oficial segura y un Punto de Encuentro formado por primeras y segundas películas, que es donde va a estar el riesgo; cineastas nuevos…; le daría más importancia a la sección de Castilla y León con horarios y salas cómodos. Aunque la industria del cine en la región es poco potente si la comparamos con la producción de Cataluña o el País Vasco, ya empiezan a sonar directores y cintas como para prestarles atención e impulsar, de paso, el cine de casa como sucede en otros grandes festivales. A largometrajes como El cielo gira, Mamá es boba, Un buen día lo tiene cualquiera, Íntimos y extraños, Aficionados, Mercados de futuro, entre otros, empieza a ser conocida la nómina de realizadores como es el caso de Miguel Lasangre, Mercedes Álvarez, Santiago Lorenzo, Rubén Alonso, Gabriel Velázquez, Isabel Ocampo, Chema de la Peña, Roberto Lozano, además de otros consagrados caso de Basilio Martín Patino o Paco Regueiro a quien yo creo que la Seminci tendría que rendirle un merecido homenaje.

Ensayo de Pasión en el barrio de Girón.

Ensayo de Pasión en el barrio de Girón.

—“Sin cultura ni educación no vamos a ninguna parte”, le dijo Juan Antonio Bayona, hace unos días al ministro Wert. ¿Iba bien encaminado?

—Muy bien encaminado. El 21% del IVA cultural es lo primero que te viene a la cabeza. Esta medida es un desastre absoluto porque salen perjudicadas las arcas del Estado y están acabando con el sector de la cultura. Los responsables públicos no acaban de entender que la cultura no es un lujo, aunque es verdad que hay que pagarla, y que mueve mucho dinero ya que da empleo a muchos trabajadores. La gente tiene que entender que igual que cuando vas a un supermercado tienes que pagar los artículos que compres, si te ponen una película no tiene por qué subvencionarla el ayuntamiento. Recuerdo cuando antiguamente iban los húngaros por los pueblos que llevabas tu silla por la noche y después de ver la película pasaban la gorra porque de eso vivían. Hemos equivocado cuál es el papel de las administraciones. Eso no quita que como sucede con el dinero que la Unión Europea da para el campo, el cine necesita ciertas ayudas por tratarse de un producto muy sensible. De lo contrario será imposible subsistir.

—El responsable de Cultura y Educación anunció en el festival de cine de San Sebastián la creación de una nueva asignatura en secundaria y bachillerato centrada en lo audiovisual. ¿Te interesa? 

—Me interesa muchísimo. Ya era hora. Se viene haciendo de forma voluntarista en diferentes institutos pero parece mentira que el cine con más de 100 años de vida todavía no cuente con una asignatura sobre materia audiovisual precisamente en una sociedad como la nuestra donde los chicos consumen imágenes desde que se levantan hasta que se acuestan. Los ordenadores, internet, youtube… son una parte indisociable de sus vidas. En Francia ya hace tiempo que introdujeron esta disciplina en la enseñanza y así les va, claro…

—Y, ¿te crees esa promesa?

—No lo sé. Cuando en los años 80 hice la diplomatura en la Cátedra de Cine de la UVA, ya se hablaba de lo mismo y pensábamos que aunque no íbamos a tener trabajo en el sector relacionado con nuestras carreras, sí podríamos dar clase de cine en los colegios. Han pasado 30 años y seguimos pendientes de ello, así que podría pasar lo mismo.

—También prometió el año pasado una gran coalición del cine y ahora dice que se van dando pasos como luchar contra la piratería…

—Esa promesa la escuché en directo, como miembro de Egeda (Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales), en la entrega de los premios José María Forqué. Me acuerdo perfectamente que el ministro dijo: yo soy uno de los vuestros, en medio de un clima de crispación general porque había anunciado el recorte de las subvenciones al cine. Con aquella medida creó muchas expectativas pero no ha cambiado nada.

—Y la lucha contra la piratería…

—¡Ah!, la piratería…complicado. La gente tiene la idea de que la cultura es gratis y en internet, más aún. Junto con China, España es de los países donde más productos culturales se piratean. Ahí hay que mirar muy negativamente a la Sgae. El hachazo que ha significado la Sgae ha hecho que los consumidores identifiquen a esta sociedad con pagarles a ellos y yo les digo: si yo pongo una película en internet y tú pagas dos euros por ella me lo pagas a mí, no a la Sgae, aunque yo tenga que darle luego, desgraciadamente, un tanto por ciento, pero tú a quien pagas es a mí. Yo creo que la gente empieza a entender que cuando están pagando por consumir una película están retribuyendo al productor, y no a la Sgae. Tienen que convencerse de que con una plataforma barata podrían conseguir, a bajo precio, películas de buena calidad. La piratería es un negocio para las operadoras, el usuario paga caro, el productor no recibe nada y quienes se enriquecen son las compañías telefónicas. Me chocó mucho el clamor de los chicos del 15-M que gritaban internet gratis, cultura gratis, y yo pensaba que si los estuvieran oyendo los responsables de las operadoras estarían frotándose las manos porque pensarían, mira, un tonto útil, qué bien nos viene, todo el dinero para nosotros… Tenemos que aprender de EEUU. Hay plataformas de banda ancha que cobran mensualmente a los usuarios una cantidad razonable y reciben, a cambio, la mayoría de la producción tanto de películas como de series de televisión. Operadoras y productores se llevan su parte, y los consumidores ahorran dinero…

Imagen del comienzo de la película: Corsarios en la niebla.

Imagen del comienzo de la película: Corsarios en la niebla.

—El director de Lo imposible afirmaba que mientas en Europa todos los platós están llenos y no se para de rodar, aquí muchas empresas han cerrado, a pesar del talento de sus profesionales. ¿Qué hacer?

—Pues no lo sé. En general, es un negocio ruinoso, solo van a sobrevivir las grandes productoras y las muy pequeñas o los autónomos que hacemos cintas con escasísimo personal. Hay que asumir que la primera ventana de explotación ya no son las salas sino internet, excepto para las grandes superproducciones de Hollywood. El mercado del Dvd se ha hundido totalmente.  Mi punto de vista es que no hay solución si continúa la piratería y las compañías de telecomunicaciones se llevan la mayor parte del pastel.

—Pero el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, dice que aquí se hace un cine mediocre…

—Estoy en desacuerdo totalmente. El cine español no tiene que envidiar a nadie, aunque podamos encontrar películas malas. ¿Qué nos llega del cine italiano o francés? Películas que han pasado ya un filtro… Tenemos un abanico muy versátil: cine de género, de autor, incluso superproducciones, y ¿qué decir del cine de terror donde somos una referencia mundial? Me da la impresión de que este hombre no va mucho al cine…

—¿Por qué sueles decir que existe una “especie de divorcio entre público y cine español”?

—Pues porque lo constato todos los días. Lo importante es ver las causas. Antes no se veía cine español porque eran españoladas, Pajares, Esteso, etc. Yo creo que en el origen se encuentran varias causas, la primera, las subvenciones. Se ha instalado entre la ciudadanía, en general, que quienes hacemos cine somos gente que vivimos de las ayudas y del pesebre. Sin embargo, no opinan lo mismo del apoyo económico que reciben los agricultores y los mineros cuando el cine es una industria igual que las demás.

—Y, ¿el segundo?

—El otro motivo lo hemos buscado nosotros mismos. ¿Por qué? Porque cuando un profesional del cine va a recibir un Goya, lo primero que pensamos es hacer un discurso político, a mi modo de ver, fuera de lugar. Estoy convencido de que cuando coincidió el acto de la entrega de los premios Goya con aquella movida del ¡No a la Guerra!, expulsamos al 50% del público potencial español de nuestras películas. No estoy de acuerdo. Quien pretenda hacer un discurso político que encabece una manifestación en la calle, pero si te dan un Goya te están dando un reconocimiento por tu trabajo y lo que tienes que decir es gracias por el Goya, ahí está mi película.

—Pero el público también espera de vosotros que seáis los abanderados de sus  reivindicaciones

—Sí, pero lo haces con tus obras. Por ejemplo, en la fiesta de los Óscars de Hollywood cuando a Susan Sarandon o Kim Roberts, que encabezan constantemente protestas por los derechos sociales, les entregan un premio agradecen la concesión del premio y dejan su película para que cada uno saque sus propias conclusiones.

—¿Algún otra razón para que no veamos cine español?

-Sí, una tercera. Los directores de cine español suelen hacer películas para sí mismos, salvo cuatro excepciones… Y muchas veces antes de estrenar una película ya la tienen pagada. Entonces, ¿qué ocurre? Pues que como ya la tienes pagada no invierten dinero en promocionarla. Con todo esto, luego los espectadores no es extraño que se pregunten ¿a quién le interesa esto?

—¿En otros países es distinto?

—Los americanos o los franceses hacen la película, primero, estudiando cómo venderla y, luego, pensando en temas que le interesen al público porque no la tienen pagada. Ahí está la clave: te pagan una parte de la película y tienes que completar el resto sin perder de vista los gustos del público. Muchas películas españolas expresan la opinión del director, en detrimento de los gustos de los espectadores porque el sistema de subvenciones está viciado.

—Por tanto…

—…las subvenciones yo no las daría a la producción sino a la distribución.

Cristina Calleja durante el rodaje de 'Corsarios'.

Cristina Calleja durante el rodaje de ‘Corsarios’.

—Y con tantas dificultades, ¿todavía te quedan ganas de hacer cine independiente?

—Sí, lo que pasa ahora mismo es que hasta que no recupere el dinero invertido no podré hacer nada más porque ya no puedo tirar de  mi patrimonio, de los ahorros, de los amigos, de la familia, los intereses de los bancos… No tengo más capacidad a no ser que recupere algo en internet o en festivales. Desde luego, seguiré haciendo cine independiente. Es más, hoy por  hoy no me interesa hacer una película escrita por otra persona, me gusta desarrollar mis propios proyectos. Para mí dirigir es terriblemente agotador. Me agrada detenerme en el resultado, pero en los rodajes sufro muchísimo, aunque no olvido que para estrenar una película antes hay que rodarla.

—¿A dónde has llegado con Aficionados?

—¿Meta? Ninguna. Fue un proyecto muy ilusionante en el que tuve el convencimiento de que iba a funcionar. Una expectativa era que pudiera recuperar la inversión. Imposible. Aficionados me costó 115.000 euros y solo recuperé 15.000. Estaré varios años pagando los préstamos pero hice lo que quería. De la cuestión artística estoy muy satisfecho, del estilo de montaje también y en el aspecto humano fue una experiencia tremenda, una especie de catarsis, una aventura en la que todos los que participamos pusimos mucho de nosotros mismos. Nos cambió la vida a todos. En relación al reconocimiento de la película en festivales, estoy igualmente contento. La han seleccionado 30 festivales y en EEUU, la meca del cine, acaba de ser elegida por el noveno festival en importancia, tras haber pasado por Nueva York, California o Chicago. Hemos estado ya en Uzbekistán, Australia, Cuba donde obtuvimos el premio del público del Festival Internacional de Cine Pobre de Gíbara y en el cine Roxy-Mantería de Valladolid, donde la estrenamos, la vieron tres mil y pico espectadores que junto a otros pocos en Palencia cierran su andadura en salas comerciales. ¿Esperanza con los distribuidores?, nada de nada. Con Aficionados ha pasado lo que ocurre con el 70% del cine español de hace unos años… aunque he tenido más suerte que otras muchas películas y más espectadores que aquellas que ni siquiera se han llegado a estrenar. La verdad es que en este punto no estoy satisfecho porque esperaba haberla estrenado en todo el territorio nacional.

Aficionados es la primera película europea en formato App lo que quiere decir que puede consumirse en dispositivos móviles, smartphones, tabletas y smartTV. ¿Se ha traducido en dinero?

—No, las descargas han sido poquísimas.

—En los próximos días llegará a la Seminci tu película-documental Corsarios. ¿Cómo surgió?

—El teatro siempre me ha entusiasmado desde que hacía mis pinitos en el corral de mi casa.  En el colegio hice también muchísimas incursiones porque aunque en el fondo soy muy tímido, el hecho de subirte a un escenario y poder comportarte como otro personaje para mí era una gozada. No me propuse estudiar arte dramático porque ni siquiera sabía que existían esas enseñanzas pero, por casualidad, hace unos años me encontré con un folleto de Espacio Abierto Teatro y me apunté para conocer cómo son de cerca los actores en su trabajo. Siempre me ha interesado qué tipo de vida lleva esta gente fuera de las tablas. Entonces me acordé de Luismi García, de Corsario, y de la compañía cuyos componentes han sido unos ídolos para mí desde la etapa universitaria. Se me ocurrió que Luismi podría ser el hilo conductor de esa especie de dualidad que viven los personajes del teatro dentro y fuera de los escenarios.

—¿Qué puede esperar el espectador?

—La toma de decisiones de un grupo de teatro a través de sus espectáculos y, sobre todo, sus vidas. Me interesaba profundizar en los por qué unas personas deciden dedicarse a la profesión, por qué cuando están haciendo espectáculos vanguardistas deciden cambiar el rumbo y dedicarse al teatro clásico, por qué algunos integrantes deciden dejar la compañía, todo eso es lo que pretendo ofrecer al espectador, la cantidad de decisiones que han tomado ellos al igual que lo hacemos el resto de los mortales de forma continua. También quiero aprovechar la ocasión para reflejar el posicionamiento político-social de los actores no solo hace treinta y pico años cuando comenzaron sino también ahora. A lo largo del largometraje quiero mostrar las razones por las que la sociedad era de una manera en los años 70 del siglo pasado, luchando contra la dictadura; por qué surgen los grupos de teatro independiente en los últimos coletazos del franquismo, cómo era la universidad de Valladolid en aquel momento y los jóvenes contestatarios justo cuando terminaba la dictadura y se iniciaba la democracia. Corsarios es, en cierta manera, una excusa para reflexionar sobre lo que pasaba hace 30 o 40 años y lo que sucede ahora con situaciones dramáticas como los desahucios, el 15-M, etc. Mi reto es que el espectador no se aburra a lo largo de dos horas, que disfrute en algunos momentos y en otros que entienda el discurso político-social.

—¿Cómo has logrado domesticar 4.000 gigas de imágenes hasta convertirlas en esta historia digerible para el público donde se cumpla esa máxima tuya de que “el espectador no es tonto”?

—Cuando tienes poco material te ajustas a ello y cuando te enfrentas a una entrevista de una hora me digo para qué habré hecho esta entrevista tan larga… pero, al final, cortas, cortas y te quedas con los aspectos fundamentales. Ahora, es genial disponer de tantísimos recursos. Eso se lo debo a Nicolás de la Rosa, el director de fotografía y operador de cámara, que ha hecho un trabajo sensacional, es una persona en la que confío mucho por su iniciativa y sus aportaciones estéticas. Menos mal que disfruto mucho con el montaje porque, en realidad, es cuando construyes la verdadera historia que quieres contar. Me levanto ya con la ilusión de ponerme al ordenador y me voy a la cama rendido pero disfrutando porque quisiera seguir montando.

—¿Qué han aportado los Corsarios al panorama teatral y cultural?

—Muchísimo en todos los momentos de su trayectoria. Hay que valorar las aportaciones de sus comienzos, junto a otros grupos de trabajo experimental, y, cómo no, cuando deciden dar el salto al teatro clásico, a pesar de los palos que recibieron porque, entonces, ese tipo de teatro se consideraba como algo rancio, asociado a la derechona, y anclado en el pasado. Junto a Marsillach, los componentes de Corsario fueron la avanzadilla que apostó por el clásico, algo que hoy nos parece normal pero que tuvo un mérito tremendo. Un ejemplo, cuando César Oliva dirigía el Festival de Almagro tenía problemas para contratar a compañías españolas de clásico hasta el punto de verse obligado a invitar a compañías inglesas. No soy un experto en material teatral, pero solo hay que ver  la decoración minimalista de Edipo Rey, la crueldad de Titus Andrónicus o la recuperación que hicieron del teatro barroco en Pasión, basándose en las esculturas, para darse cuenta que estamos ante unos teatreros de enormes potencialidades y, por cierto, nada endiosados.

—A pesar de eso les cuesta entrar en Madrid…

—No lo sé. Madrid es otro mundo. A La Zaranda le pasó algo parecido, o sea que…

Nico con la cámara y Verónica Ronda en una escena de 'Corsarios'.

Nico con la cámara y Verónica Ronda en una escena de ‘Corsarios’.

—A partir de Corsarios, ¿qué?

—Tengo muy avanzado un proyecto que se llama Brigadistas. Ha sido muy cómodo hacerlo porque el grueso de la grabación la hicieron  unos jóvenes del Movimiento de Solidaridad Brigadista que el año pasado estuvieron en el Sáhara coincidiendo con el aniversario del desmantelamiento violento del campamento saharaui de Gdaim Izik, cerca de El Aaiún. Se trata de contar, de forma subjetiva, la lucha del pueblo saharaui y el compromiso político de estos chavales por cambiar el mundo. Aunque el proyecto es muy barato, estamos pendientes de ver si sacamos algo de dinero mediante el sistema de crowdfunding para los gastos que supone estrenar el documental en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes que se celebrará en Quito, Ecuador, a finales de año.

—¿Alguna otra idea en la cabeza?

—Sí, en la cabeza tengo más cosas… Mi propuesta más cercana, si la economía lo permite, está también relacionada con el Sáhara en los años 50, 60, antes de los 70… Me interesa mucho el aspecto humano de gente destinada allí que vivió en El Aaiún y otras ciudades antes de la descolonización. Más que los propios militares, busco la convivencia de los hijos de los militares con la población nativa, independientemente del aspecto político. Me llama la atención cómo vivían en la distancia el mundo de la moda, la música ye-ye, la religión, los recuerdos de infancia. La película quisiera tenerla terminada para 2015, fecha en la que se cumplen 40 años de la salida de España de Marruecos.

—¿Y…?

—Bueno, estoy detrás de una superproducción pero no es para contarla todavía…

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*Arturo Dueñas es director de la película Corsarios que se estrenará en la Seminci el lunes, 21 de octubre, a las 23.59 horas en el Teatro Zorrilla. También podrá verse el viernes 25 en el Aula Mergelina de la Facultad de Derecho, Valladolid.

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