Las putas de Dios (5)

© Fotografía: Divina Quinina.

© Fotografía: Divina Quinina.

Continuamos con la publicación por entregas de un nuevo relato del poeta de Riello afincado en Avilés, que consta en total de seis capítulos y un desenlace, ilustrados expresamente por la fotógrafa leonesa Divina Quinina.

Por LUIS MIGUEL RABANAL

5

Las elementas iban tramando dilatadas aventuras infantiles entre ellas con el galán del terno blanquecino. Ya todas conocían al dedillo el capítulo de la revelación de los dineros, todas sabían de la blandura cerebral del comediante y, en algunos momentos meritorios, de su bondad sin beneplácito. Del mismo modo se rumoreaban posturas homogéneas, besos anticuados y sin tasa los placeres. Así que planearon entretener las horas que mediaban hasta el atardecer, hora de apertura y despelote anodino de la jornada, con rifas y estadillos. En la mesa, injustamente cabizbajas ante la falta tan notoria del sueño reparador, Maribel y Casiopea aseguraban ansiar repetir con apresuramiento su ración de escepticismo y sus gozos más que turbios, ante lo que Eleanora Martínez pidió su vela en este entierro con cajas destempladas: me ha tocado, y se acabó. Cualquiera se enfrentaba a esta mujer del humor menos complaciente de mañana. Recogieron las mesetas, metieron en el lavaplatos lo que tenían que meter y cada una se dirigió a sus compromisos laboriosos con la balalaika, con el internet y con el rímel. Eleanora tuvo el presentimiento de pillar unos vestidos (microscópicos vestidos) de la estancia de planchado y se encaminó radiante, aunque sin ocultar una miajita la dulce emoción que por entero la embargaba, a la Habitación de los Orgasmos Preteridos donde subsistía el campeón con la chorra enhiesta, faltaría plus. Lo que se oyó en la antecámara inaugural fue algo parecido a: ni por el humo se sabe ya dónde se esconde la fogata. Así sea, le respondió la dama con mesura. Por esta vez se obviaron las introducciones ya que era de sobra popular cómo se las gastaba al respecto el patriarca. Si quería ser Dios, a Eleanora Martínez le resbalaba por el chochete abajo, como si quería ser la madre superiora o incluso Frankenstein, siempre que no fuese falacia lo que se detallaba por los corrillos de su pito. Precisamente tenía ganas ella de que le obrase temprano en su interior un trajín tirando a campestre y celestial. Mi hijo Jesús me tiene hasta los mismísimos mamporros. No era tarde para confluir dos cuerpos en el lecho transgresor, no era tarde para refutar al primero en sonreír después de la primera salutación incandescente, no era tarde para echar balones fuera, por ejemplo. Eleanora dudaba si conservar el camisón durante el coito, a la par que el respetable urdía exóticas piruetas por la zona cual orangután anquilosado. Por su imaginación de corista cruzó la posibilidad de que le estuviera dando la lloria de las tres y logró tranquilizarlo con caricias relucientes y palabras acordes con la situación pronosticada. El espíritu santo, el pajarito, ese sí que es un cachondo, pregonaba muy cerca de su oreja izquierda el zascandil. No mejoró el contexto con las ternuras aprendidas, bien al contrario, así que en una distracción del gentilhombre asaltó su baluarte y lo succionó con eficacia hasta que, aburrida en grado sumo, le dio la voltereta y le susurró perdidamente: cúbreme con tu sotana, misionero, o jódeme de lado que es más pecado. Pareciera que fuere ese el discurso que ansiaba él escuchar con comezón porque mirando para arriba se encaramó sobre ella, entonó una jota guipuzcoana y se la metió hasta el fondo del abismo sin ningún tipo de empacho. Las palabras que pudieran añadirse fatigarán al lector factiblemente, por lo que he resuelto que el loro picote Jessica Albina, haciéndose la sueca, transite por allí. Y no sólo que transite sino que sea la privilegiada espectadora de la ostentación sobrenatural que lanzaba por los aires su primer puñado de confetis en aquel instante crítico. Eleanora, mientras tanto, se sacudía de encima los sudores y el pretendiente resoplaba habida cuenta del espasmo simultáneo que tendría lugar en unos segunditos en la orilla propicia de la cama ya que en un tris estuvieron de descalabrarse los amantes entre la mezcolanza de hirsutos miembros y de pezones ambidextros, de posicionamientos locos y de pelirrojas directrices sobre un pubis servicial. El placer desproporcionado se les remontó a la garganta y ambos la emprendieron con una algarabía de la hostia. Producto de lo cual la señorita Jessica se sostuvo muy próxima a la fascinación y de sus ojos colgaban unas lágrimas valientes que jamás había sentido tan taxativas y perplejas. Cuanto se desencadenaba entre los cuerpos desmayados ella lo iba cosiendo en su memoria para escribirlo en un dietario más anónimo que el nombre de su hija y además tuvo el augurio de que si no entraba surtida de entereza en el combate, el destino (ese expatriado que se frota las manos viéndonos sufrir) se mofaría de ella hasta el día del juicio. No se lo pensó mucho, esa es la verdad. Picó en la puerta con corrección pero el dúo no oía un pijo y volvió a picar como lo haría una niñita sucia. Nadie le prestó atención así que se atrevió a adelantarse hasta el lecho a visionar el panorama. El abuelo sudaba en negro y la compañera Martínez se moría con esa pequeña muerte dulce y tormentosa que ocasionaba tantos gustos. De forma brusca se despojó de su esquijama y se acercó a sentir aquellas exclamaciones ilícitas en vivo y en directo, a palpar la náusea palpitante del colono y de la ninfa. Le tiró de los pelos a Eleanora con fineza y pretendió acoplarse en el conjunto sin que nadie se enterara. Craso error, era aquella la hora óptima para sucumbir a los traspiés y coger los cuernos por el toro y es lo que hizo la bizarra. En el forcejeo se ocuparía los treinta y seis minutos posteriores, sin descanso, con pundonor, como una zorra en celo indescifrable. Tan bonitamente miraba los ojos semiabiertos del fulano y escuchaba, las representaciones del dolor son grillos tristes tristes tristes, como que ponía caras de haberse confundido de lugar. Al filo de las cuatro se las agenció para extraer con sus manos el mecanismo del chichi de Eleanora, rebosante de chapapotes, y se lo introdujo no sin esfuerzo en una de sus cuevas, la menos escabrosa. Qué bellísimo es vivir, caramba.

(continuará….)

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