Las normas del juego

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Hay que remover los cimientos del yugo político y social, no digamos cultural, al que somete el sistema a todos los administrados. La clase dominante impone unas normas que con el tiempo, parece que son “naturales” a nuestra condición, y nada más lejos de la realidad. Ruth Rivera levanta la voz para reivindicar que, ojo, si permanecemos en esta postración. Las hegemonías no nos convienen.

Por RUTH RIVERA

Si hay un concepto de actualidad es el de hegemonía. Parece que durante el último año es imprescindible utilizarlo para explicar determinados procesos políticos que desean subvertir el orden establecido. Con el concepto de hegemonía cultural, Gramsci se refirió a aquellos dispositivos y procesos (la Escuela, la Iglesia o la Administración, pero también de otro tipo, como los medios de comunicación, el lenguaje, los gustos estéticos o las formas de relación y de vida) que imponen una visión del mundo determinada, la de la clase dominante.

No es suficiente el ejercicio del poder o la represión para implantar un imaginario vital: es necesario también el control de lo más personal e íntimo. Numerosos autores han señalado este mecanismo de uno u otro modo —desde Foucault a Bourdieu, pasando por el colectivo Tiqqun— mediante el cual el orden hegemónico se percibe como algo propio. Aún es pronto para saber si las estrategias de marketing y la utilización de medios de comunicación masivos (como la televisión o las redes sociales) han sido los adecuados para intentar darle la vuelta al orden del discurso en este país. Porque no era únicamente eso lo que Gramsci proponía….

Yo me temo que esta interpretación de su pensamiento tiene más zonas oscuras que las aparentes… pero puedo equivocarme. De hecho, espero equivocarme. Porque nos jugamos demasiado. De lo que sí estoy segura es de que la hegemonía cultural que hemos heredado quienes vivimos en los márgenes del arte permanecerá intacta a no ser que se produzca un cataclismo. Existe un discurso naturalizado que no podemos sacudirnos de encima, que nos ha dado forma, que habita nuestro inconsciente… pero que, sin embargo, no nos sirve para comprender lo que nos pasa.

Hemos interiorizado formas hegemónicas de relacionarnos con el arte y con los espectadores, pero sabemos perfectamente que no son las nuestras, que han sido hechas para sostener un sistema de relaciones y de creación artística ajenos a nuestra condición subalterna. Somos quienes no tenemos voz. Permanecemos aislados entre nosotros, invisibles. A veces, rozamos la ilegalidad.

Cuando leo algún artículo de alguien autorizado del “sector cultural” —por usar un término del Imperio—, este suele articularse mediante términos y conceptos que nada tienen que ver con mi percepción del mundo. Por lo general, se habla de lo injusto del 21 % de IVA cultural (muy injusto, de acuerdo, pero, ¿es el principal problema…?); se habla de la necesidad de ayudas públicas (de acuerdo, pero, ¿cómo, para quién y para qué?, ¿es la única opción?). Y por doquier es posible encontrar textos que hacen referencia al triunfo de la ecuación neoliberal “profesional = empresario” (hazte empresa o lárgate), a la asunción del precariado y la autoexplotación como modo de vida (el que no sabe venderse, a cualquier precio, no existe), a una extraña terminología que incluye fórmulas como “industrias culturales”, “inversión”, “competitividad”, “promoción” o “nicho de mercado”…

Todo esto es hegemonía cultural en la que, como afirmaba Gramsci, lo social es controlado a través de lo simbólico. Y el mayor símbolo que existe es el lenguaje.

Dice Jaron Rowan: “Los emprendedores culturales, el trabajo autónomo y las microempresas se presentan como la solución de Estado a las exigencias de desprecarización que surgen del sector cultural. Es un discurso que interpela a todo aquel que exija mayor profesionalidad en la cultura, pero es también un modelo de profesionalidad que tiene fuertes connotaciones ideológico-políticas.» [Emprendizajes en cultura. Madrid: Traficantes de Sueños. 2010].

Está hablando de los años 90 del siglo XX, en los que se produjeron una serie de acuerdos entre las instituciones y los profesionales (que no eran en absoluto empresas, sino artistas) en el ámbito de las artes escénicas, tanto en el plano nacional e internacional como en el autonómico. En este fin de régimen que vivimos actualmente, ha llegado el momento de cuestionar de verdad las inercias culturales heredadas (en especial, aquellas que legitiman un orden cultural excluyente y clientelar), de recordar que la política empieza en el propio cuerpo y en cómo nos relacionamos con el arte y con los espectadores, de debatir acerca de las fórmulas jurídicas restrictivas, de modificar la relación unívoca entre cultura y administraciones y de construir la terminología con la que queremos nombrar nuestra hermosa profesión, si realmente deseamos subvertir el orden del discurso (que no solo es lenguaje sino, sobre todo, práctica).

Oigo una vocecita interior que me dice: “hay que aceptar las normas del juego”… es la pequeña esquizofrenia del trabajador de la cultura… pero, sinceramente, si en este juego siempre acabamos apaleados, ¿no sería mejor inventar un juego nuevo? ¿Seremos capaces?

Todo se puede discutir. Y es ineludible hacerlo.

 — — —

*Ruth Rivera es actriz y codirectora de Teatro Dran.

Un Comentario

  1. Malalengua

    Brutal compañera… inventémoslo!

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