Atrapados en la locura de la guerra (y VI)

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El fotógrafo leonés JM López finaliza su serie de reportajes desde Ucrania, donde ha querido vivir el conflicto que está desangrando el país de la antigua URSS en pleno corazón de Europa.

Por JM LÓPEZ/AFP
(Texto & Fotografías)

Una espesa niebla da la bienvenida al hospital para enfermos mentales Nº3 situado a las afueras de Donetsk, capital de esta autoproclamada república popular en el este de Ucrania. El frío se mete en los huesos y sobre el horizonte se van dibujando los distintos pabellones a medida que uno se adentra en un escenario más propio de una película de terror que de un centro sanitario.

Debido a la guerra el gobierno de Kiev ha dejado de pagar los salarios a todos los funcionarios públicos y pensionistas como medida de presión para que abandonen la zona controlada por los separatistas. Muchos ya lo han hecho y los que se quedan es para trabajar gratis. Otros huyen de los bombardeos dejando atrás una ciudad con casi dos millones de habitantes medio vacía. “Estos enfermos son parte de mi familia. No puedo abandonarlos a su suerte. Yo también me he planteado dejar de venir a trabajar porque ni siquiera tengo dinero para poder pagarme el autobús. Vivimos unos tiempos muy difíciles. Espero y deseo que todo se solucione lo antes posible y podamos estar en paz”, comenta Yana Ivanovna, jefa de enfermeras que lleva más de once años trabajando en el hospital psiquiátrico.

En el interior los pacientes pasan el tiempo como pueden, viendo la tele, dando paseos o mirando al infinito por la ventana. Hasta disponen de una capilla para ir a rezar. “Somos muy afortunados. No hemos tenido que lamentar graves destrozos por culpa de los bombardeos, como otros hospitales que han quedado destrozados. Ahora mismo nuestro mayor problema es la falta de medicamentos y la escasez de comida, pero no estamos en una situación límite”, afirma Boris Anatolievich, director del hospital.

La mayoría de los pacientes son bastante tranquilos y, a pesar de que algunos no reciben la medicación adecuada, no se ha registrado ningún incidente violento. Además de enfermedades mentales muchos de ellos tienen otras patologías que van desde la drogadicción hasta alcoholismo pasando por SIDA o tuberculosis. Estos últimos tienen que estar en módulos de aislamiento para prevenir el contagio a otros internos. “Kiev nos ha dado un ultimátum: Con nosotros o contra nosotros. Pero no es tan sencillo movilizar a 400 personas y cruzar todos los checkpoints. No estamos aquí por gusto. Además, si nadie me garantiza que tienen un sitio para albergar a mis pacientes de aquí no nos moveremos”, sentencia Boris.

Es la hora de la comida. Los problemas con el gas obligan a tener que cocinar en la calle, a la intemperie. Algunos pacientes se calientan alrededor de un enorme fuego que alberga la cacerola con la comida de hoy. “Los internos nos ayudan a cocinar y a limpiar las instalaciones. Por culpa de este conflicto la mayor parte del personal que trabajaba en el hospital ha huido y estamos muy justos, así que cualquier ayuda es bien recibida”, asegura Yana Ivanovna que no pierde la sonrisa a pesar de la difícil situación que están atravesando. Otra vez que la guerra se ceba con los más débiles.

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